FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

jueves, 24 de mayo de 2012

EL NIÑO DE LA BICICLETA



TÍTULO ORIGINALLe gamin au vélo (The Kid With The Bike)
AÑO2011
DURACIÓN 87 min.
PAÍS
DIRECTORJean-Pierre DardenneLuc Dardenne
GUIÓNJean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍAAlain Marcoen
REPARTOCécile De FranceThomas DoretJérémie RenierFabrizio Rongione,
Egon Di MateoOlivier Gourmet
PRODUCTORACoproducción Bélgica-Francia-Italia
PREMIOS2011: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado (Ex-aequo)
2011: Premios Cesar: Nominada a Mejor película extranjera
2011: Premios del Cine Europeo: Mejor guión. 4 nominaciones
2011: Globos de Oro: Nominada a mejor película de habla no inglesa
2011: Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor película extranjera
2011: Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa
2011: Festival de Valladolid - Seminci: Sección oficial largometrajes a concurso
GÉNERODrama | AdopciónFamiliaInfancia


Calificación : Muy recomendada

La última película de los hermanos Dardenne (La promesa 1996, Rosetta 1999, El hijo 2002, El niño 2005 y El silencio de Lorna 2008) es una narración escueta que se atiene al decurso lineal de lo que le pasa a un chico desamparado y conflictivo que se desplaza, como cualquier otro de su edad, en una bicicleta.  Si la película hubiese tenido intenciones moralistas se la habría titulado de otra forma.  Se la habría llamado, por ejemplo, Huir en bicicleta o Todavía una esperanza . Pero no. Se llama El niño de la bicicleta  porque trata, sin más, de un muchacho y su bicicleta; porque el niño y su bicicleta son el eje de un relato totalmente medido en el que los hechos escuetos son el único vehículo de expresión .  Los Dardenne reiteran así un estilo que ya los caracteriza y que por parco pudiera parecer hosco y amargo pero que cuando se concreta en una película como el Niño de la bicicleta constituye un enorme acierto cinematográfico.

Como en muchas de las anteriores películas de los hermanos belgas, la historia se centra en las convulsiones y zozobras de una persona menor. Los Dardenne tienen una clara inclinación por el mundo inestable, tierno, solitario, agresivo y contestatario de niños y adolescentes. Un mundo que los hermanos abordan sin ningún tipo de preciosismo y despojados por completo de cualquier intención aleccionadora. La cámara sólo aspira a captar el suceso evidente. Lo que este pueda provocar en el espectador pertenece más al ámbito de la elaboración individual de quien ve la película que a un tramado artificioso tejido con imágenes seductoras o parlamentos sugestivos.

En el Niño de la bicicleta Cyril  es un preadolescente que recorre con su bicicleta las calles de una ciudad que no le ofrece más que un par destinos repetidos y huecos. Pero es en los desplazamientos entre punto y punto que Cyril parece encontrar, endeble y fugaz, un lugar propio. Cuando a los once años se pedalea no hay otra expectativa, elemental y básica, que de la desplazarse de un punto a otro. A veces para quien monta  la bicicleta el pedaleo puede ser un desahogo, pero cuando lo es carece de discursos existenciales y solo es una forma de reafirmar una presencia frágil estrellándola contra el viento que se lleva en contra.

Cyril está obstinado en recuperar la compañía de su padre mientras que este, acobardado por la responsabilidad paterna, rehúsa tenerlo a su lado. Es en uno de esos infructuosos acercamientos a su papá que Cyril termina conociendo a Samantha (Cécile de France), una peluquera de barrio que  le brinda su casa como hogar provisional de acogida. La relación entre Cyril y Samantha no es nada cálida. Contra las advertencias de su nueva protectora el chico termina involucrándose con un pandillero de la calle que busca provecho en esa rebeldía y en esa agresividad de Cyril que solo sabe expresarse en la ferocidad de su pedaleo. Sin éxito Samantha intenta disuadirlo de esta mala compañía pero él la confronta con el argumento hostil y desagradecido de no ser su madre.

La historia de los Dardenne no se sale ni por un solo instante de su cauce. La contención permanente es su tono y elude de manera magistral esa ligereza emotiva en la que tan fácilmente puede caerse cuando de por medio hay niños abandonados y mujeres  solitarias que a tumbos andan buscándole sentido a sus precarias existencias.

Lo increíble del Niño de la bicicleta es que pese a su acento tan sobrio y plano logra transmitir un cúmulo de emociones que van desde la auténtica compasión hasta la más pueril de las esperanzas.  Sin apenas darse cuenta Samantha se topa con una maternidad despojada de peluches y fotos enmarcadas. Una maternidad que por silvestre tiene también algo de agreste.  


En su rol de Cyril Thomas Doret logra una interpretación brillante. Quien alguna vez haya pedaleado sin los afanes de la salud o de la estética y sin siquiera el solaz de la entretención, entenderá lo que es, a los once o doce años, sentarse sobre esa irrepetible bicicleta que es, de una inexplicable forma, nuestra única conexión con el mundo y, también, nuestra forma de desconectarnos de él. Viendo a Cyril con su pedaleo irregular y su rostro de enojo contra el viento es imposible no evocar, sin sensiblerías, los pedaleos de entonces.

El ensamble entre Cyril y Samantha es, por trunco y traumático, casi perfecto. El acierto de los Dardenne es la renuncia a lo que supere el plano inmediato de lo básico. No es, sin embargo,  un realismo opaco o amargado; es, por el contrario, la conjunción bien lograda entre una cámara adusta y un guión muy bien medido.

Viene bien encontrarse  con una película como el Niño de la bicicleta porque nos recuerda que hay otra manera, menos vistosa pero mucho más auténtica y franca, de captar las penurias y también las fortunas del ser humano. Un ejemplo contundente de esta austeridad es la musicalización de la película. Sólo hay un brevísimo pasaje musicalizado: Cyril, rechazado por su padre, emprende su pedaleo desaforado. Solo en esa corta fuga hay música de fondo.  La vida no sucede musicalizada y si el cine se permite esa licencia debe hacerlo siempre en un acto de simultáneo respeto por la música y por la vida misma.

El gran mérito del Niño de la bicicleta está en lograr una impecable transmisión de sentimientos sin naufragar en el torrente que estos suelen provocar.  

  

domingo, 6 de mayo de 2012

LOS VENGADORES



TÍTULO ORIGINALThe Avengers
AÑO2012
DURACIÓN135 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORJoss Whedon
GUIÓNJoss Whedon (Historia: Joss Whedon, Zak Penn)
MÚSICAAlan Silvestri
FOTOGRAFÍASeamus McGarvey
REPARTORobert Downey Jr.Chris EvansMark RuffaloChris HemsworthScarlett Johansson,
Jeremy RennerTom HiddlestonSamuel L. JacksonCobie SmuldersClark Gregg,
Gwyneth Paltrow,Stellan SkarsgårdStan LeeHarry Dean Stanton
PRODUCTORAMarvel Studios / Paramount Pictures
WEB OFICIALhttp://marvel.com/avengers_movie/
GÉNEROFantásticoAcciónCiencia ficciónAventuras | SuperhéroesCómicMarvel Comics.
3-D

Calificación : Vale la pena

Crecí con los cómics de los sesenta y de los setenta y eso, de entrada, marca una gran diferencia.  Recuerdo la avidez con la que de niño me dedicaba a leer  las aventuras ilustradas de Batman y Robin. Recuerdo, también recuerdo, esa enorme frustración que sentí cuando la capa que mis papás me regalaron (obsequio por comprar un par de tenis marca Croydon) no se extendía como una carpa henchida cuando yo corría como si lo hacía, espectacular y negrísima, la del hombre murciélago.

Los cómics con los que crecí eran, vistos con la distorsión que imprime el paso del tiempo, elementales y simples. El héroe se enfrentaba al villano y cuando la derrota era inminente, un inesperado halo de fuerza invertía el orden de los sucesos y el bien, oculto siempre tras una máscara enigmática, terminaba derrotando a un mal que, aún maltrecho y herido, dejaba anunciado su regreso.

Mis héroes, los de entonces, eran seres esencialmente solitarios, serios y circunspectos. El escaso humor de esas aventuras corría por cuenta de uno que otro malhechor, inteligente y sarcástico, que siempre se burlaba del rol salvador y por ende algo patético de sus alados contrincantes.  Con esas imágenes – y con los sentimientos a ellas ligados -  me quedé por muchos años hasta que vino el reencauche o , mejor, la repotencialización de los héroes de entonces. Así tenía que ser y por supuesto está bien que así haya sido. Batman no podía seguir siendo el héroe rollizo de entonces al que siempre lo salvaba, a última hora, un milagroso bati artefacto. Tenía que sucederlo un Batman apuesto y atlético que entremezclara el charme del millonario Bruno Díaz con ese mundo oscuro en el que, siendo apenas un niño, Batman selló su penumbroso compromiso de luchar contra el mal.

Pese a la avasalladora tecnología y a las huestes de geeks que esta ha congregado, yo sigo prefiriendo, remodelados como lo exige el paso del tiempo y sobre todo como lo piden las nuevas generaciones, el old fashioned de mis héroes de infancia. Me gusta su insobornable soledad, su adusta seriedad, su incapacidad de amar y esa inconfesable inconformidad con el rol de super stars que les tocó afrontar.  Debió ser entonces este anclaje afectivo el que me impidió sumergirme  del todo en Los Vengadores, la muy elogiada película de Marvel Studios, con guión y dirección de Joss Whedon . Los Vengadores es un derroche de entretención bien lograda que reúne a un disímil grupo de super héroes  encargados de librar a la ciudad, cual otra sino Nueva York,  de la amenaza de un temible enemigo.  Durante más de dos horas el espectador se sentirá abrumado por el desparrame de tecnología y de seguro pasará, como dicen los españoles,  un palomitero  buen rato.

Pero más allá de sus atributos de una buena entretención, Los Aventureros deja - o al menos a mí me dejó – una sensación de atiborre donde tanta espectacularidad deja el sinsabor del vacío; un despliegue cuasi ilimitado donde lo más termina siendo menos. Pareciera una necedad descalificar esta película por la pobreza de su historia pero es evidente que en Los Vengadores todo el peso narrativo se dejó en los hombros de sus personajes que más que afrontar su cometido guerrero lo que hacen es disfrutar la encomienda que se les hizo. Todos ellos lucen mejor solos que acompañados porque están hechos, lo repito, para la lucha solitaria. Cuando a mis grandes héroes de la infancia los juntaron  bajo el dudoso rótulo de los Superamigos fue evidente como la unión lejos de realzar sus virtudes  terminó diluyendo su carisma.

Los fanáticos dirán - y razón quizás no les faltará -  que estamos ante una epopeya básica escrita sin grandilocuencias pero sí con la precisión emotiva de la fantasía; que esta reunión marveliana de grandes superhéroes es un crossover frenético y que el no la haya disfrutado es porque sus tornillos, de tan bien apretados que están, lo han privado de gozarse este fascinante desvarío.  Puede que así sea pero tengo que decir, a contracorriente de casi todo lo que he leído sobre Los Vengadores, que me pareció, más que una buena película, un video juego bien amplificado que cumple satisfactoriamente con su objetivo elemental de entretener pero sin dejar huella alguna. La historia es lineal y sosa y el esfuerzo por evitar que sus protagonistas se opaquen entre sí termina dando por resultado un grupo que sobresale por su falta de cohesión. En medio de esta congregación un  tanto forzada de super estrellas sobresalen sin lugar a dudas Iron Man y Hulk pero no por que encarnen realmente al héroe que batalla por una gran causa sino porque tienen la inteligencia, esencialmente humana, de burlarse de sí mismos y de todos aquellos que los rodean.

Los vengadores es una película para gozársela sin circunloquios analíticos o intelectuales. Es eso lo que explica su enorme aceptación entre un público que siempre está dispuesto a rendirse, extasiado,  ante unos seres extraordinarios que no se cansan de luchar contra un enemigo cada vez más sofisticado y creativo. 

Personalmente creo que la verdadera renovación de nuestros queridos super héroes no está en la cantidad de rayos letales que se disparen en batallas cuasi cósmicas ni, tampoco, en la banalización, tiznada de humor,  de sus misiones.  Creo que su nueva versión debe apuntar hacia enemigos más discretos y anónimos pero no por eso menos agresivos y contundentes como pueden serlo, sin duda, aquellos que llevamos dentro. Mi muy querido Batman es un perfecto ejemplo.                    

domingo, 22 de abril de 2012

JUEGO DE ESCENA



TÍTULO ORIGINALJogo de cena
AÑO2007
DURACIÓN100 min
PAÍS
DIRECTOREduardo Coutinho
GUIÓNEduardo Coutinho
MÚSICA
FOTOGRAFÍAJacques Cheuiche
REPARTODocumentaryMarília PêraAndrea BeltrãoFernanda TorresAleta Gomes Vieira,
Claudiléa Cerqueira de LemosDébora AlmeidaGisele Alves MouraJeckie Brown,
Lana Guelero,Maria de Fátima BarbosaMarina D'EliaMary Sheila,
Sarita Houli Brumer
PRODUCTORAMatizar / VideoFilmes
GÉNERODocumental | Cine experimental

Clasificación: Vale la pena

Apenas ahora, cinco años después de su estreno, llega fugazmente a nuestra cartelera Juego de Escena. Es con ocasión de la Feria del Libro Bogotá 2012 y por ser Brasil el país anfitrión, que se proyecta esta película del director brasilero Eduardo Coutinho. 

Juego de Escena es un juego inteligente. Juego no en el sentido de la mera lúdica sino juego en la acepción de un conjunto de elementos estratégicamente dispuestos para conseguir un resultado. Una  compañía de producción publica un aviso en un diario local convocando a mujeres mayores de 18 años para que relaten sus vidas, material a partir del cual se proyecta realizar un documental.  83 mujeres atienden el llamado y de ellas, en junio de 2006,  23 son filmadas en el teatro Glauce Rocha de Río de Janeiro. Apenas unos meses después, en septiembre de 2006, un grupo de actrices encarna a estas mujeres reales. Al hacerlo, las actrices - ellas también mujeres reales – le revelan al entrevistador el torrente de emociones que les supuso no ser ellas mismas, las reales que son, sino esas otras mujeres tachonadas por historias reales a las que se había entrevistado y que ellas, apenas, representaban. Todo esto tiene por escenario la silla de la entrevistada y, a sus espaldas, el teatro vacío. Coutinho además de dirigirla fue el guionista de esta sorprendente e inclasificable película que a punto de entrevistas logra un entramado donde la verdad se traslapa con la interpretación y en la que uno nunca sabe bien si lo que ve y oye es un testimonio desgarrador, una actuación contundente o la inevitable mezcla de ambos.

En Juego de Escena es apenas normal que el espectador experimente una sensación extraña a lo largo de toda la proyección. Es más, creo que el uno de los grandes méritos de Juego de Escena  es lograr esa extrañeza sensitiva en el espectador. A la segunda o tercera entrevista - todas ellas entrelazadas y entrecortadas -  se espera que la película empiece, que la trama se desate y que arranque a verse, verdaderamente actuada, la historia fragmentaria y repetitivamente narrada por las entrevistadas. Y eso no sucede. Lo que sucede es que las entrevistas se  anudan para terminar conformando una extraña hilera de testimonios e interpretaciones. El juego de Coutinho no es el de la historia que se plantea, desarrolla y remata, sino aquel otro de intersecar los distintos planos de lo real y lo actuado a través de un puñado de mujeres que escarban en un pasado, propio o ajeno,  para verbalizar ante la cámara un sentimiento inevitablemente tamizado por su estado de ánimo y, también, inevitablemente deformado por la presencia de una cámara que impone siempre, en un mayor o menor grado, una dosis de fingimiento.

Además de una inteligente e inusual propuesta cinematográfica, Juego de Escena es también una respetuosa incursión por un universo femenino poblado de anhelos y desesperanzas en el que al dolor más agudo lo sucede, sin explicación alguna, la  incondicional entrega.   Todas las entrevistadas, relatando o actuando, son antes que nada mujeres reales que expresan sus sentimientos con esa versatilidad multiforme  del alma femenina. Es magistral la forma como Coutinho apenas se insinúa en las escenas. No pregunta. Se limita, en su rol de entrevistador,  a unas discretas anotaciones que sirven  para que la entrevistada deje aflorar sus talentos y, especialmente, sus sentimientos.

En una de las entrevistas la mujer  se refiere al llanto. Dice que la diferencia entre el llanto actoral y el real es que en el primero la actriz se esfuerza por demostrar que llora a tal punto que la mejor interpretación es aquella en la que la lágrima,  redonda y evidente, termina deslizándose por la mejilla. En el llanto real, en cambio, la mujer que llora quiere, por sobre todo, esconder su llanto y por eso contrae sus facciones en ese inútil esfuerzo por evitar que la lágrima se fugue de sus ojos.  Juego de escena es una continua alternancia entre uno y otro llanto; es, más allá de la transgresión de los métodos tradicionales de narración, un contrapunteo entre lo real y lo actuado sirviéndose de un ramillete - que no de un puñado  y de paso me corrijo -  de mujeres que rebosan, cada una a su manera, vitalidad, rebeldía, hermosura y maternidad. A la final poco importa cuales de ellas actuaban y cuales no. Todas lo hacen pero no por ello fingen; por el contrario, al hacerlo representando a otras o a sí mismas representándose,  vuelven a poner de presente, en medio de todas sus convulsiones y vicisitudes, que este planeta existe porque ellas tienen el don de engendrar la vida.

.  

martes, 10 de abril de 2012

LOS JUEGOS DEL HAMBRE



TÍTULO ORIGINALThe Hunger Games
AÑO2012
DURACIÓN142 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORGary Ross
GUIÓNNovela: Suzanne Collins
MÚSICAJames Newton Howard, T-Bone Burnett
FOTOGRAFÍATom Stern
REPARTOJennifer LawrenceElizabeth BanksStanley TucciJosh HutchersonLiam Hemsworth,
 Woody HarrelsonDonald SutherlandToby JonesLenny Kravitz,
Wes BentleyPaula Malcomson,Isabelle Fuhrman
PRODUCTORALionsgate
WEB OFICIALhttp://www.thehungergamesmovie.com
GÉNEROCiencia ficción | Thriller futurista


Calificación: Vale la pena


Suelo decir que mis favoritas son las películas urbanas y contemporáneas. Con este inocultable esnobismo  lo que aspiro a decir es que las películas que prefiero son aquellas cuya trama transcurre, hoy, en una ciudad cualquiera; con esto lo que aspiro a decir  es que mi preferencia cinematográfica no está con los relatos de época, ni con las historias rurales ni, especialmente, con la ciencia ficción. Está, en cambio, con esas historias anónimas, simples o desgarradoras, que le suceden a un hombre – o a una mujer -  común y corriente, uno de esos o de esas que espera a nuestro lado el cambio del  semáforo  o que nos da la espalda en la sala de espera de un aeropuerto.

Si el contemporáneo y urbano fuera efectivamente mi gusto cinematográfico nada más distante para satisfacerlo que Juegos del hambre.  La última película de Gary Ross se sitúa en Panem, la confederación de doce distritos que reemplazaría, en algún futuro, lo que hoy son los Estados Unidos. Bajo el comando de un poder centralizado cada distrito debe elegir dos representantes, hombre y mujer, que se enfrenten, no sólo con sus rivales de los otros distritos, sino también con su compañero de distrito de forma tal que después de la confrontación sólo quede un vencedor. 


Juego del hambre relata esta batalla y su mérito está en que pudendo haberse quedado en un fútil entretenimiento de balas y bellos, optó por una línea mucho más interesante sin descuidar el elemento clave de la emoción sostenida. Para decirlo de otro modo: la película mantiene su vibrato de acción y suspenso pero lo hace sirviéndose de varios factores que impiden que se la sume al paquete comercialoide de las películas para adolescentes .

Los juegos del hambre son, entre otras varias cosas, una mofa inteligente y mordaz de esos realities que en un desafortunado momento invadieron nuestras pantallas. La batalla entre los elegidos es transmitida a los distritos donde sus habitantes siguen, tan angustiados como alienados, los pormenores del enfrentamiento. Como lo pretende todo reality algunos de los elegidos se vuelven dioses que, para serlo, necesitan  el antagonismo de unos demonios. Es la forma milenaria de asegurar un culto masivo basado siempre en la confrontación entre un mal y un bien. Y, también como en todo reality, hay un conductor que se sustrae de la aventura que viven los elegidos y, a la vez, de la tonta inmersión del público en lo que se le vende -  a muy bajo precio - como una realidad. El objetivo perverso es lograr una inversión de las realidades en la que el artificio que se proyecta en las pantallas parezca lo real y, en cambio, la realidad se reduzca a una butaca para verlo. En Los juegos del hambre el conductor nos recuerda al guasón de Batman una suerte de clown provisto de ese empalagoso encanto que serpentea entre la carcajada, la mirada incisiva y una actitud corporal moldeada para atraer, al punto de la manipulación, la atención del público.  

El mérito de Los juegos del hambre es servirse del concepto del reality para desnudar sus flaquezas pero, simultáneamente, aprovechar un lenguaje que a todos nos resulta próximo y que, gústenos o no, tiene la magia de entremezclar en la baraja las cartas de nuestra realidad con aquellas otras de una realidad impostada hecha a la medida de nuestros deseos y fantasmas.

La película echa mano de una curiosa combinación de elementos que, lejos de disonar, logra un claro impacto de singularidad y diferenciación. A las atractivas figuras de los jóvenes guerreros, se las contrasta con los estrambóticos personajes que parecieran sacados de un carnaval veneciano. Para la muestra la foto que encabeza esta nota.  Aparte del logro estético de estos últimos personajes, su profunda diferencia con los rostros, anónimos y grises, de los espectadores, es brutal. 


La congregación de todos estos personajes rompe el molde tradicional de la aventura juvenil y le da a la película una marca propia que abre las puertas a otros públicos usualmente reacios a los crepúsculos quinceañeros. Otro tanto sucede con el contrapunteo escénico entre el lugar selvático donde discurre el enfrentamiento  y las salas computadorizadas desde las que se sigue y manipula la aventura. En tanto que el primero jalona el relato, las segundas le sustraen dramatismo a los hechos y le inyectan el ingrediente desestabilizador de la frontera entre la verdad y la mentira. Mayor es este contraste escénico cuando en el auditorio atiborrado los protagonistas de la historia son entrevistados con todo el glamour que exige la televisión. Algo similar pasa con las armas empleadas en el combate. Pudiendo haber sido sofisticados artefactos con rayos de algún tipo, la protagonista emplea el emblemático arco con sus flechas.   

Al final el espectador queda con la equívoca sensación de que la batalla, habiéndose dado, tuvo tantos ingredientes de manipulación mediática que muchas de las cosas  que vio obedecieron a la predestinación  de un guión efectista y vendedor.  Pero también queda en el espectador esa tenue percepción de que en el hombre   siempre quedará un reducto que se resistirá al dominio abyecto, a la deshumanización trajeada de entretención.

Ya en Winter´s bone (2010) Jennifer Lawrence nos había demostrado su estirpe actoral. Acá la confirma con un papel más que convincente en el que la belleza emerge de la actitud y no a la inversa como tantas veces sucede en la frágil pasarela por la que desfilan muchas bellas del cine.

Tengo entonces que corregirme: mis favoritas no son las películas  contemporáneas y urbanas. Mis favoritas  son aquellas películas que, sin importar ni el tiempo ni el espacio escogido,  logran contar con convicción e innovación las historias ya conocidas. 







viernes, 6 de abril de 2012

SHAME




TÍTULO ORIGINALShame
AÑO2011
DURACIÓN99 min
PAÍSReino Unido
DIRECTORSteve McQueen
GUIÓN

Steve McQueen, Abi Morgan
MÚSICAHarry Escott
FOTOGRAFÍASean Bobbitt
REPARTOMichael FassbenderCarey MulliganJames Badge DaleNicole BeharieJake Richard Siciliano,
Hannah WareAlex ManetteChris MiskiewiczJay FerraroAnna Rose HopkinsEric Miller
PRODUCTORAFilm4 / UK Film Council / See-Saw Films
PREMIOS2011: Festival de Venecia: Copa Volpi al Mejor actor (Fassbender), Premio FIPRESCI
2011: Premios BAFTA: Nominada a mejor film británico y actor (Fassbender)
2011: Globos de Oro: Nominada a Mejor actor dramático (Fassbender)
2011: Festival de Sevilla: Mejor director, mejor actor (Michael Fassbender) (ex-aequo)
2011: Satellite Awards: 6 nominaciones, incluyendo mejor película y director
2011: Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor película extranjera
2011: British Independent Film Awards: Mejor actor (Fassbender). 6 nominaciones.
2011: Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor actor (Michael Fassbender)
2011: Critics Choice Awards: Nominada a mejor actor (Fassbender) y actriz sec. (Mulligan)
GÉNERODrama | Erótico


Calificación: Muy recomendada

No es el legendario Steve Mcqueen de Papillon (1973) y de Infierno en la torre (1974).  Es el menos conocido, pero quizás más rotundo y contundente, Steve  Mcqueen director y guionista de Hunger (2008), la película irlandesa que describe la vida en una cárcel de máxima seguridad en el convulso 1981 cuando el IRA promovió una huelga de hambre.  En Shame, su segunda película, Mcqueen explora el insaciable drama de un neoyorquino que vive obsesionado, no con las mujeres, sino con la fugacidad intensa - con la intensidad fugaz -  de los encuentros sexuales. Para Brandon Sullivan (Michael Fassbender ) el día - con su noche, por supuesto - gira y se justifica alrededor de la posibilidad de yacer, no importa cual sea ella,  con una mujer. Yacer en todas sus acepciones: copular con ella,  tenderse con ella y, de alguna manera, también morir con ella.

Shame es explícita y cruda pero nunca vulgar o burda. Si bien sus escenas pueden violentar o agredir lo hacen con tal maestría que después del impacto visual queda el desasosiego propio de ese lenguaje  bien manejado que cala hasta las huesos al punto incluso de sentirlos lastimados.  La destreza cinematográfica de Mcqueen está tan presente en la perfecta escena de la cena neoyorquina como en las rojizas e impactantes imágenes de Brandon en un bar homosexual. Mcqueen no persigue el aplauso benévolo ni tampoco espera los premios del público. Lo suyo es la inmersión sin condescendencias en un hombre atrapado en sus demonios que ve como ellos lo llevan del éxtasis a la demolición. Lograr esto sirviéndose de muy pocas palabras y, en cambio, de muchos rostros y muchas escenas que llegan a ser incluso lacerantes, es el incuestionable acierto de Shame. La cámara de Mcqueen exprime al punto de hacer sangrar pero no con pretensiones de morbosidad. La oscuridad y la irracionalidad de los laberintos humanos son mostrados por Mcqueen con un lente extremo y amargo que elude eficazmente lo exagerado. Hay demasía justificada, no exceso gratuito.

Shame tiene dos escenas memorables. En la primera  Sissy Sullivan (Carey Mulligan), hermana de Brandon, canta New York, New York en un bar. La escuchan su hermano y un amigo. Es un canto lentísimo que paladea cada palabra no con el regocijo turístico que produce la Gran Manzana sino con la vivencia amarga del que sabe como la vida se deshace en cada esquina de esa ciudad, atroz y fascinante.  La  Mulligan lo revela todo diciendo nada. La canción la destroza pero al hacerlo la enaltece. Eso suele pasarle a esos seres sin destino que por un momento se sobreponen a su ruindad y emergen como dioses fugaces de neón (“ I´m the king of the hill, top of the heap…”) . Eso le pasa a Sussy frente al micrófono cuando afuera la ciudad inmensa es el eco perfecto,  amalgama de pavimento y luces, de su interpretación.

La segunda es la comida de Brandon con una compañera de trabajo. Están en un restaurante cualquiera y hablan como lo haría una pareja cualquiera. Es en esta ordinariez donde está la magia de la escena. Mcqueen logra que la cámara parezca ausente, que la escena no transmita ningún mensaje distinto a la aplastante realidad de dos seres, esencialmente desconectados que peso a ello se ansían y entre los cuales se entromete la cotidianidad representada por un mesero indiscreto que insiste en sugerir un pinot noir  para la cena. El realismo no se logra, a mi gusto, ni con la inestable cámara del dogma ni con el uso intensivo del plano subjetivo. Lo logra una cámara que capte con todo respeto un suceso sin falsearlo y sin que el mismo se preste a una grandilocuencia fingida o a la transmisión de un mensaje que se sienta sobrepuesto. Una prueba de ello es esta escena en la que, como en la vida real,  todo se interpone en la comunicación de dos individuos que comen juntos pese a la insalvable distancia que los separa. La foto que encabeza esta nota pertenece a esa magnífica escena.

Fassbender y Mulligan son contundentes en sus actuaciones. Viéndolo en su soberbia actuación se entiende porque el primero está en las dos películas de Mcqueen y estará también en la tercera (12 years a slave)



Shame es una de esas películas que no se repiten. Como logra con maestría su propósito de zarandearnos, basta con verla una vez. Al que sí hay que volver a ver es a Mcqueen un director británico precedido ya por dos películas que tienen un personalísimo sello de autenticidad y honestidad. 

Los dejo con Sissy, estremecedora e inmensa, en su New York, New York






sábado, 31 de marzo de 2012

LA INVENCION DE HUGO

TÍTULOORIGINAL
Hugo (Hugo Cabret)
AÑO
2011
DURACIÓN
127 min.
PAÍS
Estados Unidos

DIRECTOR
GUIÓN
John Logan (Libro: Brian Selznick)
MÚSICA
Howard Shore
FOTOGRAFÍA
Robert Richardson
REPARTO
PRODUCTORA
GK Films / Infinitum Nihil / Warner Bros. Pictures
WEB OFICIAL
PREMIOS
2011: Oscars: 5 premios técnicos. 11 nominaciones, incluyendo mejor película y director
2011: National Board of Review: Mejor película y mejor director
2011: Globos de Oro: Mejor director. 3 nominaciones, incluyendo Mejor película dramática
2011: Premios BAFTA: Mejor diseño de prod. y sonido. 9 nom, incluyendo mejor director
2011: Critics Choice Awards: Mejor dirección artística. 11 nominaciones
2011: Satellite Awards: Mejores efectos visuales. 5 nomin., incluyendo mejor película
2011: Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor diseño de producción
GÉNERO



Calificación: Muy recomendada

Mi gusto por los relojes es heredado. Aunque se decía joyero y platero mi papá era, esencial y entrañablemente, relojero. Me parece estar viéndolo con ese cabezal blanco que sostenía, a modo de unos curiosos anteojos, dos lupas de las que se  servía para observar las minúsculas y fascinantes maquinarias de los relojes de cuerda.  De allí mi atracción por todo tipo de relojes pero sobre todo por aquellos que al abrirlos dejan ver ese diminuto universo de engranajes y discos que terminan moviendo - con endiablada precisión - horarios, minuteros y segunderos.

Mi pasión por los libros está ligada a todo su entorno. Me seducen, aún antes de abrirlos, los libros de lomo ancho y pasta dura. Una sala de lectura con techos altos y lámparas de escritorio esparciendo sus discretos conos de luz, es una tentación a la que nunca quisiera resistirme.

Es una escasa y muy limitada manera de decirlo pero el cine, antes que gustarme mucho, me completa a tal punto que no alcanzo a concebirme hoy – ni tampoco podré hacerlo mañana – sino es a través de esas otras vidas y de esos otros momentos que me han desfilado sobre la pantalla grande.

Pues bien, es de relojes, libros y cine - añádanle a la mezcla estaciones y trenes - que está hecha la pasta con la que Scorsese moldeó La invención de Hugo, una película a cuyo encanto  es imposible rehuir sobre todo si la vida, la vida de quien la ve, ha estado alguna vez ligada, no a un reloj a un libro o a una película determinada, sino  a las maquinarias que ilusamente miden el tiempo, a las historias empapeladas y a esa fantasía que discurre ante nuestros ojos regalándonos la posibilidad de traspasar las fronteras de nuestra cotidianeidad.

Las aventuras de un niño son un material inagotable del que puede extraerse desde la más pueril de las historias hasta el más aterrador de los dramas. Apoyado en el fantástico guión de John Logan, Scorsese logra un imperceptible y a la vez contundente balance entre la diversión puramente infantil y el impacto emotivo para todo tipo de público. Solemos decir, cuando vamos al cine con nuestros hijos, que los acompañamos a hacerlo. En La invención de Hugo si bien puede seguir siendo cierta esta situación, no cabe la menor duda de que a partir de algún momento de la proyección somos nosotros, los padres, los que pasamos a sentirnos acompañados por nuestros hijos.  

Con una producción  cuidadosa que no cae en el artificio elaborado, Hugo escarba en el cajón de los recuerdos y toma de él juguetes tan preciados como la Paris de los años treinta, como el inamovible romanticismo de las estaciones de tren, como el destartalado robot que a lo Pinocho pareciera que ya casi nos habla… Lo encantador de la película es que siendo todo un retro emotivo es, a la vez, una aventura de hoy que – así lo comprobé encuestando a mis hijas – fascina a  niños y adolescentes.

Scorsese, el hombre de cintas tan imprescindibles como Taxi Driver y Toro Salvaje se despoja de su inconfundible y muy neoyorquina  estela de gangster, corrupción y violencia, para armar esta vez un cuento  cuyo imán está, como en todo buen cuento, en lograr que todos quienes lo vemos quisiéramos de una u otra manera protagonizarlo.

La técnica en La invención de Hugo es impecable. Ya nos hemos ido acostumbrando a la intromisión óptica del 3D y prueba de ello es este Hugo que muy pronto nos hace olvidar que llevamos, más livianas que las que a modo de lupa usaba mi papá para ver sus relojes, las famosas gafitas negras. Pero más que el 3D lo que sí resulta cada vez más sorprendente es la textura de las imágenes. Unos se pregunta si se trata de muñecos humanizados o de humanos “muñequizados” y sorprende encontrarnos con actores tan recordados como Ben Kingsley desplazándose sin ningún esfuerzo entre la materialidad corpórea de un personaje real y la fantasía etérea de un muñeco imaginado.

La invención de Hugo está plagada de claves y referencias.  El sueño del descarrilamiento del tren es una evocación del fatal accidente que sucedió en la estación de Montparnasse en el año 1895.  La estación donde transcurre la historia es un puzzle arquitectónico armando con elementos  de distintas estaciones: la gare de Monstparnasse, la gare du Nord, la gare de Lyon y la gare de Austerlitz . Pero sobre todo La invención de Hugo es un cofre mágico del que Scorsese va sacando, como el mago que fue el propio Méliès, pañuelos blanquinegros o coloreados que entrelazados constituyen un vibrante homenaje a la historia misma del cine.  Uno de ellos, La llegada del tren a la estación (L’arrivé d’un train en gare de la Ciotat, Lumière, 1895) muestra la sorpresa de los espectadores de entonces que sintieron que la locomotora se les venía encima, algo parecido a lo que hoy se siente cuando el 3D nos provoca esa sensación de desprendimiento de la pantalla. Un segundo pañuelo, El hombre mosca (Safety last!, Fred C. Newmeyer/Sam Taylor, 1923) recordado por la escena en la que Hugo huye de su perseguidor colgándose de las inmensas manecillas del reloj y, por supuesto, tercer pañuelo, la joya de la corona: el Viaje a luna (Le voyage dans la lune, George Méliès, 1902), esa luna herida por un cohete que se le ha incrustado en el ojo. Todo un sentido homenaje a los inicios del cine que no cae ni la odiosa erudición cinéfila, ni en la remembranza acartonada y repetitiva.  Un tributo bien hecho que emociona por su impecable confección y por el material fílmico del que se sirve.

Aunque respetable es lamentable ver como algunos críticos o simples opinadores de ocasión descalifican una película por apelar a escenas cuyo efecto conmovedor está, de alguna manera, garantizado.  Una escena en la que Méliès, al que se había dado por muerto, asiste a un  homenaje que se le rinde y donde se rueda, treinta años después,  una película suya que se creía desaparecida tiene que ser – y está bien que así sea – una escena vibrante y emotiva. Lo cuestionable en el cine es la emoción desprovista de sustancia y razón, pero aquella otra armada con las fibras auténticas de nuestros anhelos es la esencia misma del cine. Reconózcanlo o no los críticos que se ufanan de su acidez y de su mordacidad, el cine es y será - siempre y por siempre -  un lugar de ensoñación.

Ahora que lo pienso olvidé agradecerle a mis hijas por haberme acompañado, ellas a mí, a ver  La Invención de Hugo.