FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

sábado, 27 de octubre de 2012

PIERROT LE FOU



TÍTULO ORIGINALPierrot le Fou
AÑO1965
DURACIÓN
PAÍS
DIRECTORJean-Luc Godard
GUIÓNJean-Luc Godard
MÚSICAAntoine Duhamel
FOTOGRAFÍARaoul Coutard
REPARTOJean-Paul BelmondoAnna KarinaDirk SandersJean-Pierre Lèaud,
Raymond Devos,Graziella GalvaniLaszlo SzaboSamuel Fuller
PRODUCTORACoproducción Francia-Italia; Rome Paris Films / S.N.C. /
Dino de Laurentiis Cinematographica
GÉNERODrama | Nouvelle vague
Calificación : Sin calificación



La obra de Jean Luc Godard (  Al final de la escapada, 1960, Una mujer es una mujer, 1961, El desprecio, 1963, Banda aparte, 1964, Pierrot le fou,1965, Número dos, 1975, Pasión, 1982 y Nuestra música, 2004 entre muchas otras) despierta pasiones y decepciones. Para sus seguidores estamos ante un genio que revolucionó la forma de hacer el cine y es eso lo que lo hace merecedor  de un sitial de culto en el mundo del celuloide.  Para quienes no le rinden tributo (decir sus contradictores u opositores sería un despropósito) su obra carece de una línea consistente y está llena de altibajos.

En la vasta producción cinematográfica de Godard Pierrot le fou es una ficha clave. Lo primero que hay que hacer para eludir los extremos del elogio fácil o de la descalificación apresurada es ubicarnos en el año en el que se la hizo: 1965. Época convulsa en la que la nueva estética era , antes que nada, la estética de la ruptura. Europa asistía a un período de cambio jalonado por una generación inconforme que ya no le veía mayor sentido a unas instituciones decrépitas y a una cultura anquilosada en un pasado que no podía seguir reverenciándose.  

Es en este escenario de cambio que Godard irrumpe con su Pierrot le fou. Lo hace al mejor estilo del momento con una propuesta subversiva que se lo permite todo porque, anticipándose a uno de los célebres graffitis de mayo del 68, lo único prohibido era prohibir. La película es un movie road que arrastra  a Jean Paul Belmondo y a Anna Karina, actores dilectos de Godard, por el sur de Francia. Es una huída sin tono de escapada; es un romance sin enamoramiento; es una tentativa de musical sin música, es un thriller sin tensión y sin suspenso;  es una historia sin argumento; es un guión con merodeos poéticos pero sin verdadera poesía y es, en fin, uno de esos amasijos propios del que se cree con licencia para transgredir la regla que sea.  No puede negarse que cada  sketch de  Pierrot le fou - la película no es más que un aglomerado de estos - es una pieza de creatividad subversiva.  Pero a un tal reconocimiento también hay que agregarle que el resultado del juego de Godard es una pieza amorfa que no atrapa al espectador  y que, bien por el contrario, termina incomodándolo no obstante la clara percepción de que se está ante un hombre que para su momento destrozó los cánones clásicos del como hacer una película.

Para muchos - sus razones y sinrazones tendrán -  Pierrot le fou tiene unas claves de entendimiento que le dan coherencia y armonía a aquello que, a primera vista,  carece de ambas.  Son los mismos que un tour de force intelectual encuentran en la película de Godard una cantidad de señas iconoclastas que, paradójicamente, les merecen culto. 

Más allá de la controversia alrededor de  Pierrot le fou,  personalmente la encuentro caótica y deshilvanada.  La creatividad está siempre ligada a la libertad pero sus mejores logros estéticos exigen un cauce, una disciplina de expresión. En la película de Godard el espectador  hace un permanente esfuerzo por conectarse con algo que nunca llega a visualizar o a sentir.  Le toca entonces, post film, hacer una construcción mental para darle algún sentido a lo que vio y para extraer de lo visto ese placer que debió darse - y no se dio -  durante la proyección.

Las buenas películas tienen esa rara virtud de fascinar cuando se las mira y, vistas ya, de lograr que esa fascinación inicial se llene luego de aristas e inesperados matices. Pierrot le fou no fascina;  cuando más, provoca una reacción  analítica en torno a la ruptura estilística de su director pero no, a mi juicio, ese toque, perturbador y perdurable, con el que siempre quisiéramos  salir de la sala de cine.

Nota a deshoras: Se salva, y solo a sí misma se salva, la escena en el puerto en la que un hombre le cuenta a Belmondo como lo persigue esa insoportable música que siempre estuvo ligada a sus fracasos amorosos. En el plano de la imposibilidad me quedo con esa otra película, la que supo mantener el tono absurdo y bello de esta escena. Con ella los dejo







VIENTOS CONTRARIOS




TÍTULO ORIGINALDes vents contraires
AÑO2011
DURACIÓN91 min
PAÍS
DIRECTORJalil Lespert
GUIÓNJalil Lespert
MÚSICADavid Moreau
FOTOGRAFÍAJosée Deshaies
REPARTOBenoît MagimelIsabelle CarréAntoine DuléryRamzy BediaBouli Lanners,
Marie-Ange CastaAudrey TautouLubna Azabal
PRODUCTORAWy Productions
GÉNERODramaIntriga
Clasificación :  Vale la pena
,

Después de una discusión conyugal Sarah (Audrey Tautou) deja su casa para ir a cumplir su turno al hospital. Paul (Benoit Magimel) queda en casa con ese sinsabor de la palabra hiriente que pudo atajarse y a la que luego se la ve partir henchida de una rabia que parecía entonces tan justa y ahora tan desproporcionada. La espera se prolonga. Por horas, por días, por semanas, meses y años. Sarah no regresa. Pudo haber muerto pero los cadáveres avisan; pudo haberlo dejado todo pero dos hijos son un imán demasiado poderoso; pudieron raptarla  pero los captores tarde que temprano hacen sonar el teléfono… Ante el sinsentido de esta partida, Paul decide volver al pueblo olvidado que lo vio crecer. Su hermano mayor (Antoine Duléry), ese que siempre se queda aferrado al confort de pacotilla que le dio la familia paterna, le ofrece un trabajo como instructor en una academia de automovilismo. Paul se verá forzado a reescribir las líneas de su vida en esa lejanía cargada de recuerdos y fantasmas. Se dará cuenta que ni la más rotunda renuncia será capaz de detener una vida que siempre se da sus mañanas y termina, por contrarios que sean los vientos,  imponiéndose.

Vientos contrarios, la segunda película del joven actor y director francés  Jalil Lespert ,  es uno de esos relatos que no obstante las constantes amenazas de ahogo, termina flotando airoso.  En su primera media hora el ritmo de la película  se contagia del encierro de su protagonista. La historia se queda quieta y todo parece condenado a la introspección ciega provocada por el desespero  de un hombre que lo ha perdido todo o, mejor, que quiere darlo todo por perdido. Es a partir de cierto momento que una fuerza imprecisa lo revuelve todo y le inyecta vida a un relato hasta ese momento un tanto aletargado.

Contra todo pronóstico serán ese  hermano ordinario y grisáceo y un inesperado compañero de tragedia (Remzy Bedia) los que se prestarán para convulsionar un micro universo condenado a la culpa y el recuerdo. Lespert entendió que había que violentar el tono de contención y encierro con el que discurre la primera parte de la película.  Se tomó su tiempo para hacerlo pero lograda esa implosión comienzan a sentirse, hasta ahora apenas anunciados, esos vientos contrarios.

En su última media hora Vientos contrarios hace que sus protagonistas lloren, beban, abracen, sangren, agredan, griten y se confiesen;  es ese último tramo el que le da sentido  a un recogimiento narrativo que más parecía un callejón sin salida. Lo curioso es que la tardanza de esa implosión de sensaciones y sentimientos termina dándole un tono perfecto al reencuentro de la esperanza. Si Lespert no se hubiera cuidado de mantener  el quietismo de su relato y en lugar de hacerlo muy pronto lo hubiera adornado  con la conmoción del desespero y la culpa, Vientos contrarios hubiera quedado reducida a unos de esos pastiches en los que, con tono de moraleja,  a la noche más oscura siempre le sigue el amanecer más claro.

Vientos contrarios es discretamente optimista. Y es ese tono menor en su declaración de esperanza la que la hace más convincente y la que termina dándole la redondez, no siempre evidente y visible a primera vista, de las buenas películas.




LA GUERRA ESTA DECLARADA


TÍTULO ORIGINALLa guerre est déclarée
AÑO2011
DURACIÓN100 min
PAÍSFrancia
DIRECTORValérie Donzelli
GUIÓNValérie Donzelli, Jérémie Elkaïm
MÚSICAPascal Mayer
FOTOGRAFÍASébastien Buchmann
REPARTOValérie DonzelliJérémie ElkaïmGabriel ElkaïmCésar DesseixBrigitte Sy,
Elina Löwensohn,
Michèle MorettiPhillipe LaudenbachBastien BouillonBéatrice de Staël,
Anne Le NyFrédéric Pierrot
PRODUCTORAWild Bunch Distribution / Rectangle Productions
PREMIOS2011: Premios Cesar: 6 nominaciones, incluyendo mejor película y director
2011: Festival de Gijón: Mejor película (ex-aequo), actriz (Donzelli) y actor
(Jérémie Elkaïm)
GÉNERODramaRomance | FamiliaEnfermedad
Clasificación : Muy recomendada



Acaba de terminar, en distintas ciudades colombianas donde se desarrolló,  el undécimo festival de cine francés.  En esta ocasión la homenajeada fue la bella Sandrine Bonnaire; una muestra representativa de su trabajo, como actriz y como directora, se exhibió en las distintas salas.

Con la guía de las reseñas del festival y con aquellas otras encontradas en  las páginas especializadas de cine, escogí y fui a  tres de sus películas. La guerra está declarada (Valérie Donzelli) , Vientos contrarios (Jalil Lespert) y Pierrot le fou (Jean Luc Godard). Se me quedaron en el camino, sin ver, películas como Las nieves del Kilimandjaro (Robert Guediguian) , Les diaboliques (Henri George Clouzot), Le tableau (Jean-Francos Languione) y del gran Renoir Boudu sauvé des eaux


De las que vi las dos primeras estaban en competencia. Ahora que reviso los resultados del festival encuentro que la ganadora fue La Guerra está declarada. De mi trío, incluida la afamada Pierrot le fou, también ella fue la ganadora. Fui a ver La guerra está declarada por la misma razón por la que su directora y actriz principal, Valérie Donzelli, se decidió a hacerla. La experiencia de un hijo enfermo es una experiencia estremecedora que merece ser contada y que merece ser vista, oída o leída cuando otro la ha contado. Al leer que este era el tema de la película no vacilé en escogerla. Quería ver como se encaraba, cámara en mano, una vivencia como esta.  Estaba la posibilidad, evidente y a la vez decepcionante, de encontrarme con una de esas películas de intenciones salvíficas en las que el hijo enfermo es apenas un pretexto para amplificar el heroísmo de los padres. También estaba la posibilidad de toparme con un drama contado y deformado desde la perspectiva  de un pequeño que no logra entender – y mucho menos querer – un mundo volcado sobre su enfermedad.  Otra opción, quizás la menos probable, era aquella de encontrar la transfiguración estética de una situación extrema que, como cualquier otra, siempre tiene la potencialidad de ser interpretada en trazos, notas, palabras o imágenes que la resignifiquen y trasciendan. Fue con esto último con lo que felizmente me topé cuando vi la última película de la Donzelli.

La guerra está declarada es la versión libre y por sobre todo artística que esta directora y actriz francesa hace de su propia experiencia como madre de un niño al que muy temprano se le diagnostica un tumor en el cerebro. Para este proyecto convoca al que tenía que ser convocado. Quien sino al propio papá del niño, el actor Jérémie Elkaim,  quien fuera hasta hace algún tiempo su pareja. Bajos otros nombres ambos se auto representan sin ánimo documentalista y, mucho menos, aleccionador. Lo que logra La guerra está declarada es un asomo distinto, alternativo y creativo a una realidad cuyos interrogantes y estremecimientos pueden hacer emerger lo mejor y lo peor de  quien la vive.

Las actuaciones de sus protagonistas son  frescas y espontáneas. La cámara se deleita reinventándose a sí misma allí donde la escena no pareciera la propicia para este tipo de juegos creativos. El niño enfermo es un referente muy importante pero no se lo manosea emocionalmente. Sin heroísmos bordeados de final feliz, son los padres quienes cuentan ese torbellino de sensaciones que los asalta y que nunca terminan de entender muy bien: los interminables diagnósticos médicos, la insufrible compasión de quienes los rodean, las preguntas sin respuesta y ese vértigo que de repente pulveriza el sentido mismo de la vida.

La Donzelli logra  un muy balance entre el drama que soporta la historia y la técnica que emplea para narrarla. Los corredores pálidos de una clínica se convierten en el escenario ideal para representar, con tomas inusuales y una perfecta violencia visual, la conmoción de unos padres que no terminan de entender en qué momento se les rompió la burbuja de su felicidad. La guerra está declarada  tiene el mensaje encriptado de unos padre que supieron sobreponérsele a la adversidad pero tiene, sobre todo, el magnetismo de una talentosa directora que supo apelar a unos recursos cinematográficos para expresar, con una estética inusual y sorprendente,  ese caos que ni siquiera quien lo padece es capaz de dimensionar.

Al acierto narrativo lo redondea con un acople sorprendente la música de la película. Cuando las palabras no alcanzan, cuando el poder de las imágenes amenaza dilución, la música siempre reitera la inigualable precisión de su lenguaje.

Espero que el justo premio que se le ha otorgado a La guerra está declarada signifique su pronta reaparición en las carteleras nacionales. 

Nota a deshoras: Una muestra de la música, tan a la medida, de La guerra está declarada


domingo, 7 de octubre de 2012

EL EXÓTICO HOTEL MARIGOLD



TÍTULO ORIGINALThe Best Exotic Marigold Hotel
AÑO2011
DURACIÓN124 min
PAÍSReino Unido
DIRECTORJohn Madden
GUIÓNOl Parker (Libro: Deborah Moggach)
MÚSICAThomas Newman
FOTOGRAFÍABen Davis
REPARTOJudi DenchBill NighyMaggie SmithTom WilkinsonCelia ImrieRonald Pickup,
Penelope WiltonDev PatelTena Desae
PRODUCTORAFox Searchlight Pictures
GÉNEROComediaDrama | Comedia dramáticaVejez
Clasificación : Buen plan


Si me ponen  a escoger entre un buen guión con actores del montón y un guión del montón con buenos actores,  sin dudarlo me quedo con el buen guión en manos de actores discretos. Prefiero la   película cuya historia  es mejor que sus actores,  que  aquella a cuyo reparto le queda chica la historia que se cuenta. En El exótico hotel Marigold es clarísimo que mientras que el reparto destila profesionalismo y genialidad, su guión apenas si rezuma mediocridad.  

En la nueva película John Madden (entre otras suyas, La Deuda, 2011 y Shakespeare in love, 1998) un heterogéneo grupo de setentones ingleses decide buscar suerte en un hotel de la India que ofrece en sus folletos publicitarios toda suerte de ignotas maravillas.   

La sola forma de plantear la historia permite anticipar la cascada de clichés con la que se armará la película. Bangalore, la ciudad donde se desarrolla la manipulación facilista de la película, es, como tenía que ser, una ciudad colorida, caótica y bulliciosa en la que sus habitantes se mueven bajo el impulso primario de un comercio callejero surcado por zigzagueantes rickshaws, los emblemáticos bicitaxis de algunas ciudades indias. Es en medio de estas calles, que más parecen ventorrillos en día de fiesta, que nuestros flemáticos ingleses se encontrarán consigo mismos; serán los rostros achocolatados y silentes de sus habitantes y el estallido de colores de sus toldos los que terminarán royendo las corazas que todos traían y que tanto los ensombrecían y entristecían.  En el ocaso de sus vidas será un hotel desvencijado y sucio el que les permitirá reconocerse, aceptarse  y, a partir de ese hallazgo tardío, encarar el último  kilómetro  de sus vidas.

Será posible un empastado más tópico que el acabo de describir?  Todavía hay alguien que se trague el embuste de que no hay más que pisar suelo indio para que una irrefrenable ventisca de espiritualidad nos brille el alma? Como es posible que aún perdure esa visión colonialista que se empeña en mostrarnos las ciudades indias como unos bazares pintorreteados henchidos de baratijas?  Habrá alguien todavía dispuesto a comprar el  falsete según el cual solo en el misterioso oriente es factible, por una suerte de indescifrable sortilegio,  volver a amar? 

El exótico hotel Marigold  es una burda suma de todos estos lugares comunes.  Lo que pudo haber sido una inmersión en el encuentro de unas culturas que  recíprocamente se han enriquecido y también contaminado, se queda en un divertimento barato con tufillo de novelita espiritual.

Se salva, sin requerir salvación alguna, el elenco de la película.  La Dench, el gran Bill Nighy, Maggie Smith, el soberbio Tom Wilkinson , Celia Imrie, el fantástico Ronald Pickup y Penélope Wilton están muy por encima de la historia que les pusieron a contar. Su profesionalismo quedó ratificado al mantener la estatura actoral que todos tienen no obstante la pobreza argumental de una historia cuya banalidad resulta más ofensiva por pretender ocultársela tras las caretas baratas de la confrontación cultural y la búsqueda espiritual.

Todo es tan predecible y tonto en El exótico Hotel Marigold que hasta para mostrar a la mujer india se echa mano nuevamente del prototipo de belleza que en Quién quiere ser millonario encarnó Freida Pinto. Tena Desae, la actriz que personifica a la bella joven de la que está enamorado el dueño-conserje del Hotel Marigold (quien si no Dey Patel también de Quién quiere ser millonario), es una muñequita de poner, un exótico adorno que realza la caricatura que en esta película se  nos enrostra de la cultura india, una cultura que no es un trapo variopinto que se vocea por las calles y que se vende por unas pocas rupias, sino un tapiz que tiene que ser visto desde dentro y no desde la perspectiva  del que deforma lo que ve para ajustarlo a la medida de sus frustraciones y sus sueños.
  


domingo, 30 de septiembre de 2012

AMIGOS . INTOUCHABLES




TÍTULO ORIGINALIntouchables
AÑO2011
DURACIÓN109 min
PAÍSFrancia
DIRECTOROlivier NakacheEric Toledano
GUIÓNOlivier Nakache, Eric Toledano
MÚSICALudovico Einaudi
FOTOGRAFÍAMathieu Vadepied
REPARTOFrançois CluzetOmar SyAnne Le NyAudrey FleurotClotilde Mollet,
Joséphine de Meaux,
Alba Gaia BellugiCyril MendyChristian AmeriMarie-Laure Descoureaux,
Gregoire Oestermann
PRODUCTORAQuad Productions / Gaumont / TF1 Films / Ten Films /
Chaocorp production / Canal + / Cinecinema
WEB OFICIALhttp://www.intocable-lapelicula.com/
PREMIOS2011: Premios Cesar: Mejor actor (Omar Sy). 9 nominaciones.
2011: Festival de San Sebastián: Sección oficial no competitiva - Clausura
2011: Festival de Tokyo: Mejor película, mejor actor.François Cluzet & Omar Sy
2011: Nominada Premios David di Donatello: Mejor película de la Unión Europea
GÉNEROComediaDrama | AmistadDiscapacidadBasado en hechos reales
Calificación: Vale la pena


En un artículo publicado en la revista El Malpensante  (No. 132 – Julio 2012) la novelista mejicana Valeria Luiselli , refiriéndose a su gusto por el cine, escribió: “Tampoco es que tenga ahora un gusto más sofisticado o mayores exigencias; al contrario, me he vuelto más complaciente con casi todo. El problema es otro y me parece que tiene que ver sencillamente con descubrir un domingo, que uno dejó de ser – muy rápido y sin que nadie se lo advirtiera – la persona que era. Las películas que vuelvo a ver ahora son un espejo opaco de mi vida de entonces; de mi felicidad de entonces, tan distinta a la de ahora”.

Razón tiene la Luiselli y tanto la tiene que yo estoy seguro de que si hubiera visto Amigos a los diez y siete ( uno más que la fragilidad de los diez y seis y uno menos que la adultez impostada de los diez y ocho) me habría fascinado. No es sólo entonces que  vueltas a ver, las películas que alguna vez nos fascinaron luzcan ahora distantes y deslucidas. La cosa va más allá. Con el paso de los años el despreocupado regocijo de otrora se ha vuelto – y no tenemos como evitarlo – un ejercicio más elaborado en el que las joyas de entonces y también las de ahora - auténticas y falsas -  terminan perdiendo su brillo. Quizás podría concluirse que solo son verdaderamente buenas aquellas películas que resisten el embate del tiempo y que no importa quien y cuando las vea,  siempre obtendrán una buena nota. Pero no estoy seguro. Hay, sin duda, películas inmutables; esas pocas que vueltas a ver o que vistas por aquel que apenas inicia su travesía cinematográfica  o por aquel que ya la lleva bien recorrida, siempre merecerán el rótulo de buenas películas. Son relativamente pocas.  Son muchas en cambio aquellas, llamémoslas cambiantes, cuya nota sobresaliente depende más del calificador que de lo calificado. Inmutable, El Padrino I; cambiante, Amigos.

Intouchables (Intocables) su título original, es la última película del dúo conformado por  Olivier Nakache y Eric Toledano. Taquillazo en Francia ahora se da su  exitosa vuelta por las carteleras del mundo recogiendo a su paso un montón de aplausos emocionados y de billetes bien ganados. Philippe (Francois Cluzet) es un millonario postrado en una silla de ruedas que necesita ayuda permanente.  Driss (Omar Sy), un emigrante marginal que pareciera ser el menos indicado para cumplir esta función de acompañante, termina siendo el elegido. Imposible reunir temperamentos y mundos más dispares. Refinado el uno, elemental el otro; medido , introvertido y tímido el primero, desparpajado,  auténtico y vividor el segundo. Contra todo pronóstico entre seres tan opuestos surge una sólida amistad que le permite, al uno, arrimarse al riesgo no calculado que conduce a los momentos felices y, al otro, aproximarse al estremecimiento del impetuoso verano de  las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

Hay algo en Amigos que sin demeritarla sí la debilita.  Todo fluye sin el más mínimo tropiezo y a muchas de sus escenas les sobran no pocos gramos de emoción postiza. Exagerado el perfecto encaje entre piezas tan distintas. Hay una sensación - no se puede negar que placentera - de artificio bien armado, de deliciosa manipulación de la emoción fácil rematada al final con el conocido truco de la aparición de los personajes reales y con la noticia sobre sus vidas. Una manera ingenua de hacerle creer al espectador que tanta empatía entre dos personas tan diversas no es una licencia permitida por la comedia fácil, sino una verdad  algo almibarada pero posible de toparnos en la calle. En esta oportunidad al cliché del cine francés, adusto, vacío y amargado lo destroza ese otro cliché del cine americano, emotivo, positivo y esperanzado.  Que de este cambio de tono salga o no una buena película no depende de esta variación de enfoque sino del resultado que se nos ofrezca como espectadores. En el caso de Amigos estamos, todo en su justo lugar, ante una comedia convincente y muy bien armada que se deja ver con un enorme placer y de la que sale con ese regocijo etéreo que suelen producirnos las películas con moraleja. Pero de este placer volátil a la permanencia propia de una buena película hay un trecho enorme. Amigos no tiene ni la profunda  ligereza de las buenas comedias,  ni la consistencia desestabilizadora y espesa de los grandes dramas. Patina son solvencia sobre una pista bien iluminada cuidándose mucho de no romperla y divirtiendo a las tribunas con unas exhibiciones cuyo efecto ya está más que probado.

Algo dice del público francés que Amigos haya batido el récord de taquilla de los últimos diez años. Dice que los franceses, también ellos, buscan mensajes reconfortantes y azúcares que los reconcilien, al menos por un rato, con la posibilidad de un mundo solidario y esperanzado. Dice que los franceses sentados ante la gran pantalla blanca también se dejan seducir por  esos estereotipos que, pese a los que suele pensarse, nunca  pertenecieron a una cultura determinada porque siempre han sido parte de ese patrimonio globalizado y universal que se llama la emoción humana. 
   

domingo, 2 de septiembre de 2012

AMIGOS CON HIJOS



TÍTULO ORIGINALFriends with Kids
AÑO2011
DURACIÓN107 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORJennifer Westfeldt
GUIÓNJennifer Westfeldt
MÚSICAMarcelo Zarvos
FOTOGRAFÍAWilliam Rexer
REPARTOMegan FoxKristen WiigJon HammMaya RudolphChris O'DowdAdam Scott,
Edward BurnsJennifer WestfeldtSamantha Bee
PRODUCTORALocomotive / Points West Pictures / Red Granite Pictures
GÉNEROComedia

Calificación : Vale la pena

Se la anunció  con un afiche en el que se le proponía al lector escoger, entre tres, dos posibilidades. Amor, felicidad e hijos eran las tres opciones. Sugestivo juego mediante el cual se insinuaba el tema de Amigos con hijos , la película de la actriz y directora Jennifer Westfeld.

Tres parejas cuyos integrantes  bordean los cuarenta años están viviendo los avatares de la vida adulta. Dos de ellas tienen hijos y es evidente que la inercia de los años y la atención que demandan los chicos han ido atenuando ese resplandor que los llevó a vivir juntos y a  conformar una familia. El dúo restante, la propia Westfeld y Adam Scott,  no sabe bien si es o no una pareja. La conforman en la medida en que él y ella comparten muchas cosas al punto de que, sin los sobresaltos de la pasión,  se sienten muy a gusto el uno con el otro dispensados como están de los desgastes, casi siempre engañosos, del cortejo y la conquista.  Pero a la vez no la conforman en la medida en que no han querido arriesgarse a vivir juntos; han eludido, con inteligencia creen ellos,  los roces y sinsablores que consigo trae la convivencia.  Las cosas se complican cuando en medio de esa relación sin ataduras ni compromisos deciden tener un hijo. Ha de ser posible, con ingenuidad piensan ellos,  compartir la emoción de un hijo sin tener que pagar por ello el alto precio de sus sobrevaloradas libertades.  Puestos a escoger dos entre tres (amor, hijos y felicidad) se le sobreponen a la regla y escogen las tres. De que tanto se las pueda agrupar o de que tanto dos de ellas excluyen necesariamente la tercera es de lo que se ocupa, con una discreta profundidad  que a simple vista no se advierte,  Amigos con hijos.

Varias cosas hacen de esta película una experiencia placentera y reconfortante. Placentera porque tiene ese tono leve y cuidadosamente elaborado de las comedias norteamericanas en las que todo parece bello, siempre enmarcado en ciudades con parques arborizados en los que la gente corre, monta bicicleta o empuja cochecitos . Ciudades en las que, llegada la noche, esa misma gente se reúne en bulliciosos restaurantes y en concurridas mesas ríe, come, conversa y, sin falta, toma vino tinto como si este fuera una impronta indeleble de la felicidad. Pero Amigos con hijos no se queda en esa suave ligereza propia de la comedia norteamericana, citadina, feminista y contemporánea.  Jennifer Westfeld se atreve a subir un peldaño más y le mete a la historia una pregunta honda formulada desde la lisura, quizás apenas aparente, de su trama. ¿Amar será una cuestión de saber convivir en medio de las arideces que provoca el paso del tiempo o será, ese esquivo amar, una cuestión de libertades que rechaza los devastadores efectos de la rutina? Esa es la pregunta que jalona toda la película y es ella la que, sin arruinar ese toque placentero de la comedia, la escala para dejarnos la reconfortante impresión de haber visto algo más que un divertimento de domingo en la noche.

El guión, la dirección y la actuación de la Westfeld tienen el mérito de no haber feminizado ni el enfoque ni el tratamiento de la historia. En ella se dan cita, sin privilegios ni prerrogativas, las visiones femenina y masculina de las vicisitudes de la vida en pareja cuando al fulgor inicial lo aplana, inmisericorde,  la monotonía de los días compartidos y ese encuentro, emocionante pero también agobiante, con unas criaturas llamadas hijos. Uno de los valores de esta película está en ponernos otros ojos, en asomarnos a unos hechos que con los nuestros seguramente habríamos valorado de otra forma. En Amigos con hijos nos parece que parcelas de verdad y razón acompañan cada una de las visiones y valoraciones de sus personajes. Es posible que nos identifiquemos más con algunas de ellas pero siempre quedará la conciencia de que, tratándose de relaciones humanas, una única razón y una única verdad no son más que imposiciones culturales, religiosas o institucionales que a la vuelta de la esquina se convierten en simples humaredas.

Lo que hace de Amigos con hijos una película remarcable  es que desde su fidelidad a la comedia ligera lanza dardos, discretos pero punzantes, para que a la sonrisa del espectador la suceda, proyectada hacia su propia vida, esa silenciosa pregunta de si en algún momento  nos hicimos a la idea de que  tarde que temprano el triángulo en cuyos vértices están la felicidad, el amor y los hijos, se desmorona para cederle su lugar a una línea que solo conecta dos de ellos.  

Sin estruendos moralistas y sin romanticismos  de pacotilla Amigos con hijos arriesga su respuesta frente a este interrogante y lo hace con la sencillez, el humor  y la frescura con los que siempre debería encararse la resolución de estas, nuestras grandes preguntas.