Un día me propuse escribir unas líneas sobre las película que viera. No serían críticas de cine, serían divagaciones libres sobre lo visto. Avanzado el trabajo pensé que valdría la pena divulgarlo.Así nace este blog. Yendo a cine es el nombre que le he dado. Escogí el gerundio del verbo ir porque sugiere una accion en curso, todavía inacabada y por lo mismo de desenlace incierto. Y eso precisamente es lo que sentimos aquellos que siempre, de una u otra forma, estamos yendo a cine.
domingo, 4 de noviembre de 2012
sábado, 27 de octubre de 2012
PIERROT LE FOU
|
La obra de Jean Luc Godard ( Al
final de la escapada, 1960, Una mujer
es una mujer, 1961, El desprecio, 1963,
Banda aparte, 1964, Pierrot le fou,1965, Número dos, 1975, Pasión, 1982 y Nuestra
música, 2004 entre muchas otras)
despierta pasiones y decepciones. Para sus seguidores estamos ante un genio que
revolucionó la forma de hacer el cine y es eso lo que lo hace merecedor de un sitial de culto en el mundo del
celuloide. Para quienes no le
rinden tributo (decir sus contradictores u opositores sería un despropósito) su
obra carece de una línea consistente y está llena de altibajos.
En la vasta producción cinematográfica
de Godard Pierrot le fou es una ficha
clave. Lo primero que hay que hacer para eludir los extremos del elogio fácil o
de la descalificación apresurada es ubicarnos en el año en el que se la hizo:
1965. Época convulsa en la que la nueva estética era , antes que nada, la
estética de la ruptura. Europa asistía a un período de cambio jalonado por una
generación inconforme que ya no le veía mayor sentido a unas instituciones
decrépitas y a una cultura anquilosada en un pasado que no podía seguir
reverenciándose.
Es en este escenario de cambio
que Godard irrumpe con su Pierrot le fou.
Lo hace al mejor estilo del momento con una propuesta subversiva que se lo
permite todo porque, anticipándose a uno de los célebres graffitis de mayo del
68, lo único prohibido era prohibir. La película es un movie road que arrastra
a Jean Paul Belmondo y a Anna Karina, actores dilectos de Godard, por el
sur de Francia. Es una huída sin tono de escapada; es un romance sin
enamoramiento; es una tentativa de musical sin música, es un thriller sin
tensión y sin suspenso; es una
historia sin argumento; es un guión con merodeos poéticos pero sin verdadera
poesía y es, en fin, uno de esos amasijos propios del que se cree con licencia
para transgredir la regla que sea. No puede negarse que cada sketch de Pierrot
le fou - la película no es más que un aglomerado de estos - es una pieza de
creatividad subversiva. Pero a un
tal reconocimiento también hay que agregarle que el resultado del juego de
Godard es una pieza amorfa que no atrapa al espectador y que, bien por el contrario, termina
incomodándolo no obstante la clara percepción de que se está ante un hombre que
para su momento destrozó los cánones clásicos del como hacer una película.
Para muchos - sus razones y
sinrazones tendrán - Pierrot le fou tiene unas claves de
entendimiento que le dan coherencia y armonía a aquello que, a primera vista, carece de ambas.
Son los mismos que un tour de
force intelectual encuentran en la película de Godard una cantidad de señas
iconoclastas que, paradójicamente, les merecen culto.
Más allá de la
controversia alrededor de Pierrot le fou, personalmente la encuentro caótica y deshilvanada. La creatividad está siempre ligada a la
libertad pero sus mejores logros estéticos exigen un cauce, una disciplina de
expresión. En la película de Godard el espectador hace un permanente esfuerzo por conectarse con algo que
nunca llega a visualizar o a sentir.
Le toca entonces, post film,
hacer una construcción mental para darle algún sentido a lo que vio y para
extraer de lo visto ese placer que debió darse - y no se dio - durante la proyección.
Las buenas películas tienen esa
rara virtud de fascinar cuando se las mira y, vistas ya, de lograr que esa
fascinación inicial se llene luego de aristas e inesperados matices. Pierrot le fou no fascina; cuando más, provoca una reacción analítica en torno a la ruptura
estilística de su director pero no, a mi juicio, ese toque, perturbador y
perdurable, con el que siempre quisiéramos salir de la sala de cine.
Nota a deshoras: Se salva, y solo a sí misma se salva, la escena en el puerto en la que un hombre le cuenta a Belmondo como lo persigue esa insoportable música que siempre estuvo ligada a sus fracasos amorosos. En el plano de la imposibilidad me quedo con esa otra película, la que supo mantener el tono absurdo y bello de esta escena. Con ella los dejo
VIENTOS CONTRARIOS
|
,
Después de una discusión conyugal
Sarah (Audrey Tautou) deja su casa para ir a cumplir su turno al hospital. Paul (Benoit Magimel) queda en casa
con ese sinsabor de la palabra hiriente que pudo atajarse y a la que luego se
la ve partir henchida de una rabia que parecía entonces tan justa y ahora tan
desproporcionada. La espera se prolonga. Por horas, por días, por semanas,
meses y años. Sarah no regresa. Pudo haber muerto pero los cadáveres avisan;
pudo haberlo dejado todo pero dos hijos son un imán demasiado poderoso;
pudieron raptarla pero los
captores tarde que temprano hacen sonar el teléfono… Ante el sinsentido de esta
partida, Paul decide volver al pueblo olvidado que lo vio crecer. Su hermano
mayor (Antoine Duléry), ese que siempre se queda aferrado al confort de pacotilla que le dio la
familia paterna, le ofrece un trabajo como instructor en una academia de
automovilismo. Paul se verá forzado a reescribir las líneas de su vida en esa
lejanía cargada de recuerdos y fantasmas. Se dará cuenta que ni la más rotunda
renuncia será capaz de detener una vida que siempre se da sus mañanas y
termina, por contrarios que sean los vientos, imponiéndose.
Vientos contrarios, la segunda película del joven actor y director
francés Jalil Lespert , es uno de esos relatos que no obstante
las constantes amenazas de ahogo, termina flotando airoso. En su primera media hora el ritmo de la
película se contagia del encierro
de su protagonista. La historia se queda quieta y todo parece condenado a la introspección ciega provocada por el desespero de un hombre que lo ha perdido todo
o, mejor, que quiere darlo todo por perdido. Es a partir de cierto momento que una
fuerza imprecisa lo revuelve todo y le inyecta vida a un relato hasta ese momento un tanto aletargado.
Contra todo pronóstico serán ese hermano ordinario y grisáceo y un inesperado compañero de tragedia (Remzy Bedia) los que se prestarán para convulsionar un micro universo condenado a la culpa y
el recuerdo. Lespert entendió que había que violentar el tono de contención y
encierro con el que discurre la primera parte de la película. Se tomó su tiempo para hacerlo pero lograda esa implosión comienzan a sentirse, hasta ahora apenas
anunciados, esos vientos contrarios.
En su última media hora Vientos contrarios hace que sus
protagonistas lloren, beban, abracen, sangren, agredan, griten y se
confiesen; es ese último tramo el
que le da sentido a un
recogimiento narrativo que más parecía un callejón sin salida. Lo
curioso es que la tardanza de esa implosión de sensaciones y sentimientos
termina dándole un tono perfecto al reencuentro de la esperanza. Si Lespert no
se hubiera cuidado de mantener el
quietismo de su relato y en lugar de hacerlo muy pronto lo hubiera
adornado con la conmoción del
desespero y la culpa, Vientos contrarios hubiera
quedado reducida a unos de esos pastiches en los que, con tono de
moraleja, a la noche más oscura
siempre le sigue el amanecer más claro.
Vientos contrarios es discretamente optimista. Y es ese tono menor
en su declaración de esperanza la que la hace más convincente y la que termina
dándole la redondez, no siempre evidente y visible a primera vista, de las
buenas películas.
LA GUERRA ESTA DECLARADA
|
Acaba de terminar, en distintas
ciudades colombianas donde se desarrolló,
el undécimo festival de cine francés. En esta ocasión la homenajeada fue la bella Sandrine Bonnaire;
una muestra representativa de su trabajo, como actriz y como directora, se
exhibió en las distintas salas.
Con la guía de las reseñas del
festival y con aquellas otras encontradas en las páginas especializadas de cine, escogí y fui a tres de sus películas. La guerra está declarada (Valérie
Donzelli) , Vientos contrarios (Jalil
Lespert) y Pierrot le fou (Jean Luc Godard). Se me quedaron en el camino, sin
ver, películas como Las nieves del
Kilimandjaro (Robert Guediguian) ,
Les diaboliques (Henri George Clouzot), Le tableau (Jean-Francos Languione)
y del gran Renoir Boudu sauvé des eaux
De las que vi las dos primeras
estaban en competencia. Ahora que reviso los resultados del festival encuentro
que la ganadora fue La Guerra está
declarada. De mi trío, incluida la afamada Pierrot le fou, también ella fue la ganadora. Fui a ver La guerra está declarada por la misma
razón por la que su directora y actriz principal, Valérie Donzelli, se decidió
a hacerla. La experiencia de un hijo enfermo es una experiencia estremecedora
que merece ser contada y que merece ser vista, oída o leída cuando otro la ha
contado. Al leer que este era el tema de la película no vacilé en escogerla.
Quería ver como se encaraba, cámara en mano, una vivencia como esta. Estaba la posibilidad, evidente y a la
vez decepcionante, de encontrarme con una de esas películas de intenciones salvíficas
en las que el hijo enfermo es apenas un pretexto para amplificar el heroísmo de
los padres. También estaba la posibilidad de toparme con un drama contado y
deformado desde la perspectiva de
un pequeño que no logra entender – y mucho menos querer – un mundo volcado
sobre su enfermedad. Otra opción, quizás la menos
probable, era aquella de encontrar la transfiguración estética de una situación
extrema que, como cualquier otra, siempre tiene la potencialidad de ser
interpretada en trazos, notas, palabras o imágenes que la resignifiquen y
trasciendan. Fue con esto último con lo que felizmente me topé cuando vi la
última película de la Donzelli.
La guerra está declarada es la versión libre y por sobre todo
artística que esta directora y actriz francesa hace de su propia experiencia
como madre de un niño al que muy temprano se le diagnostica un tumor en el
cerebro. Para este proyecto convoca al que tenía que ser convocado. Quien sino
al propio papá del niño, el actor Jérémie Elkaim, quien fuera hasta hace algún tiempo su pareja. Bajos otros
nombres ambos se auto representan sin ánimo documentalista y, mucho menos,
aleccionador. Lo que logra La guerra está
declarada es un asomo distinto, alternativo y creativo a una realidad cuyos
interrogantes y estremecimientos pueden hacer emerger lo mejor y lo
peor de quien la vive.
Las actuaciones de sus
protagonistas son frescas y espontáneas. La cámara se
deleita reinventándose a sí misma allí donde la escena no pareciera la propicia
para este tipo de juegos creativos. El niño enfermo es un referente muy importante
pero no se lo manosea emocionalmente. Sin heroísmos bordeados de final feliz,
son los padres quienes cuentan ese torbellino de sensaciones que los asalta y
que nunca terminan de entender muy bien: los interminables diagnósticos
médicos, la insufrible compasión de quienes los rodean, las preguntas sin
respuesta y ese vértigo que de repente pulveriza el sentido mismo de la vida.
La Donzelli logra un muy balance entre el drama que
soporta la historia y la técnica que emplea para narrarla. Los corredores pálidos de una clínica se convierten en el escenario ideal para representar, con tomas
inusuales y una perfecta violencia visual, la conmoción de unos padres que no
terminan de entender en qué momento se les rompió la burbuja de su felicidad. La guerra está declarada tiene el mensaje encriptado de unos padre
que supieron sobreponérsele a la adversidad pero tiene, sobre todo, el
magnetismo de una talentosa directora que supo apelar a unos recursos
cinematográficos para expresar, con una estética inusual y sorprendente, ese caos que ni siquiera quien lo padece
es capaz de dimensionar.
Al acierto narrativo lo redondea
con un acople sorprendente la música de la película. Cuando las palabras no
alcanzan, cuando el poder de las imágenes amenaza dilución, la música siempre
reitera la inigualable precisión de su lenguaje.
Espero que el justo premio
que se le ha otorgado a La guerra está
declarada signifique su pronta reaparición en las carteleras nacionales.
Nota a deshoras: Una muestra de la música, tan a la medida, de La guerra está declarada
Nota a deshoras: Una muestra de la música, tan a la medida, de La guerra está declarada
domingo, 7 de octubre de 2012
EL EXÓTICO HOTEL MARIGOLD
|
Si me ponen a escoger entre un buen guión con
actores del montón y un guión del montón con buenos actores, sin dudarlo me quedo con el buen guión
en manos de actores discretos. Prefiero la película cuya historia es mejor que sus actores, que aquella a cuyo reparto le queda chica la historia que se cuenta. En El exótico hotel Marigold es
clarísimo que mientras que el reparto destila profesionalismo y genialidad, su guión apenas si rezuma mediocridad.
En la nueva película John Madden (entre otras suyas, La Deuda, 2011 y Shakespeare in love, 1998) un heterogéneo grupo de setentones ingleses decide buscar suerte en un hotel de la India que ofrece en sus folletos publicitarios toda suerte de ignotas maravillas.
En la nueva película John Madden (entre otras suyas, La Deuda, 2011 y Shakespeare in love, 1998) un heterogéneo grupo de setentones ingleses decide buscar suerte en un hotel de la India que ofrece en sus folletos publicitarios toda suerte de ignotas maravillas.
La sola forma de plantear la
historia permite anticipar la cascada de clichés con la que se armará la
película. Bangalore, la ciudad donde se desarrolla la manipulación facilista de
la película, es, como tenía que ser, una ciudad colorida, caótica y bulliciosa
en la que sus habitantes se mueven bajo el impulso primario de un comercio
callejero surcado por zigzagueantes rickshaws, los emblemáticos bicitaxis de algunas ciudades indias. Es en medio de estas calles, que más parecen ventorrillos en
día de fiesta, que nuestros flemáticos ingleses se encontrarán consigo mismos;
serán los rostros achocolatados y silentes de sus habitantes y el estallido de colores de sus toldos los que terminarán royendo las corazas que todos traían y
que tanto los ensombrecían y entristecían. En el ocaso de sus vidas será un hotel desvencijado y sucio
el que les permitirá reconocerse, aceptarse y, a partir de ese hallazgo tardío, encarar el último kilómetro de sus vidas.
Será posible un empastado más
tópico que el acabo de describir? Todavía
hay alguien que se trague el embuste de que no hay más que pisar suelo indio
para que una irrefrenable ventisca de espiritualidad nos brille el alma? Como
es posible que aún perdure esa visión colonialista que se empeña en mostrarnos
las ciudades indias como unos bazares pintorreteados henchidos de baratijas? Habrá alguien todavía dispuesto a comprar el falsete según el cual solo en el misterioso oriente es factible, por una suerte de indescifrable sortilegio, volver
a amar?
El exótico hotel Marigold es una burda suma de todos estos lugares comunes. Lo que pudo haber sido una inmersión en el encuentro de unas culturas que recíprocamente se han enriquecido y también contaminado, se queda en un divertimento barato con tufillo de novelita espiritual.
El exótico hotel Marigold es una burda suma de todos estos lugares comunes. Lo que pudo haber sido una inmersión en el encuentro de unas culturas que recíprocamente se han enriquecido y también contaminado, se queda en un divertimento barato con tufillo de novelita espiritual.
Se salva, sin requerir salvación
alguna, el elenco de la película.
La Dench, el gran Bill Nighy, Maggie Smith, el soberbio Tom Wilkinson ,
Celia Imrie, el fantástico Ronald Pickup y Penélope Wilton están muy por encima
de la historia que les pusieron a contar. Su profesionalismo quedó ratificado al mantener
la estatura actoral que todos tienen no obstante la pobreza
argumental de una historia cuya banalidad resulta más ofensiva por pretender
ocultársela tras las caretas baratas de la confrontación cultural y la búsqueda
espiritual.
Todo es tan predecible y tonto en
El exótico Hotel Marigold que hasta
para mostrar a la mujer india se echa mano nuevamente del prototipo de belleza
que en Quién quiere ser millonario encarnó
Freida Pinto. Tena Desae, la actriz que personifica a la bella joven de la que está enamorado el
dueño-conserje del Hotel Marigold (quien si no Dey Patel también de Quién quiere ser millonario), es una
muñequita de poner, un exótico adorno que realza la caricatura que en esta
película se nos enrostra de la
cultura india, una cultura que no es un trapo variopinto que se vocea por las
calles y que se vende por unas pocas rupias, sino un tapiz que tiene que ser visto desde dentro y no desde la perspectiva del que deforma lo que ve para ajustarlo a la medida de sus frustraciones y sus sueños.
domingo, 30 de septiembre de 2012
AMIGOS . INTOUCHABLES
|
En un artículo publicado en la
revista El Malpensante (No. 132 –
Julio 2012) la novelista mejicana Valeria Luiselli , refiriéndose a su gusto
por el cine, escribió: “Tampoco es que
tenga ahora un gusto más sofisticado o mayores exigencias; al contrario, me he
vuelto más complaciente con casi todo. El problema es otro y me parece que
tiene que ver sencillamente con descubrir un domingo, que uno dejó de ser – muy
rápido y sin que nadie se lo advirtiera – la persona que era. Las películas que
vuelvo a ver ahora son un espejo opaco de mi vida de entonces; de mi felicidad
de entonces, tan distinta a la de ahora”.
Razón tiene la Luiselli y tanto
la tiene que yo estoy seguro de que si hubiera visto Amigos a los diez y siete ( uno más que la fragilidad de los diez y
seis y uno menos que la adultez impostada de los diez y ocho) me habría
fascinado. No es sólo entonces que
vueltas a ver, las películas que alguna vez nos fascinaron luzcan ahora
distantes y deslucidas. La cosa va más allá. Con el paso de los años el despreocupado
regocijo de otrora se ha vuelto – y no tenemos como evitarlo – un ejercicio más
elaborado en el que las joyas de entonces y también las de ahora - auténticas y
falsas - terminan perdiendo su
brillo. Quizás podría concluirse que solo son verdaderamente buenas aquellas
películas que resisten el embate del tiempo y que no importa quien y cuando las
vea, siempre obtendrán una buena
nota. Pero no estoy seguro. Hay, sin duda, películas inmutables; esas pocas que vueltas a ver o que vistas por aquel que
apenas inicia su travesía cinematográfica
o por aquel que ya la lleva bien recorrida, siempre merecerán el rótulo
de buenas películas. Son relativamente pocas. Son muchas en cambio aquellas, llamémoslas cambiantes, cuya nota sobresaliente
depende más del calificador que de lo calificado. Inmutable, El Padrino I; cambiante, Amigos.
Intouchables (Intocables) su título original, es la última película
del dúo conformado por Olivier
Nakache y Eric Toledano. Taquillazo en Francia ahora se da su exitosa vuelta por las carteleras del
mundo recogiendo a su paso un montón de aplausos emocionados y de billetes bien
ganados. Philippe (Francois Cluzet) es un millonario postrado en una silla de
ruedas que necesita ayuda permanente.
Driss (Omar Sy), un emigrante marginal que pareciera ser el menos
indicado para cumplir esta función de acompañante, termina siendo el elegido.
Imposible reunir temperamentos y mundos más dispares. Refinado el uno,
elemental el otro; medido , introvertido y tímido el primero, desparpajado, auténtico y vividor el segundo. Contra
todo pronóstico entre seres tan opuestos surge una sólida amistad que le
permite, al uno, arrimarse al riesgo no calculado que conduce a los momentos
felices y, al otro, aproximarse al estremecimiento del impetuoso verano de las Cuatro Estaciones de Vivaldi.
Hay algo en Amigos que sin demeritarla sí la debilita. Todo fluye sin el más mínimo tropiezo y
a muchas de sus escenas les sobran no pocos gramos de emoción postiza. Exagerado el perfecto encaje entre piezas tan distintas. Hay una
sensación - no se puede negar que placentera - de artificio bien armado, de
deliciosa manipulación de la emoción fácil rematada al final con el conocido
truco de la aparición de los personajes reales y con la noticia sobre sus
vidas. Una manera ingenua de hacerle creer al espectador que tanta empatía
entre dos personas tan diversas no es una licencia permitida por la comedia
fácil, sino una verdad algo
almibarada pero posible de toparnos en la calle. En esta oportunidad al cliché
del cine francés, adusto, vacío y amargado lo destroza ese otro cliché del cine
americano, emotivo, positivo y esperanzado. Que de este cambio de tono salga o no una buena película no
depende de esta variación de enfoque sino del resultado que se nos ofrezca como
espectadores. En el caso de Amigos estamos,
todo en su justo lugar, ante una comedia convincente y muy bien armada que se
deja ver con un enorme placer y de la que sale con ese regocijo etéreo que
suelen producirnos las películas con moraleja. Pero de este placer volátil a la
permanencia propia de una buena película hay un trecho enorme. Amigos no tiene ni la profunda ligereza de las buenas comedias, ni la consistencia desestabilizadora y
espesa de los grandes dramas. Patina son solvencia sobre una pista bien
iluminada cuidándose mucho de no romperla y divirtiendo a las tribunas con unas
exhibiciones cuyo efecto ya está más que probado.
Algo dice del público francés que
Amigos haya batido el récord de
taquilla de los últimos diez años. Dice que los franceses, también ellos,
buscan mensajes reconfortantes y azúcares que los reconcilien, al menos por un
rato, con la posibilidad de un mundo solidario y esperanzado. Dice que los
franceses sentados ante la gran pantalla blanca también se dejan seducir por esos estereotipos que, pese a los que
suele pensarse, nunca
pertenecieron a una cultura determinada porque siempre han sido parte de
ese patrimonio globalizado y universal que se llama la emoción humana.
domingo, 2 de septiembre de 2012
AMIGOS CON HIJOS
|
Calificación : Vale la pena
Se la anunció con un afiche en el que se le proponía
al lector escoger, entre tres, dos posibilidades. Amor, felicidad e hijos eran
las tres opciones. Sugestivo juego mediante el cual se insinuaba el tema de Amigos con hijos , la película de la
actriz y directora Jennifer Westfeld.
Tres parejas cuyos
integrantes bordean los cuarenta
años están viviendo los avatares de la vida adulta. Dos de ellas tienen hijos y
es evidente que la inercia de los años y la atención que demandan los chicos
han ido atenuando ese resplandor que los llevó a vivir juntos y a conformar una familia. El dúo restante,
la propia Westfeld y Adam Scott, no sabe bien si es o no una pareja. La conforman en la medida
en que él y ella comparten muchas cosas al punto de que, sin los sobresaltos de
la pasión, se sienten muy a gusto
el uno con el otro dispensados como están de los desgastes, casi siempre
engañosos, del cortejo y la conquista.
Pero a la vez no la conforman en la medida en que no han querido
arriesgarse a vivir juntos; han eludido, con inteligencia creen ellos, los roces y sinsablores que consigo
trae la convivencia. Las cosas se
complican cuando en medio de esa relación sin ataduras ni compromisos deciden
tener un hijo. Ha de ser posible, con ingenuidad piensan ellos, compartir la emoción de un hijo sin
tener que pagar por ello el alto precio de sus sobrevaloradas libertades. Puestos a escoger dos entre tres (amor,
hijos y felicidad) se le sobreponen a la regla y escogen las tres. De que tanto
se las pueda agrupar o de que tanto dos de ellas excluyen necesariamente la
tercera es de lo que se ocupa, con una discreta profundidad que a simple
vista no se advierte, Amigos con hijos.
Varias cosas hacen de esta
película una experiencia placentera y reconfortante. Placentera porque tiene
ese tono leve y cuidadosamente elaborado de las comedias norteamericanas en las
que todo parece bello, siempre enmarcado en ciudades con parques arborizados en
los que la gente corre, monta bicicleta o empuja cochecitos . Ciudades en las
que, llegada la noche, esa misma gente se reúne en bulliciosos restaurantes y
en concurridas mesas ríe, come, conversa y, sin falta, toma vino tinto como si este
fuera una impronta indeleble de la felicidad. Pero Amigos con hijos no se queda en esa suave ligereza propia de la
comedia norteamericana, citadina, feminista y contemporánea. Jennifer Westfeld se atreve a subir un
peldaño más y le mete a la historia una pregunta honda formulada desde la
lisura, quizás apenas aparente, de su trama. ¿Amar será una cuestión de
saber convivir en medio de las arideces que provoca el paso del tiempo o será,
ese esquivo amar, una cuestión de libertades que rechaza los devastadores
efectos de la rutina? Esa es la pregunta que jalona toda la película y es ella
la que, sin arruinar ese toque placentero de la comedia, la escala para dejarnos
la reconfortante impresión de haber visto algo más que un divertimento de
domingo en la noche.
El guión, la dirección y la
actuación de la Westfeld tienen el mérito de no haber feminizado ni el enfoque
ni el tratamiento de la historia. En ella se dan cita, sin privilegios ni
prerrogativas, las visiones femenina y masculina de las vicisitudes de la vida
en pareja cuando al fulgor inicial lo aplana, inmisericorde, la monotonía de los días compartidos y
ese encuentro, emocionante pero también agobiante, con unas criaturas llamadas
hijos. Uno de los valores de esta película está en ponernos otros ojos, en
asomarnos a unos hechos que con los nuestros seguramente habríamos valorado de
otra forma. En Amigos con hijos nos
parece que parcelas de verdad y razón acompañan cada una de las visiones y
valoraciones de sus personajes. Es posible que nos identifiquemos más con
algunas de ellas pero siempre quedará la conciencia de que, tratándose de
relaciones humanas, una única razón y una única verdad no son más que
imposiciones culturales, religiosas o institucionales que a la vuelta de la
esquina se convierten en simples humaredas.
Lo que hace de Amigos con hijos una película
remarcable es que desde su
fidelidad a la comedia ligera lanza dardos, discretos pero punzantes, para que
a la sonrisa del espectador la suceda, proyectada hacia su propia vida, esa
silenciosa pregunta de si en algún momento nos hicimos a la idea de que tarde que temprano el triángulo en cuyos vértices están la
felicidad, el amor y los hijos, se desmorona para cederle su lugar a una línea
que solo conecta dos de ellos.
Sin estruendos moralistas y sin
romanticismos de pacotilla Amigos con hijos arriesga su respuesta
frente a este interrogante y lo hace con la sencillez, el humor y la frescura con los que siempre
debería encararse la resolución de estas, nuestras grandes preguntas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





