FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

jueves, 21 de junio de 2012

AGUAS TURBULENTAS



TÍTULO ORIGINALDeUsynlige - De osynliga (Troubled Water)
AÑO2008
DURACIÓN
PAÍS
DIRECTORErik Poppe
GUIÓNHarald Rosenløw-Eeg
MÚSICAJohan Söderqvist
FOTOGRAFÍAIngeborg Klyve, John Christian Rosenlund
REPARTOPål Sverre Valheim HagenTrine DyrholmEllen Dorrit Petersen,
Fredrik GrøndahlTrond Espen SeimAngelou GarciaHenriette Garcia,
Terje Strømdahl,
Anneke von der Lippe,Frank KjosåsJon Vågenes Eriksen
PRODUCTORACoproducción Noruega-Suecia-Alemania; Paradox Spillefilm A/S
GÉNERODrama
Calificación: Muy recomendada


Para hablar de Aguas turbulentas hay que trazar una frontera que separe el drama que en ella se cuenta de la forma como este nos es contado.  El primero, hondo y perturbador,  trata de la culpa, el dolor, la redención y el perdón; la segunda es un inteligente armazón de dos historias contadas desde ópticas  distintas que poco a poco y mediante un constante ir y venir en el tiempo se van intersecando hasta hacerse una sola.

Las historias:

Jan Thomas (Fredik Grondahl) recupera su libertad después de pagar  una pena por el homicidio de un menor que desapareció arrastrado por el torrente de un río. Su talento musical y en especial su virtuosísimo como intérprete del órgano le permiten trabajar  en una iglesia dirigida por Anna, una sacerdotisa cuya belleza emerge, paradójicamente, de su infructuoso deseo de ocultarla. Entre ambos brota una atracción que se sobrepone a la contención y al pudor que rodean este inusual encuentro. Anna tiene un hijo menor y será a través de este incipiente modelo de familia que Thomas intentará rehacer su vida fracturada. Temeroso por la reacción de Anna, Thomas le oculta su pasado.  Un pasado inundado por esa corriente que se llevó la vida del niño y con ella, arrastrada por la negación y la culpa, su propia vida.

Agnes (Trine Dyrholm) es la mamá del niño que murió. Después de la tragedia Agnes y su esposo adoptan dos niñas dándose cuenta, sobre todo la afligida mamá, que hay vacíos que se ahondan aún más cuando se intenta llenarlos.  El dolor resurge cuando en su condición de maestra organiza una visita escolar a la iglesia donde toca Thomas; es allí donde Agnes se reencuentra con el asesino de su hijo; lo reconoce  en medio del estremecimiento que a todos los presentes les produce la soberbia interpretación  que Thomas  hace en  el órgano de la querida Troubled water de Simon y Garfunkel. El reencuentro que la prisión pospuso por tantos años habrá de tener lugar y podrá ser quizás la oportunidad para vengar el crimen atroz o, al menos, para oír de su autor la inútil explicación del porque lo hizo .

La forma de contarlas:

Aguas turbulentas esquiva la línea fácil del  relato cronológicamente ordenado. Opta en cambio por la técnica de ir soltando fragmentos que irán alcanzando su coherencia y su articulación con la historia central a medida que las escenas van encajando, las unas en las otras, como fichas de un gran rompecabezas. Sin embargo no es en sí la técnica lo que le confiere a la película su nota sobresaliente. Lo que en realidad la hace remarcable es que ese premeditado desorden narrativo logre el efecto perturbador  que se siente de principio a fin. Desde que Thomas abandona su presidio hay algo latente en el ambiente  anunciando que hay condenas irredimibles y que las esperanzas de restauración evidenciarán, tarde que temprano, las fragilidades de todo espejismo.

El gran mérito de Aguas turbulentas es lograr una sensación de unidad y continuidad mediante un sistema narrativo de fragmentación.  Erik Poppe, su director, emplea la herramienta de la reiteración visual para mostrar como un mismo hecho adquiere significaciones diversas según cual sea el ángulo desde el que se lo aprecie. Al espectador se le muestra dos o tres veces la misma escena pero nunca queda la sensación de una repetición innecesaria; lo que queda, por el contrario,  es la percepción de haberse contemplado el hecho a través de miradas diversas que le confieren un mejor sentido o, si se quiere, una mayor aproximación a la verdad.  Para esto Aguas turbulentas va más allá del simple uso de unas herramientas  que entremezclan los brincos en el tiempo y los cambios visuales de narración.  Lo que sobresale en el relato es la intimidad que lo caracteriza. Thomas ve el mundo que lo rodea y el pasado que lo acecha, con una visión acuosa que parece incapaz de emerger de la profundidad donde yace un niño muerto. Hay incluso varias tomas de cámara desenfocada que nos recuerdan la visión borrosa que se tiene bajo el agua. Agnes por su parte lo ve y lo vive todo desde la miopía que causa la incomprensión y esa búsqueda ansiosa de algo o alguien que le explique el porqué de su dolor. Ambos visiones, intersecadas por los mismos hechos, terminan instaladas en la retina de un espectador que está más acostumbrado a las resoluciones de los enigmas o a las definiciones moralistas que a este tipo de relatos donde no hay verdades absolutas ni bondades victoriosas, sino seres humanos complejos que andan por ahí viviendo sus vidas, sin heroísmos ni martirios y con la endeble convicción de que la verdad como valor absoluto proviene de su percepción del mundo circundante.

El sonido del órgano es envolvente, metálico y solemne. Su majestuosidad tiene el doble efecto de hacernos sentir insignificantes frente a lo supremo pero, a la vez, capaces de percibirlo y reconocer nuestra capacidad de tender a ello. Algo similar pasa con el agua que puede significarnos ahogo, limpieza,  misterio, turbulencia o pureza. De principio a fin la película está marcada por momentos de agua que le imprimen un peculiar acento de enigma y silencio. Todo bajo el agua pareciera suceder en otro plano de la verdad. Lo que logra transfundirnos el tono de Aguas turbulentas es ese debate permanente del ser humano que discurre sin tregua entre las amarguras que le depara la vida y las esperanzas salvadoras que vislumbra en el rostro del otro, en una partitura, en un posible creador o, las más de las veces, en la simple ternura de un niño.    



domingo, 17 de junio de 2012

PODER Y TRAICION



TÍTULO ORIGINALThe Ides of March
AÑO2011
DURACIÓN101 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORGeorge Clooney
GUIÓNGeorge Clooney, Grant Heslov (Obra: Beau Willimon)
MÚSICAAlexandre Desplat
FOTOGRAFÍAPhedon Papamichael
REPARTORyan GoslingGeorge ClooneyPaul GiamattiMarisa Tomei,
Philip Seymour Hoffman,
Evan Rachel WoodJeffrey WrightMax MinghellaJennifer Ehle
PRODUCTORACross Creek Pictures / Exclusive Media Group / Smoke House
PREMIOS2011: Oscar: Nominada a Mejor guión adaptado
2011: Globos de Oro: 4 nominaciones, incluyendo Mejor película dramática
2011: Premios BAFTA: Nominada a Mejor actor secundario (Hoffman)
2011: Critics Choice Awards: Nominada a Mejor reparto
2011: Festival de Venecia: Sección oficial largometrajes a concurso
2011: Festival de Toronto: Sección oficial largometrajes a concurso
2011: Nominada Premios David di Donatello: Mejor película extranjera
GÉNERODrama | Política

Calificación : Vale la pena

En el calendario romano los idus eran los décimo terceros días de cada mes. Fechas de buenos augurios en los meses de marzo, mayo, julio y octubre. Para los otros meses del año la fecha favorable se desplazaba al día quince.  Contradiciendo esta creencia o quizás corroborándola, fue un idus de marzo cuando,  no obstante haber sido advertido del infortunio que se le avecinaba, muere asesinado Julio Cesar. Así nos lo recordará más tarde Shakespeare en su injustamente olvidado Julio Cesar . Más tarde fue Thornton Wilder quien bautizó una de sus novelas con el sugestivo y a la vez equívoco título The ides of march (1948). Digo sugestivo y equívoco porque el idus  de marzo ha estado ligado - y lo estará ya por siempre - a la relatividad connatural  que acompaña a la buena suerte. Lo que pareciere en principio un infortunio deviene luego en fortuna y viceversa. La secuencia sigue y ahora es nuestro querido George Clooney el que, basándose en la obra de teatro Farragut north de Beau Willimon, se apropia de este título para adentrarse en los turbios vericuetos de la política norteamericana.

Ides of march dirigida y coprotagonizada por Clooney muestra hasta donde puede llegar la sofisticación de la perversión si el objetivo es el poder.  Ryan Gosling  (Half Nelson, Blue Valentine y Drive, entre otras) trabaja al servicio de Clooney un candidato demócrata que tiene muy buenas posibilidades de llegar al sillón presidencial de la Casa Blanca. Su suerte – la esquiva y bifronte suerte -  depende del resultado de las elecciones primarias que en el sistema americano preceden la elección presidencial. Como siempre, como en todas partes, las alianzas partidistas resultan indispensables para alcanzar el voto de los electores y es en su insaciable búsqueda  que se violentan, con los más variopintos disfraces,  fronteras legales, éticas y morales. Mal reencauchado, como siempre lo ha estado, resurge el maquiavélico slogan según el cual “el fin justifica los medios”.

Ides of march, entre nosotros Poder y traición, es un producto compacto y bien logrado que elude con inteligencia las simplezas habituales de los thrillers políticos pero que por unas fallas en la estructura de su guión termina valiéndose  de algunas de ellas. De otra parte es una regla de oro que cuando el peso de una película  gravita exclusivamente sobre  los kilates actorales  de su reparto , la que resulta lastimada es la trama del relato y en particular la forma como se pretenda contar una determinada historia. Algo de esto pasa en Ides of march. Su historia arranca con un ritmo envolvente pero muy pronto echa mano de un incidente que se siente forzado y que desluce su guión. Pese a eso su tono se mantiene pero es inevitable sentirse ya no frente a un diagnóstico descarnado y sobrio de hasta donde se puede llegar tras la consecución del poder, sino frente a un entramado algo artificioso que infla, más de la cuenta,  un affaire  del candidato con una pasante de su campaña.

Imposible no reconocer la contundencia de actores como el propio  Gosling y, realzándolo, de maestros como  Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti y de la ya consolidada  Marisa Tomei. Sin embargo es la estatura interpretativa de estos la que pone en evidencia las fragilidades del relato que se soporta en ellos.  Son ellos quienes lo sostienen cuando debiera ser al revés. Debiera ser el relato quien los justifique y no a la inversa.

Sería sin embargo injusto y totalmente desproporcionado decir  que Ides of march es un relato más de intrigas políticas y lo sería especialmente con un Clooney que vuelve a demostrarnos su compromiso con un cine serio y con una forma cuidada y elaborada de transmitir algo que va más allá, mucho más allá, de la entretención fugaz y vendedora. Es evidente y por lo mismo indiscutible que el nombre de Clooney ya está ligado con una  estética y una técnica  que rebasan los cánones ordinarios de la industria cinematográfica. Así lo demuestra en Poder y traición una película a la que no obstante faltarle el poder para ingresar al estante de las imprescindibles no traiciona la trayectoria de un hombre que con los años ha ido madurando una obra merecedora desde ya del reconocimiento que siempre se le debe al trabajo marcado por una línea definida, quizás no de genialidad, pero sí de coherencia y consistencia. Cada vez estoy más convencido que, incluso en el cine,  valen más estas que aquella. 


jueves, 24 de mayo de 2012

EL NIÑO DE LA BICICLETA



TÍTULO ORIGINALLe gamin au vélo (The Kid With The Bike)
AÑO2011
DURACIÓN 87 min.
PAÍS
DIRECTORJean-Pierre DardenneLuc Dardenne
GUIÓNJean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍAAlain Marcoen
REPARTOCécile De FranceThomas DoretJérémie RenierFabrizio Rongione,
Egon Di MateoOlivier Gourmet
PRODUCTORACoproducción Bélgica-Francia-Italia
PREMIOS2011: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado (Ex-aequo)
2011: Premios Cesar: Nominada a Mejor película extranjera
2011: Premios del Cine Europeo: Mejor guión. 4 nominaciones
2011: Globos de Oro: Nominada a mejor película de habla no inglesa
2011: Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor película extranjera
2011: Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa
2011: Festival de Valladolid - Seminci: Sección oficial largometrajes a concurso
GÉNERODrama | AdopciónFamiliaInfancia


Calificación : Muy recomendada

La última película de los hermanos Dardenne (La promesa 1996, Rosetta 1999, El hijo 2002, El niño 2005 y El silencio de Lorna 2008) es una narración escueta que se atiene al decurso lineal de lo que le pasa a un chico desamparado y conflictivo que se desplaza, como cualquier otro de su edad, en una bicicleta.  Si la película hubiese tenido intenciones moralistas se la habría titulado de otra forma.  Se la habría llamado, por ejemplo, Huir en bicicleta o Todavía una esperanza . Pero no. Se llama El niño de la bicicleta  porque trata, sin más, de un muchacho y su bicicleta; porque el niño y su bicicleta son el eje de un relato totalmente medido en el que los hechos escuetos son el único vehículo de expresión .  Los Dardenne reiteran así un estilo que ya los caracteriza y que por parco pudiera parecer hosco y amargo pero que cuando se concreta en una película como el Niño de la bicicleta constituye un enorme acierto cinematográfico.

Como en muchas de las anteriores películas de los hermanos belgas, la historia se centra en las convulsiones y zozobras de una persona menor. Los Dardenne tienen una clara inclinación por el mundo inestable, tierno, solitario, agresivo y contestatario de niños y adolescentes. Un mundo que los hermanos abordan sin ningún tipo de preciosismo y despojados por completo de cualquier intención aleccionadora. La cámara sólo aspira a captar el suceso evidente. Lo que este pueda provocar en el espectador pertenece más al ámbito de la elaboración individual de quien ve la película que a un tramado artificioso tejido con imágenes seductoras o parlamentos sugestivos.

En el Niño de la bicicleta Cyril  es un preadolescente que recorre con su bicicleta las calles de una ciudad que no le ofrece más que un par destinos repetidos y huecos. Pero es en los desplazamientos entre punto y punto que Cyril parece encontrar, endeble y fugaz, un lugar propio. Cuando a los once años se pedalea no hay otra expectativa, elemental y básica, que de la desplazarse de un punto a otro. A veces para quien monta  la bicicleta el pedaleo puede ser un desahogo, pero cuando lo es carece de discursos existenciales y solo es una forma de reafirmar una presencia frágil estrellándola contra el viento que se lleva en contra.

Cyril está obstinado en recuperar la compañía de su padre mientras que este, acobardado por la responsabilidad paterna, rehúsa tenerlo a su lado. Es en uno de esos infructuosos acercamientos a su papá que Cyril termina conociendo a Samantha (Cécile de France), una peluquera de barrio que  le brinda su casa como hogar provisional de acogida. La relación entre Cyril y Samantha no es nada cálida. Contra las advertencias de su nueva protectora el chico termina involucrándose con un pandillero de la calle que busca provecho en esa rebeldía y en esa agresividad de Cyril que solo sabe expresarse en la ferocidad de su pedaleo. Sin éxito Samantha intenta disuadirlo de esta mala compañía pero él la confronta con el argumento hostil y desagradecido de no ser su madre.

La historia de los Dardenne no se sale ni por un solo instante de su cauce. La contención permanente es su tono y elude de manera magistral esa ligereza emotiva en la que tan fácilmente puede caerse cuando de por medio hay niños abandonados y mujeres  solitarias que a tumbos andan buscándole sentido a sus precarias existencias.

Lo increíble del Niño de la bicicleta es que pese a su acento tan sobrio y plano logra transmitir un cúmulo de emociones que van desde la auténtica compasión hasta la más pueril de las esperanzas.  Sin apenas darse cuenta Samantha se topa con una maternidad despojada de peluches y fotos enmarcadas. Una maternidad que por silvestre tiene también algo de agreste.  


En su rol de Cyril Thomas Doret logra una interpretación brillante. Quien alguna vez haya pedaleado sin los afanes de la salud o de la estética y sin siquiera el solaz de la entretención, entenderá lo que es, a los once o doce años, sentarse sobre esa irrepetible bicicleta que es, de una inexplicable forma, nuestra única conexión con el mundo y, también, nuestra forma de desconectarnos de él. Viendo a Cyril con su pedaleo irregular y su rostro de enojo contra el viento es imposible no evocar, sin sensiblerías, los pedaleos de entonces.

El ensamble entre Cyril y Samantha es, por trunco y traumático, casi perfecto. El acierto de los Dardenne es la renuncia a lo que supere el plano inmediato de lo básico. No es, sin embargo,  un realismo opaco o amargado; es, por el contrario, la conjunción bien lograda entre una cámara adusta y un guión muy bien medido.

Viene bien encontrarse  con una película como el Niño de la bicicleta porque nos recuerda que hay otra manera, menos vistosa pero mucho más auténtica y franca, de captar las penurias y también las fortunas del ser humano. Un ejemplo contundente de esta austeridad es la musicalización de la película. Sólo hay un brevísimo pasaje musicalizado: Cyril, rechazado por su padre, emprende su pedaleo desaforado. Solo en esa corta fuga hay música de fondo.  La vida no sucede musicalizada y si el cine se permite esa licencia debe hacerlo siempre en un acto de simultáneo respeto por la música y por la vida misma.

El gran mérito del Niño de la bicicleta está en lograr una impecable transmisión de sentimientos sin naufragar en el torrente que estos suelen provocar.  

  

domingo, 6 de mayo de 2012

LOS VENGADORES



TÍTULO ORIGINALThe Avengers
AÑO2012
DURACIÓN135 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORJoss Whedon
GUIÓNJoss Whedon (Historia: Joss Whedon, Zak Penn)
MÚSICAAlan Silvestri
FOTOGRAFÍASeamus McGarvey
REPARTORobert Downey Jr.Chris EvansMark RuffaloChris HemsworthScarlett Johansson,
Jeremy RennerTom HiddlestonSamuel L. JacksonCobie SmuldersClark Gregg,
Gwyneth Paltrow,Stellan SkarsgårdStan LeeHarry Dean Stanton
PRODUCTORAMarvel Studios / Paramount Pictures
WEB OFICIALhttp://marvel.com/avengers_movie/
GÉNEROFantásticoAcciónCiencia ficciónAventuras | SuperhéroesCómicMarvel Comics.
3-D

Calificación : Vale la pena

Crecí con los cómics de los sesenta y de los setenta y eso, de entrada, marca una gran diferencia.  Recuerdo la avidez con la que de niño me dedicaba a leer  las aventuras ilustradas de Batman y Robin. Recuerdo, también recuerdo, esa enorme frustración que sentí cuando la capa que mis papás me regalaron (obsequio por comprar un par de tenis marca Croydon) no se extendía como una carpa henchida cuando yo corría como si lo hacía, espectacular y negrísima, la del hombre murciélago.

Los cómics con los que crecí eran, vistos con la distorsión que imprime el paso del tiempo, elementales y simples. El héroe se enfrentaba al villano y cuando la derrota era inminente, un inesperado halo de fuerza invertía el orden de los sucesos y el bien, oculto siempre tras una máscara enigmática, terminaba derrotando a un mal que, aún maltrecho y herido, dejaba anunciado su regreso.

Mis héroes, los de entonces, eran seres esencialmente solitarios, serios y circunspectos. El escaso humor de esas aventuras corría por cuenta de uno que otro malhechor, inteligente y sarcástico, que siempre se burlaba del rol salvador y por ende algo patético de sus alados contrincantes.  Con esas imágenes – y con los sentimientos a ellas ligados -  me quedé por muchos años hasta que vino el reencauche o , mejor, la repotencialización de los héroes de entonces. Así tenía que ser y por supuesto está bien que así haya sido. Batman no podía seguir siendo el héroe rollizo de entonces al que siempre lo salvaba, a última hora, un milagroso bati artefacto. Tenía que sucederlo un Batman apuesto y atlético que entremezclara el charme del millonario Bruno Díaz con ese mundo oscuro en el que, siendo apenas un niño, Batman selló su penumbroso compromiso de luchar contra el mal.

Pese a la avasalladora tecnología y a las huestes de geeks que esta ha congregado, yo sigo prefiriendo, remodelados como lo exige el paso del tiempo y sobre todo como lo piden las nuevas generaciones, el old fashioned de mis héroes de infancia. Me gusta su insobornable soledad, su adusta seriedad, su incapacidad de amar y esa inconfesable inconformidad con el rol de super stars que les tocó afrontar.  Debió ser entonces este anclaje afectivo el que me impidió sumergirme  del todo en Los Vengadores, la muy elogiada película de Marvel Studios, con guión y dirección de Joss Whedon . Los Vengadores es un derroche de entretención bien lograda que reúne a un disímil grupo de super héroes  encargados de librar a la ciudad, cual otra sino Nueva York,  de la amenaza de un temible enemigo.  Durante más de dos horas el espectador se sentirá abrumado por el desparrame de tecnología y de seguro pasará, como dicen los españoles,  un palomitero  buen rato.

Pero más allá de sus atributos de una buena entretención, Los Aventureros deja - o al menos a mí me dejó – una sensación de atiborre donde tanta espectacularidad deja el sinsabor del vacío; un despliegue cuasi ilimitado donde lo más termina siendo menos. Pareciera una necedad descalificar esta película por la pobreza de su historia pero es evidente que en Los Vengadores todo el peso narrativo se dejó en los hombros de sus personajes que más que afrontar su cometido guerrero lo que hacen es disfrutar la encomienda que se les hizo. Todos ellos lucen mejor solos que acompañados porque están hechos, lo repito, para la lucha solitaria. Cuando a mis grandes héroes de la infancia los juntaron  bajo el dudoso rótulo de los Superamigos fue evidente como la unión lejos de realzar sus virtudes  terminó diluyendo su carisma.

Los fanáticos dirán - y razón quizás no les faltará -  que estamos ante una epopeya básica escrita sin grandilocuencias pero sí con la precisión emotiva de la fantasía; que esta reunión marveliana de grandes superhéroes es un crossover frenético y que el no la haya disfrutado es porque sus tornillos, de tan bien apretados que están, lo han privado de gozarse este fascinante desvarío.  Puede que así sea pero tengo que decir, a contracorriente de casi todo lo que he leído sobre Los Vengadores, que me pareció, más que una buena película, un video juego bien amplificado que cumple satisfactoriamente con su objetivo elemental de entretener pero sin dejar huella alguna. La historia es lineal y sosa y el esfuerzo por evitar que sus protagonistas se opaquen entre sí termina dando por resultado un grupo que sobresale por su falta de cohesión. En medio de esta congregación un  tanto forzada de super estrellas sobresalen sin lugar a dudas Iron Man y Hulk pero no por que encarnen realmente al héroe que batalla por una gran causa sino porque tienen la inteligencia, esencialmente humana, de burlarse de sí mismos y de todos aquellos que los rodean.

Los vengadores es una película para gozársela sin circunloquios analíticos o intelectuales. Es eso lo que explica su enorme aceptación entre un público que siempre está dispuesto a rendirse, extasiado,  ante unos seres extraordinarios que no se cansan de luchar contra un enemigo cada vez más sofisticado y creativo. 

Personalmente creo que la verdadera renovación de nuestros queridos super héroes no está en la cantidad de rayos letales que se disparen en batallas cuasi cósmicas ni, tampoco, en la banalización, tiznada de humor,  de sus misiones.  Creo que su nueva versión debe apuntar hacia enemigos más discretos y anónimos pero no por eso menos agresivos y contundentes como pueden serlo, sin duda, aquellos que llevamos dentro. Mi muy querido Batman es un perfecto ejemplo.                    

domingo, 22 de abril de 2012

JUEGO DE ESCENA



TÍTULO ORIGINALJogo de cena
AÑO2007
DURACIÓN100 min
PAÍS
DIRECTOREduardo Coutinho
GUIÓNEduardo Coutinho
MÚSICA
FOTOGRAFÍAJacques Cheuiche
REPARTODocumentaryMarília PêraAndrea BeltrãoFernanda TorresAleta Gomes Vieira,
Claudiléa Cerqueira de LemosDébora AlmeidaGisele Alves MouraJeckie Brown,
Lana Guelero,Maria de Fátima BarbosaMarina D'EliaMary Sheila,
Sarita Houli Brumer
PRODUCTORAMatizar / VideoFilmes
GÉNERODocumental | Cine experimental

Clasificación: Vale la pena

Apenas ahora, cinco años después de su estreno, llega fugazmente a nuestra cartelera Juego de Escena. Es con ocasión de la Feria del Libro Bogotá 2012 y por ser Brasil el país anfitrión, que se proyecta esta película del director brasilero Eduardo Coutinho. 

Juego de Escena es un juego inteligente. Juego no en el sentido de la mera lúdica sino juego en la acepción de un conjunto de elementos estratégicamente dispuestos para conseguir un resultado. Una  compañía de producción publica un aviso en un diario local convocando a mujeres mayores de 18 años para que relaten sus vidas, material a partir del cual se proyecta realizar un documental.  83 mujeres atienden el llamado y de ellas, en junio de 2006,  23 son filmadas en el teatro Glauce Rocha de Río de Janeiro. Apenas unos meses después, en septiembre de 2006, un grupo de actrices encarna a estas mujeres reales. Al hacerlo, las actrices - ellas también mujeres reales – le revelan al entrevistador el torrente de emociones que les supuso no ser ellas mismas, las reales que son, sino esas otras mujeres tachonadas por historias reales a las que se había entrevistado y que ellas, apenas, representaban. Todo esto tiene por escenario la silla de la entrevistada y, a sus espaldas, el teatro vacío. Coutinho además de dirigirla fue el guionista de esta sorprendente e inclasificable película que a punto de entrevistas logra un entramado donde la verdad se traslapa con la interpretación y en la que uno nunca sabe bien si lo que ve y oye es un testimonio desgarrador, una actuación contundente o la inevitable mezcla de ambos.

En Juego de Escena es apenas normal que el espectador experimente una sensación extraña a lo largo de toda la proyección. Es más, creo que el uno de los grandes méritos de Juego de Escena  es lograr esa extrañeza sensitiva en el espectador. A la segunda o tercera entrevista - todas ellas entrelazadas y entrecortadas -  se espera que la película empiece, que la trama se desate y que arranque a verse, verdaderamente actuada, la historia fragmentaria y repetitivamente narrada por las entrevistadas. Y eso no sucede. Lo que sucede es que las entrevistas se  anudan para terminar conformando una extraña hilera de testimonios e interpretaciones. El juego de Coutinho no es el de la historia que se plantea, desarrolla y remata, sino aquel otro de intersecar los distintos planos de lo real y lo actuado a través de un puñado de mujeres que escarban en un pasado, propio o ajeno,  para verbalizar ante la cámara un sentimiento inevitablemente tamizado por su estado de ánimo y, también, inevitablemente deformado por la presencia de una cámara que impone siempre, en un mayor o menor grado, una dosis de fingimiento.

Además de una inteligente e inusual propuesta cinematográfica, Juego de Escena es también una respetuosa incursión por un universo femenino poblado de anhelos y desesperanzas en el que al dolor más agudo lo sucede, sin explicación alguna, la  incondicional entrega.   Todas las entrevistadas, relatando o actuando, son antes que nada mujeres reales que expresan sus sentimientos con esa versatilidad multiforme  del alma femenina. Es magistral la forma como Coutinho apenas se insinúa en las escenas. No pregunta. Se limita, en su rol de entrevistador,  a unas discretas anotaciones que sirven  para que la entrevistada deje aflorar sus talentos y, especialmente, sus sentimientos.

En una de las entrevistas la mujer  se refiere al llanto. Dice que la diferencia entre el llanto actoral y el real es que en el primero la actriz se esfuerza por demostrar que llora a tal punto que la mejor interpretación es aquella en la que la lágrima,  redonda y evidente, termina deslizándose por la mejilla. En el llanto real, en cambio, la mujer que llora quiere, por sobre todo, esconder su llanto y por eso contrae sus facciones en ese inútil esfuerzo por evitar que la lágrima se fugue de sus ojos.  Juego de escena es una continua alternancia entre uno y otro llanto; es, más allá de la transgresión de los métodos tradicionales de narración, un contrapunteo entre lo real y lo actuado sirviéndose de un ramillete - que no de un puñado  y de paso me corrijo -  de mujeres que rebosan, cada una a su manera, vitalidad, rebeldía, hermosura y maternidad. A la final poco importa cuales de ellas actuaban y cuales no. Todas lo hacen pero no por ello fingen; por el contrario, al hacerlo representando a otras o a sí mismas representándose,  vuelven a poner de presente, en medio de todas sus convulsiones y vicisitudes, que este planeta existe porque ellas tienen el don de engendrar la vida.

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martes, 10 de abril de 2012

LOS JUEGOS DEL HAMBRE



TÍTULO ORIGINALThe Hunger Games
AÑO2012
DURACIÓN142 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORGary Ross
GUIÓNNovela: Suzanne Collins
MÚSICAJames Newton Howard, T-Bone Burnett
FOTOGRAFÍATom Stern
REPARTOJennifer LawrenceElizabeth BanksStanley TucciJosh HutchersonLiam Hemsworth,
 Woody HarrelsonDonald SutherlandToby JonesLenny Kravitz,
Wes BentleyPaula Malcomson,Isabelle Fuhrman
PRODUCTORALionsgate
WEB OFICIALhttp://www.thehungergamesmovie.com
GÉNEROCiencia ficción | Thriller futurista


Calificación: Vale la pena


Suelo decir que mis favoritas son las películas urbanas y contemporáneas. Con este inocultable esnobismo  lo que aspiro a decir es que las películas que prefiero son aquellas cuya trama transcurre, hoy, en una ciudad cualquiera; con esto lo que aspiro a decir  es que mi preferencia cinematográfica no está con los relatos de época, ni con las historias rurales ni, especialmente, con la ciencia ficción. Está, en cambio, con esas historias anónimas, simples o desgarradoras, que le suceden a un hombre – o a una mujer -  común y corriente, uno de esos o de esas que espera a nuestro lado el cambio del  semáforo  o que nos da la espalda en la sala de espera de un aeropuerto.

Si el contemporáneo y urbano fuera efectivamente mi gusto cinematográfico nada más distante para satisfacerlo que Juegos del hambre.  La última película de Gary Ross se sitúa en Panem, la confederación de doce distritos que reemplazaría, en algún futuro, lo que hoy son los Estados Unidos. Bajo el comando de un poder centralizado cada distrito debe elegir dos representantes, hombre y mujer, que se enfrenten, no sólo con sus rivales de los otros distritos, sino también con su compañero de distrito de forma tal que después de la confrontación sólo quede un vencedor. 


Juego del hambre relata esta batalla y su mérito está en que pudendo haberse quedado en un fútil entretenimiento de balas y bellos, optó por una línea mucho más interesante sin descuidar el elemento clave de la emoción sostenida. Para decirlo de otro modo: la película mantiene su vibrato de acción y suspenso pero lo hace sirviéndose de varios factores que impiden que se la sume al paquete comercialoide de las películas para adolescentes .

Los juegos del hambre son, entre otras varias cosas, una mofa inteligente y mordaz de esos realities que en un desafortunado momento invadieron nuestras pantallas. La batalla entre los elegidos es transmitida a los distritos donde sus habitantes siguen, tan angustiados como alienados, los pormenores del enfrentamiento. Como lo pretende todo reality algunos de los elegidos se vuelven dioses que, para serlo, necesitan  el antagonismo de unos demonios. Es la forma milenaria de asegurar un culto masivo basado siempre en la confrontación entre un mal y un bien. Y, también como en todo reality, hay un conductor que se sustrae de la aventura que viven los elegidos y, a la vez, de la tonta inmersión del público en lo que se le vende -  a muy bajo precio - como una realidad. El objetivo perverso es lograr una inversión de las realidades en la que el artificio que se proyecta en las pantallas parezca lo real y, en cambio, la realidad se reduzca a una butaca para verlo. En Los juegos del hambre el conductor nos recuerda al guasón de Batman una suerte de clown provisto de ese empalagoso encanto que serpentea entre la carcajada, la mirada incisiva y una actitud corporal moldeada para atraer, al punto de la manipulación, la atención del público.  

El mérito de Los juegos del hambre es servirse del concepto del reality para desnudar sus flaquezas pero, simultáneamente, aprovechar un lenguaje que a todos nos resulta próximo y que, gústenos o no, tiene la magia de entremezclar en la baraja las cartas de nuestra realidad con aquellas otras de una realidad impostada hecha a la medida de nuestros deseos y fantasmas.

La película echa mano de una curiosa combinación de elementos que, lejos de disonar, logra un claro impacto de singularidad y diferenciación. A las atractivas figuras de los jóvenes guerreros, se las contrasta con los estrambóticos personajes que parecieran sacados de un carnaval veneciano. Para la muestra la foto que encabeza esta nota.  Aparte del logro estético de estos últimos personajes, su profunda diferencia con los rostros, anónimos y grises, de los espectadores, es brutal. 


La congregación de todos estos personajes rompe el molde tradicional de la aventura juvenil y le da a la película una marca propia que abre las puertas a otros públicos usualmente reacios a los crepúsculos quinceañeros. Otro tanto sucede con el contrapunteo escénico entre el lugar selvático donde discurre el enfrentamiento  y las salas computadorizadas desde las que se sigue y manipula la aventura. En tanto que el primero jalona el relato, las segundas le sustraen dramatismo a los hechos y le inyectan el ingrediente desestabilizador de la frontera entre la verdad y la mentira. Mayor es este contraste escénico cuando en el auditorio atiborrado los protagonistas de la historia son entrevistados con todo el glamour que exige la televisión. Algo similar pasa con las armas empleadas en el combate. Pudiendo haber sido sofisticados artefactos con rayos de algún tipo, la protagonista emplea el emblemático arco con sus flechas.   

Al final el espectador queda con la equívoca sensación de que la batalla, habiéndose dado, tuvo tantos ingredientes de manipulación mediática que muchas de las cosas  que vio obedecieron a la predestinación  de un guión efectista y vendedor.  Pero también queda en el espectador esa tenue percepción de que en el hombre   siempre quedará un reducto que se resistirá al dominio abyecto, a la deshumanización trajeada de entretención.

Ya en Winter´s bone (2010) Jennifer Lawrence nos había demostrado su estirpe actoral. Acá la confirma con un papel más que convincente en el que la belleza emerge de la actitud y no a la inversa como tantas veces sucede en la frágil pasarela por la que desfilan muchas bellas del cine.

Tengo entonces que corregirme: mis favoritas no son las películas  contemporáneas y urbanas. Mis favoritas  son aquellas películas que, sin importar ni el tiempo ni el espacio escogido,  logran contar con convicción e innovación las historias ya conocidas.