FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

sábado, 27 de abril de 2013

EFECTOS SECUNDARIOS





Título original  
Side effects 
Año
2013
Duración
109 min.
País
 Estados Unidos
Director
Steven Soderbergh
Guión
Scott Z. Burns
Música
Thomas Newman
Fotografía
Steven Soderbergh
Reparto
Rooney MaraJude LawCatherine Zeta-JonesChanning TatumVinessa Shaw,David CostabileAndrea BogartPolly Draper
Productora
Entertainment One / 1984 Private Defense Contractors / Di Bonaventura Pictures / Endgame Entertainment
Género
ThrillerIntriga | MedicinaDroga



Clasificación : Buen plan 

Sorprender no  siempre  es conquistar; sobresaltar no equivale a acertar. En esta oportunidad Steven Soderbergh, el versátil e irregular director de películas como Ocean´s Eleven (2001), Traffic (2000) y Sexo, mentiras y cintas de video (1989),  intenta construir , con muy buen material de base, un thriller complejo y sofisticado pero al final el resultado no es otro que una historia enrevesada que sacrifica los componentes atractivos de su guión por el sobrevalorado espejismo de un final inesperado.

En Efectos Secundarios Emily (Rooney Mara) es una mujer con trastornos emocionales que acude a un siquiatra, el Dr. Banks (Jude Law), para que la ayude a superar la conmoción del reencuentro con su esposo recién salido  de la cárcel y al que siente y resiente como una presencia indescifrable y amenazante. La ruta terapéutica no es otra que la del paraíso, artificial e infernal, de los fármacos. A partir de este planteamiento los hilos tensos del relato empiezan a entrecruzarse de tal forma que no es su propia tensión, como en los buenos thrillers, la que termina por romperlos, sino que es su equivocado planteamiento el que termina enredándolos.  Hasta la mitad de la película los temas insinuados son, principalmente, la ética médica, la ambición voraz de la industria farmacéutica y la concepción, manipulada desde distintas esferas del poder establecido, de la salud humana.  Temas como estos que  permitían presagiar una historia sustanciosa, se botan de pronto por el primer desagüe que se encuentra y en su lugar la historia opta por la ficha devaluada y plástica de un drama enredado que pretende brillar solo porque su  final es distinto a aquel que todos imaginábamos. Sí, sorprender no siempre es conquistar y sobresaltar no equivale acertar. Steven Soderbergh  anunció un número de elaborada prestidigitación y terminó con el truquillo  barato de la baraja marcada.

La fórmula del buen thriller, como tantas otras, ya está inventada sin que ello quiera decir que los márgenes de sorpresa de este género sean escasos. Aunque pudiera sonar paradójico o contradictorio, en este tipo de películas la capacidad de asombrar o innovar siempre parte del respeto a un modelo establecido al que solo se le supera bien cuando se lo enriquece, no cuando se lo ofende, desconoce o , simplemente, empobrece. El thriller no es más que el arte de tejer una telaraña y lograr que sea la cuasi invisibilidad de sus hilos la que genere una sensación insuperable de emoción y agarre . El buen thriller envuelve sin agredir, dosifica el aire sin ahogar y copa toda nuestra atención dispensándonos de pensar. En el caso de Efectos Secundarios seguramente otro  hubiera sido el resultado de la película si no se pone en juego tanto para sacar de ello tan poco; el cine está lleno de majestuosos ejemplos de cómo hacer cosas grandes a partir de las muy  pequeñas cosas.

Del reparto sobresale Rooney Mara que logra empujar una historia que siempre está bordeando el despeñadero de la confusión; su papel es sólido y convincente al punto de ser ella quien opaca a sus afamados compañeros de reparto. Jude Law lo hace bien, solo bien. La corrección de su actuación pone en evidencia que la historia que no se llegó a contar le habría sacado mucho más brillo a su capacidad actoral. Y de la Zeta-Jones solo decir, sin pedir perdón,  que en mi abecedario actoral la mujercita de Douglas ocupa exactamente el puesto de la letra que la apellida.         

domingo, 10 de marzo de 2013

LA NOCHE MÁS OSCURA - ZERO DARK THIRTY



TÍTULO ORIGINALZero Dark Thirty
AÑO2012
DURACIÓN157 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORKathryn Bigelow
GUIÓNMark Boal
MÚSICAAlexandre Desplat
FOTOGRAFÍAGreig Fraser
REPARTOJessica ChastainJoel EdgertonTaylor KinneyKyle ChandlerJennifer Ehle,
Mark Strong,Chris PrattMark DuplassHarold PerrineauJason Clarke,
Édgar RamírezScott Adkins,Frank GrilloLee Asquith-CoeFredric Lehne,
James GandolfiniReda KatebFares Fares,Stephen Dillane
PRODUCTORAColumbia Pictures / Annapurna Pictures
WEB OFICIALhttp://www.zerodarkthirty-movie.com/
PREMIOS2012: Oscar: Mejor montaje de sonido (ex-aequo). 5 nominaciones.
2012: Globos de Oro: Mejor actriz dramática (Chastain). 4 nominaciones
2012: Critics Choice Awards: Mejor actriz (Chastain) y mejor montaje. 5 nom
2012: Premios BAFTA: 5 nominaciones, incluyendo mejor película y actriz
2012: National Board of Review (NBR): Mejor película, director y actriz
2012: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película, dirección y fotografía
2012: Satellite Awards: Mejor guión original. 5 nominaciones
2012: Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor montaje
2012: American Film Institute: Top 10 - Mejores películas del año
2012: Directors Guild of America (DGA): Nominada a Mejor director
GÉNEROThrillerAcciónDrama | Terrorismo11-SBasado en hechos reales
Clasificación: Vale la pena


Una de las claves esenciales del cine es el manejo de la mentira.  La  cámara necesariamente transfigura lo que mira. Cuando el lente se posa sobre un rostro o sobre un aviso de neón o sobre un rostro que atrás tiene un aviso de neón, la cámara hace de ellos y con ellos otra cosa; sí un rostro, sí un aviso de neón, sí un rostro que atrás tiene un aviso de neón pero  distintos, sutil pero profundamente distintos,  a aquellos en los que se posó y de los que se sirvió para moldear otro rostro, otro aviso de neón, otro rostro que atrás tiene un aviso de neón. Nada de lo que salga en el cine, ni siquiera en el que se pretenda más real o documental, puede ser verdad. El cine es lo que es porque falsea todo cuanto ve, toca y relata.  No importa cuales sean sus modalidades - pictórica, verbal, plástica, musical o visual -  todas nuestras aproximaciones de expresión a  la verdad son apenas eso, aproximaciones o, quizás más bien, variaciones en torno a un objeto que se sospecha verdadero. La humana propensión a nominarlo todo,  a encapsularlo todo en un concepto, a reducirlo todo a un rótulo que aspira a confundirse con lo rotulado, es  la inevitable condena, mágica y trágica a la vez,  a vivir en un mundo de mentiras. El cine es una manera más de aprehender algo revestido de aparente verdad con el fin de expresarlo en un plano adyacente a ese otro que llamamos realidad. Es precisamente la precariedad de nuestras verdades la que propicia que las miremos desde otras ópticas, el cine una de ellas, para completarlas, para que la mentira que la exprese se adhiera a su enclenque verdad y sobrevenga así otro tipo de verdad.

Hay películas, no pocas, que se presentan con el embauco de basarse en hechos reales pero que desde un comienzo dejan ver su irredimible entrega a la mentira; películas que no vacilan en sumergirse desde la primera escena en las confortables y a veces también turbias aguas de la ficción. La entrega a la mentira o la inmersión en la ficción no son, per se, ni negativas ni positivas. La una y la otra no son más que la esencia misma del cine y de su tratamiento depende la fortuna de toda película.

Bajo nobles pero torpes intenciones de apego a la verdad, Zero Dark Thirty pretende la reproducción objetiva y desapasionada de la tortuosa búsqueda de Osama Bin Laden; en su intento la película se sume en una complejidad innecesaria y tediosa. Todos han dicho y diré con ellos que el relato está bien armado y que la estructura de la película es contundente y sólida. Pero son estos mismos calificativos los que le niegan la plasticidad y la levedad - que no la ligereza -  propias de todo buen relato. Las más de dos horas de proyección vencen la más estoica de las atenciones y dejan en el espectador una sensación de documental maquillado  de un maniqueísmo para justificar torturas y venganzas por fuera de todo derecho.

La dirección de Kathryn Bigelow es impecable, pero el problema es que es lo es en demasía. Le faltó lo que le sobró en The Hurt Locker: ese adentrarse en la historia pero no con las pinzas finas del historiador sino con la intromisión del sicólogo o con el descaro del fabulador. En Zero Dark Thirty uno no se siente ni ante la minuciosa reconstrucción de un acontecimiento ni, menos aún, frente a una mirada arriesgada capaz de darle a ese acontecimiento  un nivel distinto de verdad. 

En esta oportunidad la Bigelow sacrificó el  desborde de la sensibilidad por la frialdad del tecnicismo. Se ha dicho de ella que es una de esas directoras que no se arruga frente a temas normalmente tratados por directores hombres. De hecho, Loveless (1982) su primera película acerca de una banda de pandilleros en los cincuentas es para algunos una pieza de culto en la galería del cine violento . Más allá de estas dudosas correlaciones de género, lo que sobresale en el cine de la Bigelow  es ese balance no premeditado entre la barbarie y la atrocidad de las que es capaz el ser humano y su facultad  de asombrarse ante lo elemental y cotidiano.  La feminidad - honda precisa y detallista - puesta al servicio de un relato sin tapujos ni fronteras.  El reto, sin duda alguna enorme, de querer recrear esta persecución obsesiva, llevó a la Bigelow a negarse esas concesiones subjetivas que, para bien o para mal, terminan poniéndole el sello personal a toda expresión creativa. Por apegarse a una supuesta verdad no solo terminó distanciándose de ella sino que desperdició la oportunidad de recrear la suya, tiznada o tamizada como toda verdad, por sus propios anhelos y sus inevitables sesgos. 

Zero Dark Thirty no es una mala película ni es, tampoco, una buena película. Es una aproximación bien elaborada pero fallida a lo que pudo ser, con mucha menos precisión y con mucha más introspección, pasión y  riesgo,  una buena película. 

Nota a deshoras: Buena esta crítica. Desparpajada, fresca y certera






sábado, 2 de marzo de 2013

SILVER LININGS PLAYBOOK - JUEGOS DEL DESTINO




TÍTULO ORIGINALSilver Linings Playbook
AÑO2012
DURACIÓN120 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORDavid O. Russell
GUIÓNDavid O. Russell (Libro: Matthew Quick)
MÚSICADanny Elfman
FOTOGRAFÍAMasanobu Takayanagi
REPARTOBradley CooperJennifer LawrenceRobert De NiroJacki WeaverChris Tucker,
Julia Stiles,Anupam KherJohn OrtizShea WhighamDash MihokPaul Herman,
Brea Bee
PRODUCTORAMirage Enterprises / The Weinstein Company
WEB OFICIALhttp://silverliningsplaybookmovie.com/
PREMIOS2012: Oscar: mejor actriz (Jennifer Lawrence). 8 nominaciones.
2012: Globos de Oro: Mejor actriz comedia/musical (Lawrence). 4 nominaciones
2012: 4 Critics Choice Awards: Mejor comedia, actor, actriz de comedia y reparto.
2012: Premios BAFTA: Mejor guión adaptado. 3 nominaciones
2012: Festival de Toronto: Mejor película (premio del público)
2012: Independent Spirit Awards: Mejor película, director, guion y actriz
2012: Premios Gotham: Nominada a Mejor reparto
2012: Satellite Awards: 5 premios, incluyendo Mejor película y director.
2012: National Board of Review (NBR): Top 10, Mejor actor (Cooper)
2012: Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor actriz (Jennifer Lawrence)
2012: American Film Institute: Top 10 - Mejores películas del año
2012: Hollywood Film Festival: Director, Actor (Cooper, De Niro)
GÉNERORomanceDramaComedia | Comedia románticaComedia dramática
Calificación : Muy recomendada

Silver Linings Playbook, entre nosotros Juegos del Destino, era mi Oscar 2013 para mejor película. Explico mis razones. La última película de David O Rusell (The Fighter 2010) es una comedia inusual porque logra un muy balance entre ese cosquilleo epidérmico del cuento romántico y el estremecimiento del drama sincero. Pat (Bradley Cooper) y Tiffany (Jennifer Lawrence) se conocen en las circunstancias menos propicias para el romance: él acaba de salir de una institución mental y, deshecho su matrimonio, regresa a casa de sus padres; ella, tan  o más deschavetada que él, se pasea por el mundo con el pesado fardo de la marginalidad y la incomprensión. Con el deseo de aplacar su mente galopante, Pat sale a trotar y es en una de sus correrías que se topa con esta mujer, una mujer que a la vez que lo asfixia con la desmesura de su sinceridad, lo desafía para que se abra a la posibilidad de un cambio radical en su vida.


El guión de Rusell, basado en el libro de Matthew de Quick, ni se va por la línea fácil del enamoramiento almibarado, ni tampoco se hunde en la amargura de su negación.  Pat y Tiffany están a igual distancia de la pareja de ojos entornados y manos entrelazadas que de aquella otra, disfuncional y traumática, ensañada en su autodestrucción.  Estando, la pareja de Pat y Tiffany, a leguas de distancia de estos dos arquetipos, toma de ambos algunos elementos para transmitir, en tono de comedia,  la sensación de que toda relación tiene inevitablemente sus marcas de cordura y,  bendito sea dios, su sello indeleble de locura.

Mi Oscar no premia la contundencia de una imprescindible película; agradece más bien una historia muy bien contada a la que nos enganchamos de principio a fin no solo con el inocultable y legítimo  deseo de que esa pareja disfuncional y amorfa llegue a algo, sino también con el reconocimiento de que, más allá de los rótulos médicos,   todos en este mundo estamos un tanto desquiciados. 

Juegos del Destino es un homenaje a la imperfección, a la posibilidad anónima de vivir una vida sin aspavientos de felicidad o sin insulsas ambiciones de superación.  Russell lo transmite sin la chabacanería de la comedia de pacotilla y sin la pesadez del drama angustiado.  Pat y Tiffany no son la pareja ideal, como ideales tampoco son sus familias. Son los seres que son y más  retratar fielmente de algún tipo de relación humana, lo que logra Juegos del Destino es hacer de ellos unos personajes cuya  irrealidad  nos fascina porque nos devuelve, por los instantes infinitos de toda buena película,  a nuestra propia fragilidad y a la posibilidad única que tenemos de vivir con ella cada día.

Un par de líneas sobre la Lawrence. Para algunos, una actriz que rebosa talento y que se lleva el mundo por delante con su fuerza interpretativa. Para otros, una actriz sobre valorada a la que faltan largas horas de escuela actoral.  Para mi, una  piedra que si bien todavía admite pulimento y talla, ya es, de lejos, preciosa. Si mi pronóstico falló en el Oscar para mejor película, acertó en cambio en la Lawrence como merecedora de la estatuilla a mejor actriz.  Tendremos, no les quepa duda, Jennifer para rato.

Leyendo la crítica, especialmente la europea, es común la nota descalificadora por el happy end de Juegos del Destino. Como tantas otras veces, discrepo de quienes creen que el final de Juegos del Destino la demerita. El final feliz de esta película no es una impostura ni es, tampoco, un falsete desatinado. Es una manera de redondear una historia que lejos de pretender remates fantasiosos y perfectos, lo único que quiere es decir que la vida puede alcanzar, rozar tal vez , fugaces momentos de felicidad.

Nota a deshoras: Una buena escena



martes, 26 de febrero de 2013

EL VUELO



TÍTULO ORIGINALFlight
AÑO2012
DURACIÓN138 min
PAÍSEstados Unidos
DIRECTORRobert Zemeckis
GUIÓNJohn Gatins
MÚSICAAlan Silvestri
FOTOGRAFÍADon Burgess
REPARTODenzel WashingtonKelly ReillyDon CheadleBruce Greenwood,
John Goodman James Badge DaleMelissa LeoNadine Velázquez,
Brian GeraghtyDane DavenportTamara Tunie,Garcelle Beauvais,
Alex FrostKwesi BoakyeE. Roger Mitchell
PRODUCTORAImageMovers / Paramount Pictures / Parkes/MacDonald Productions
WEB OFICIALhttp://www.paramount.com/flight/
PREMIOS2012: Oscars: 2 nominaciones: mejor actor (Washington) y guión original
2012: Globos de Oro: Nominado a mejor actor drama (Denzel Washington)
2012: Critics Choice Awards: Nominada a mejor actor (Washington)
2012: Satellite Awards: Mejores efectos visuales. 6 nominaciones
GÉNERODrama | AvionesCatástrofesAlcoholismoDrogas

Calificación : Vale la pena


Hay objetos que tienen una clara e inequívoca relación con un oficio, con una institución o con cualquier otro referente al que conducen por una asociación universalmente divulgada. Las gafas oscuras de forma ovalada y marco dorado son, en este sentido, el símbolo del piloto de avión, el emblema del aviador. Y así como ese elemento está atado al oficio, el oficio también está ligado a un imaginario colectivo que identifica al piloto (siempre una figura masculina) con un hombre de mundo que hoy duerme en Chicago y mañana se levanta en Paris (o en cualquiera otra ciudad cuyo nombre evoque un mundo soñado) . Un hombre rodeado de mujeres bellas que debieran rendirse, tarde que temprano, a sus brazos y, en fin, un hombre sublimado tras un uniforme siempre bien planchado que tiene a su mando un inmenso pájaro metálico y en cuyas manos descansa, por unas buenas horas, la vida de decenas de personas.

En El vuelo, la última película de Robert Zemackis (Forrest Gump 1994, Náufrago 2000, El Expreso Polar 2004) inicialmente se nos propone la demolición de un mito pero al final, en un giro emotivo pero forzado, lo que sucede es exactamente lo contrario: su heroica reivindicación. Whip Whitaker (Denzel Washington) es un piloto que responde al paradigma deformado de su oficio: paso arrogante, gafas oscuras, simpatía fingida, amante azafata o auxiliar de vuelo y ese aire de yo me lo sé todo de cara al pilotaje de su nave. Muy pronto la película zarandea el mito. Whitaker se enfrenta a una emergencia. Los motores no responden y el avión pierde altura. La vida de más de cien pasajeros está en peligro. Whitaker se la juega toda y para contrarrestar la vertiginosa caída invierte el avión y lo pone a volar llantas para arriba. Después de esta intrépida hazaña logra un aparatoso aterrizaje en el que salva la vida de la gran mayoría pero en el que perecen algunos pasajeros y, también, algunos miembros de la tripulación. El mito se resquebraja cuando se sabe que Whitaker estaba bajo los efectos del alcohol y la cocaína cuando realizó tan inusual maniobra. Ya no estamos ante el ídolo de los cielos sino ante un hombre acosado por sus fantasmas; un hombre que es capaz de voltear un inmenso avión en pleno vuelo pero al que lo voltea una botellita de vodka de esas que sirven en esos mismos inmensos aviones.

El vuelo no es un aeropuerto más y quiero con ello decir que en la película de Zemackis lo importante no es, como en toda la zaga de aeropuertos (Aeropuerto 75, Aeropuerto 77 y Aeropuerto 79),  la emergencia aérea y la forma como se la enfrenta, sino el drama humano que tiene que encarar el piloto después de ella. Ya sin su uniforme, ya sin sus gafas oscuras, Whitaker se enfrenta a sus demonios y ve como sus  miedos ocultos  superan sus fingidas seguridades. Es en medio de ese derrumbe que conoce a Nicole (Kelly Reilly) otra adicta que comparte su hecatombe pero que le hace ver la importancia de admitir la enfermedad y la necesidad de fundirse en ella para poder superarla. Nicole nos recuerda por un momento a Sera (Elisabeth Shue) la compañera de Ben (Nicolas Cage) en la estremecedora Living las Vegas.

Lo fácil en el cine efectista es la veneración del ídolo, la consagración de la víctima, la reivindicación del débil, la sublimación de la causa. El vuelo arranca de otra forma y le apuesta a la contra cara del héroe mostrándonoslo en la postración de su vicio, en la penuria de su soledad. Esta visión nos acerca al hombre y nos aleja del mito con una aproximación que nos hace temer por un desenlace frío y demoledor. Pero no.  Zemeckis es Zemeckis, Washington es Washington y el cine americano es, por antonomasia, moralizante y esperanzador. En el borde de la línea cuando sobre todo se cierne un desenlace propiciado por la mentira, la hipocresía institucional y la debilidad humana, la película da un giro repentino y ese hombre, hasta ese momento empapado en culpa y alcohol, emerge del hoyo y se viste de héroe ya no para comandar un avión en caída sino para asumir sus faltas y declararse , ante un mundo que estaba dispuesto a encubrirlo y perdonarlo, culpable.

El guión de John Gatins se fue por la línea fácil y prefirió un final edificante y confortable en el que triunfan el sacrificio y la verdad a  aquel otro, sombrío y amargo, en el que la partida se la llevan la intriga, la ambición y la mentira. La pregunta es si El vuelo se demerita en ese último kilómetro de travesía por haber optado por un final moralista en vez de uno amoral, cuando no derrotista. Más que finales felices o desolados lo que toda película necesita es un final que se amolde a su estructura y sepa redondearla. En otras palabras, un final apropiado. En El vuelo queda el sinsabor de un desenlace sobrepuesto porque la película venía apostándole a la fragilidad humana y es en el momento culminante de la cinta donde esa sinceridad de derrumba para cederle el paso al hombre que se levanta de sus cenizas,  que encara su condena y que, en fin, termina pareciéndose de alguna manera a aquel otro de caminar arrogante y gafas oscuras de aviador. Ha de ser nuestra mediocridad la que explica esa insaciable sed de héroes que mantenemos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

LAS NIEVES DEL KILIMANJARO


TÍTULO ORIGINALLes neiges du Kilimandjaro (The Snows of Kilimanjaro)
AÑO2011
DURACIÓN109 min
PAÍSFrancia
DIRECTORRobert Guédiguian
GUIÓNRobert Guédiguian (Poema: Victor Hugo)
MÚSICAPascal Mayer
FOTOGRAFÍAPierre Milon
REPARTOAriane AscarideJean-Pierre DarroussinGérard Meylan
PRODUCTORAAgat Films & Cie / Ex Nihilo / France 3 Cinéma
PREMIOS2011: Premios Cesar: Nominada a Mejor actriz (Ariane Ascaride)
2011: Festival de Cannes: Sección oficial a concurso
2011: Festival de Valladolid - Seminci: Espiga de Plata, Premio del Público
GÉNERODrama | Drama social
Calificación : Muy recomendada

Las nieves del Kilimanjaro llegó a nuestra cartelera comercial a finales del año pasado descolgada de la programación  de la más reciente versión del  festival de cine francés. Creo no equivocarme si afirmo que Las nieves del Kilimanjaro (2011) es la primera película que vemos en la cartelera colombiana del director francés Robert Guédiguian. En su filmografía figuran películas como Marie-Jo y sus dos amores (2001) La ciudad está tranquila (2000) y El dinero da la felicidad (1992). Si  otras películas de Guédiguian se han proyectado en las salas bogotanas o, en general, en las colombianas,  ha de haber sido por su programación en otros festivales o por su exhibición en algún círculo cerrado.  Lo cierto, lo triste y cierto, es que estamos ante un director desconocido cuyo trabajo - por lo que puede verse en Las nieves del Kilimanjaro - está cargado de sensibilidad, emotividad y talento.


Antes de arriesgar unas líneas sobre Las nieves del Kilimanjaro, tengo que decir que a Bogotá y en general a Colombia, le sigue faltando una oferta cinematográfica que rompa el esquema tradicional de una cartelera comercial, apenas diversificada por los meritorios pero a la vez muy contados festivales que se realizan durante el año en distintas localidades del país.  Sería fantástico toparse en la cartelera con un par de salas que proyectaran, que sé yo, las películas de Billy Wilder o las del maestro Ozu o las de Buñuel o, cuando menos, que proyectaran un par de veces al año El Padrino, La Pandilla salvaje o, porque no, Desayuno con diamantes. En muchas otras ciudades del mundo hay teatros que se especializan en este tipo de programaciones. Seguramente no serán las más rentables pero estoy seguro que debe haber algún sistema de subsidios o patrocinios que permita esta opción.  Desde hace años veo con gran satisfacción que nuestras salas de cine, las especializadas en una programación no estrictamente comercial,  tienen muy buenas asistencias. Hablando tan solo de Bogotá, estoy seguro que muchos de los que hoy van o vamos a los teatros de la Avenida Chile o a los de Cinemanía o al Cinema Paraíso en Usaquén irían o iríamos felices un sábado en la noche  a ver El hombre que mató a Liberty Valance de Jhon Ford o, más acá en el tiempo, Alguien voló sobe el nido del Cuco de Milos Forman o Terciopelo azul de David Lynch. Anochecerá y, literalmente, veremos.

Vuelvo a  Las nieves del Kilimanjaro para decir que es una de esas películas que se pasean, sin manosearlo, por el sentimiento humano. Michel (Jean Pierre Darroussin) es un sindicalista que queda desempleado por un recorte de personal. Es con ocasión de este retiro forzado y anticipado que Michel se dedica a esos oficios mínimos de sacar de sus vainas unos fríjoles, voltear unas salchichas en el asador dominguero, corretear en la playa a sus nietos o, simple y llanamente, contemplar con Marie-Claire, su mujer (Ariane Ascaride) el desvanecimiento que provoca el inexorable paso del tiempo. Un evento inesperado y doloroso hará que él y quienes lo rodean exterioricen sus sentimientos – y sus resentimientos – frente a una sociedad sumida en la insensatez.

El trabajo de Guédiguian está bien balanceado. Las nieves del Kilimanjaro no es el retrato reblandecido de la solidaridad humana ni es tampoco el análisis inerte y frío de las penurias de una clase que lucha por proteger sus conquistas materiales. La película de Guédiguian es un tributo discreto a esa posibilidad que todos tenemos de ser algo más que ese proyecto  de seguridad económica condenado siempre a su connatural insatisfacción.

Las nieves del Kilimanjaro restaura la opción vital de servirle al otro en lugar  de dilapidar  nuestra vida enfrentándolo. El planteamiento narrativo de Guédiguian parte de la utopía obrera de los sesentas cuando la bandera de la igualdad provocó que los puños inconformes se levantaran  y que las plazas uniformadas de overoles entonaran, obnubiladas por un sueño,  hipnóticos himnos de protesta.  Ese fue el entorno que vio crecer y madurar a Michel; fue al amparo frágil de ese ideal que formó su familia y fue ese sueño el que Marie Claire aprendió a compartir pero con la honda convicción de que después y antes de la aspiración igualitaria siempre ha estado la libertad del individuo. Al sueño igualitario de los sesenta lo fue agrietando el paso del tiempo; los líderes combativos envejecieron y sin darse apenas cuenta se convirtieron en una nueva especie de burguesía arrinconada  y un tanto avergonzada. Las nuevas generaciones crecieron con otras ambiciones; sus círculos se estrecharon y donde sus padres vieron la esperanza de un bienestar colectivo, aquellas apenas si ven la inmediatez de su seguridad material.

Los hijos de Michel y Marie Claire asisten, con un inevitable dejo de incomprensión y descalificación, al ocaso de sus viejos.  Lo propio le pasa a la nueva generación obrera en cuyo vocabulario soez y temerario no figura la palabra sacrificio.  En esta transición generacional, callada y tensa, surge el incidente del que  Guédiguian se servirá para resolver de una manera dialéctica esta confrontación de visiones.  Ni ganará la tesis, revaluada ya, de una lucha de clases como antesala necesaria  para alcanzar la justicia social, ni ganará su antítesis, capitalista y desalmada, de un mundo en el que solo cabe competir para alcanzar el confort material. La síntesis que nos propone Guédiguian es la discreta comprobación de que el hombre sigue siendo capaz de darse al otro, no como expresión de un sacrificio o una frustración, sino como manifestación de un acto justificante y liberador.

Sin la pesadez propia de este discurso, Las nieves del Kilimanjaro lo abordan a través de una familia común y corriente que cree en sus valores pero que también cree en la legitimidad del gozo que provoca un buen asado el domingo en la tarde o en la felicidad fugaz , lo son todas, de un viaje para conocer las nieves del Kilimanjaro.

Guédiguian pudo evitar el giro final de su película habiéndola hecho desembocar en ese terreno baldío al que siempre conduce la hegemonía de cualquier ideología. Optó por otra cosa y ante la inminente desolación arrojó el salvavidas de la solidaridad y la compasión. Forzada e innecesaria salida de ternura?  Giro caramelizado que demerita un relato sobrio y bien contado? Abdicación frente a ese imperativo pseudo moral que siempre demanda  finales esperanzadores o aleccionadores? No creo. La mirada que propone Las nieves del Kilimanjaro es una más entre las tantas posibles y lo importante es que la película logra matricularnos, no en una moral abstracta, sino en esa otra moral, ordinaria y cotidiana, que  soporta la relación con todos aquellos que nos rodean.

Yo creo, contestando el interrogante que plantea el título de la obra de Stanley Cavell, El cine puede hacernos mejores?, que sí, que sí puede hacernos mejores no solo por el disfrute que nos provoca, sino por su indiscutible capacidad de multiplicarnos los ojos para ver más y, especialmente, para vernos mejor. 

Nota a deshoras: Las nieves del Kilimanjaro es también el nombre de una película del año 52 dirigida por Henry King y protagonizada por dos grandes: Gregory Peck y Ava Gardner. Además es el nombre de la canción interpretada por Pascal Daniel que en el año 1967 fue número uno en listas y que se oye en la película. Los dejo con ella