FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

domingo, 9 de octubre de 2011

DE DIOSES Y HOMBRES


TÍTULO ORIGINALDes hommes et des dieux (Of Gods and Men)
AÑO
2010
DURACIÓN
120 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORXavier Beauvois
GUIÓNXavier Beauvois, Etienne Comar
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍACaroline Champetier
REPARTOLambert WilsonMichael LonsdaleOlivier RabourdinPhilippe LaudenbachJacques HerlinLoïc PichonXavier MalyJean-Marie FrinAbdelhafid MetalsiSabrina OuazaniGoran Kostic
PRODUCTORAWhy Not Productions / France 3 Cinéma
WEB OFICIALhttp://www.sonyclassics.com/ofgodsandmen/
PREMIOS2010: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado
2010: 3 Premios Cesar: Mejor película, actor secundario y fotografía. 11 nominaciones
2010: BAFTA: nominada a la mejor película en habla no inglesa
2010: NBR - Asociación de Críticos Norteamericanos: mejor film extranjero
2010: Premios del Cine Europeo: Nominada mejor película y fotografía
2010: Independent Spirit Awards: Nominada mejor película extranjera
GÉNERODrama | ReligiónBasado en hechos reales


Clasificación: Vale la pena

Es curioso. El título original de la última película de Xavier Beauvois (El pequeño teniente 2005, Según Matthieu 2000, No olvides que vas a morir 1995 - Cinco años entre película y películaes Des hommes et de Dieux que literalmente traduce De hombres y de Dioses. No obstante la relativa simpleza de esta traducción se la llamó, entre nosotros, De Dioses y hombres.  El cambio, consistente en el orden de los sujetos, es más que sutil. El título en español empieza con la mención de los dioses para luego hacer la de los hombres. Lo contrario hace el título francés. Se pudiera divagar sobre las razones socio culturales implícitas en este cambio de orden y de tan inútil ejercicio quizás saldrían teorías, inevitablemente peregrinas, sobre la influencia del catolicismo, sobre el laicismo y, porque no, sobre la forma como las diferentes culturas abordan el interrogante de una posible vida eterna. Para no meterme en ese laberinto prefiero decir que después de haberla visto, la película de Beauvois es, sobre todo y en ese orden, una película sobre hombres y dioses, no una película sobre dioses y hombres. Ambos, agrego, con respetuosas minúsculas.

Estamos ante una conmovedora película cuyos lentes se posan (por la suavidad que este verbo evoca, difícil encontrar uno más adecuado para transmitir la idea) en la vida monástica de ocho religiosos católicos que conviven con sus vecinos musulmanes en una demostración cotidiana que la mayor fuerza que congrega y hermana a los hombres no es otra que su propia humanidad, iluminada y también tiznada,  de esperanzas, ilusiones, enfermedades y dolores. 


Amenazados por los conflictos internos que los rodean,  los monjes se enfrentan al dilema existencial de proteger sus vidas abandonado su convento o de exponer sus vidas a todo tipo de riesgos permaneciendo en ese hogar entrañablemente unido al sentido mismo de sus vidas. La decisión no es fácil y sobre ella recae todo el eje argumental de la película. Permanecer o partir.  Salvarse para no morir o, quizás, morir para poder salvarse.

De hombres y dioses (por lo dicho permítaseme rebautizarla así) es la historia de una duda permanente planteada desde la perspectiva humana, la duda sobre la existencia de una causa, más allá de  la ética racional,  que le de sentido a la entrega, a la compasión y al sacrificio. 


A Cristian (Lambert Wilson), no obstante ser el líder del grupo, se le ve afligido por la duda. Se retira al silencio envolvente de la naturaleza para hallar las esquivas respuestas y siempre queda la percepción de que sus difíciles decisiones, al igual que las de su compañeros de grupo,  no son el objeto de una salvadora revelación sino la construcción, siempre endeble, de una muy humana reflexión. 


No por importancia, no por orden creativo, sino por una simple y arrasadora cuestión de proximidad, el film de Beauvois es un relato de hombres y para hombres, de un puñado - quizás mejor un ramillete -  de seres humanos que aún inmersos en su fe o quizás por estar en ella inmersos, saben que hay decisiones que revelan y ponen en evidencia, ante los inquebrantables silencios de dios,  nuestra soledad.

Como tantas veces sucede en el cine, en De hombres y dioses se falsean ciertos ambientes haciéndoseles ver con esa estética que solo les es posible a la cámara y a la ambientación postiza. Las escenas de los espacios de oración son tan provocativas que uno quisiera estar en medio de esos rituales en tan íntima comunión con el ansia humana de eternidad y trascendencia. Queda sin embargo la impresión de un montaje que se acerca a un ensamble coreográfico: los haces de luz que como tubos luminosos se cuelan por el entramado de las ventanas, los hábitos blanquísimos de los monjes imprimiéndoles un halo angelical, las voces unidas en un coro perfecto y unos cuerpos que se inclinan con tal sincronía que parecieran comandados por un infalible titiritero…. De seguro que así no son esos rituales de oración. Habrán de ser más opacos, menos lúcidos. Habrán de ser, por no ser vistos desde el ángulo tergiversador de la cámara, más humanos y por lo mismo más ordinarios. Al decir esto no descalifico ni estas ni otras muchas escenas que en De hombres y dioses le dan a la vida de estos ocho monjes un matiz idílico y heroico. A fin de cuentas de eso se trata – y tratará por siempre – el cine . De mostrar las cosas, incluidos hombres y dioses, como no pueden ser vistas por el ojo humano. Y, más allá de mostrarlas, de lo que se ocupa en últimas el cine es de elaborar unas sensaciones que no corresponden a nuestros sentimientos primarios pero que tienen la virtud, aquellas sensaciones, de embaucarlos a estos, nuestros sentimientos, al punto de hacernos creer, con distintos grados de perdurabilidad, que las cosas y especialmente nuestra forma de sentirlas pudieran ser como el cine nos las muestra.

Uno de los varios méritos de De hombres y dioses es ese tono honesto y envolvente que emplea para decirnos, con una deliberada lentitud, que creer es una posibilidad, creer en su más amplia acepción del término: creer en uno mismo, en los demás, en la posibilidad de convivir por encima de las diferencias y, porque no, en un hacedor como explicación última de este embrollo al que llamamos vida.

Vuelvo sobre el protagonismo humano de la película para decir que De hombres y dioses no es una proclama religiosa ni es, tampoco, una denuncia sobre las atrocidades del extremismo irracional. Es la visión íntima de un drama humano contada desde la lentitud misma de una vida monacal. Es también una muy bien lograda y respetuosa aproximación a un sistema de vida edificado sobre unos valores que hoy nos parecen sacados de un discurso emotivo pero distante. Como película De hombres y dioses logra una historia convincente jalonada por un soberbio  equipo de actores que se compenetran a tal punto con sus roles que parecen totalmente imbuidos en esa entrega y en esa humildad talladas en el encierro y la oración.

A la postre poco importa si una vida de recogimiento será como la película nos las pinta y poco también importa si en la vida real este sacrificio fue tan magnánimo y poético como se nos lo describe. Lo cierto es que De hombres y dioses nos presta, por cerca de dos horas, otros ojos que sobrepuestos a los nuestros nos permiten ver y sentir, desde otra orilla, que sin una causa que la trascienda, la vida no tiene sentido.


Nota final. El Lago de los Cisnes de Tchaikovski tiene una nutrida figuración cinematográfica. Para mencionar solo algunos casos en la memoria reciente están: Billy Elliot (Stephen Daldry - 2000), Scoop (Woody Allen - 2006) y Cisne Negro (Darren Aronofsky - 2011). En De hombres y dioses hay una escena donde al silencio de los monjes, emocionados ante un sencillo vaso de vino, lo sublima la música de Sigfrido y Odette. Véanla, óiganla y, sobre todo, disfrútenla. 
  

domingo, 4 de septiembre de 2011

SUPER 8



TÍTULO ORIGINALSuper 8
AÑO
2011Ver trailer externo
DURACIÓN
112 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORJ.J. Abrams
GUIÓNJ.J. Abrams
MÚSICAMichael Giacchino
FOTOGRAFÍALarry Fong
REPARTOJoel CourtneyRiley GriffithsElle FanningRyan LeeGabriel BassoZach MillsKyle ChandlerRon EldardNoah EmmerichDavid GallagherGlynn TurmanAmanda Michalka
PRODUCTORAAmblin Entertainment / Bad Robot / Paramount Pictures / Relativity Media
WEB OFICIALhttp://www.super8-movie.com/
GÉNEROCiencia ficción. Aventuras | ExtraterrestresAños 70Adolescencia

                                                                                                         Calificación : Muy recomendada

El tiempo es capaz de lo inimaginable. Embellece lo que fuera opaco y opaca lo que fuera bello. A su paso todo termina rindiéndose porque todo es, todos somos, lo que el tiempo hace de nosotros. 

Del binomio cine-tiempo emergen fascinantes fenómenos. Pienso, por ejemplo,  en el encanto que algunas películas adquieren con el simple discurrir de los años.  Sentarse a ver una película como Las uvas de la ira (1940) de Jhon Ford o Los cuentos de Tokio (1953) del maestro Ozu, tiene por supuesto el placer que dejan sus impecables narraciones, sus memorables personajes y, en fin, la hechura de unas películas que se ganaron ya desde hace mucho tiempo y con total justicia el título de imprescindibles.  Pero verlas tiene también esa inexplicable magia que el tiempo les imprime a ellas, ya viejas, y a nosotros que hoy las vemos. Cada vez que nos sentamos a ver una de estas películas nos exponemos al riesgo de una alquimia a través de la cual el tiempo - el transcurrido entre el momento en que se la hizo y el momento en el que se la ve - transforma, sin siquiera rozarla, la película que estamos viendo.

Para quienes disfrutamos de estos retornos cinematográficos es claro que otra es la mirada, distinta a la habitual, que con ellos debemos emplear; no se ve La mujer del cuadro (1944) de Fritz Lang con los mismos ojos que se ve Seven (1995) de David Fincher o la archifamosa Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino.  Aunque la insufrible relatividad del tiempo impide trazar una frontera entre el cine viejo y el cine nuevo, me atrevo a decir que ante el primero de ellos  el alma espectadora,  más que los ojos por los que esta se asoma, se dispone de otra manera. Es como si la retrospección en la que nos embarcamos nos obligara a deponer algunos de los filtros que usualmente empleamos para ver una película; se trata no sólo de optar por una mirada contextualizada que nada tiene de condescendiente, sino de degustar ese tono, ese bouquet que adquieren, con el paso del tiempo, las buenas - y a veces también las no tan buenas - películas.

Con la coproducción de Steven Spielberg, J.J Abrams (Star Trek, Misión Imposible, Lost (TV) ) escribe y dirige Super 8 , una película que trajea de aventura adolescente todo un tributo a una manera de hacer cine e, incluso más allá, todo un homenaje al oficio mismo de hacer una película. Joe Lamb (Joel Courtney) es un muchacho - endeble vocablo para denominar a aquel que dejó de ser niño y no llega aún a la adultez -  que tiene un grupo de amigos con el que está haciendo una película de zombies.  Del reparto sobresale la bella Alice Dainard (Elle Fanning), una niña - en femenino la palabra es más larga y comprensiva -  que elude las obsesiones de un padre marcado por un pasado que lo agobia y de la que Joe, a tientas y sin saberlo bien, comienza a enamorarse. Será rodando su propia película como este grupo de amigos se ve envuelto en una aventura que involucra a las autoridades locales, a seres inesperados, a los padres de los protagonistas y, por supuesto, a los dos chicos que desde sus roles y funciones en la película, ella actriz principal él maquillador y técnico de sonido, comienzan a bordar su propia historia.

En Super 8 el tiempo juega de una manera especial. No se trata de sentarnos hoy a ver una película de los setentas; se trata  de sentarnos hoy a ver una película de hoy pero hecha como si se estuviera en los setentas. No estamos entonces ante esa película cuyo encanto - o buena parte de él al menos - está dado por su tono un tanto demodé. No, en este caso estamos ante un ejercicio retro que mediante el  rescate del  viejo formato que utilizaba la película de 8 milímetros, nos devuelve a un resultado cinematográfico que teníamos olvidado. No se trata de una mera nostalgia tecnológica. A lo que el espectador se expone en Super 8 es a todo un conjunto de elementos que en su momento sirvieron para armar una buena entretención.  


Sirviéndonos de la comparación no es entonces  el capricho esnobista del que hoy oye, por sólo diferenciarse de los demás,  su música en acetatos; es más bien el reencuentro del melómano, no sólo con las posibilidades – y también las enormes limitaciones – del acetato, sino con todo el universo que en su momento rodeó esa forma de oír la música.

Alguien me preguntó si Super 8 me habría parecido tan buena, como ahora esta me lo parece, si la hubiera visto en el 79.  Me quedé pensando un rato para recordarme más de treinta años atrás yendo, con la avidez de entonces, a ver una película como Super 8.  Tan posible es que me hubiera gustado como que, zarandeado entonces por mis primeros titubeos intelectuales, la hubiera descalificado. Lo cierto es que verla hoy, en medio del desaforado imperio digital,  me pareció todo un tributo reconciliador con una forma irrepetible  y a mi juicio más auténtica de expresar emoción en la pantalla.

Rendido a través del proyecto de unos chicos de hacer su propia película, Super 8 es también y sobre todo un homenaje al oficio mismo de hacer cine. Joe, Alice y sus amigos están haciendo una película de zombies. En la película de Abrams este elemento no es tan sólo un juego infantil o adolescente del cual se hace desprender toda la trama de la narración. Ni lo uno, ni lo otro; ni es un juego de chicos, ni es tampoco un pretexto argumental para adentrar al espectador en la historia de fondo. Joe y sus amigos no están jugando a hacer cine; lo están de veras haciendo y Abrams se sirve de esto para mostrarnos, desde su estructura más elemental,  como nacen todas las películas. 


En la memoria queda una de las escenas iniciales: los chicos están grabando y deciden servirse, como marco natural para la escena, del tren que viene. Es en medio del micrófono elevado, de la actuación sorprendente de Alice, del vestuario improvisado y de los demás elementos de la rudimentaria puesta en escena,  que pasa el tren anunciando con su estridencia  el comienzo de la aventura. Véanla:



La nota: Otra escena memorable: Joe convierte a Alice en una aterradora zombie. Más que la destreza del maquillador lo que logra esa transformación es la atracción, apenas insinuada pero arrolladora, entre los dos. Aquí la Fanning fascina.

Aunque estas notas habían  hasta ahora eludido las clásicas puntuaciones a ellas terminaron llegando. A partir de esta y en adelante  calificaré las películas comentadas de la siguiente manera: Imprescindible, equivalente a las 5 estrellas; Muy recomendada, equivalente a las 4 estrellas; Vale la pena, equivalente a las 3 estrellas; Buen plan, equivalente a 2 estrellas y Mejor quedarse en casa, equivalente a 1 estrella. No podré entonces servirme de las medias estrellas que, si bien se las mira,  terminan siendo innecesarias.


  

domingo, 28 de agosto de 2011

MIDNIGHT IN PARIS



Midnight in Paris
TÍTULO ORIGINALMidnight in Paris
AÑO
2011Ver trailer externo
DURACIÓN
100 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORWoody Allen
GUIÓNWoody Allen
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍADarius Khondji
REPARTOOwen WilsonRachel McAdamsMarion CotillardMichael SheenKathy Bates,Carla BruniAlison PillTom HiddlestonLéa SeydouxAdrien BrodyKurt FullerCorey StollMimi KennedyGad ElmalehNina AriandaMarcial Di Fonzo BoAdrien de Van
PRODUCTORACoproducción EEUU-España; Gravier Productions / Mediapro
WEB OFICIALhttp://www.midnightinparislapelicula.com
PREMIOS2011: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes (fuera de competición)
GÉNEROComedia. Romance | Comedia románticaViajes en el tiempoAños 20

Calificación: Muy recomendada

Esta vez Allen se sale con la suya.  Midnight in Paris es un divertimento tejido con una técnica  fina donde se reúnen, de una parte, el rescate de un romanticismo idealizado y, de otra,  la acostumbrada e inteligente sorna del ya emblemático director neoyorquino. La historia es ingeniosa sin perder por ello un acento ingenuo o, para decirlo con un término más acorde con la película, naif.

Antes de su inminente matrimonio Gil (Owen Wilson) e Inez (Rachel McAdams), americanos ambos,  pasan unos días en Paris. Para ella la ciudad  es  una tienda afamada e inmensa donde podrá comprar antigüedades, vestidos  y joyas,  para con ellos demostrar, en su distante y añorada América, su distinción, su elegancia y su tan europea sofisticación.   Para él, en cambio, Paris debe seguir siendo, en algún rincón, en algún recodo de la memoria, la fiesta celebrada por Hemingway; una fiesta de excesos y genialidades, un suceso empapado en absenta donde el mundo parecía caber en un trazo acertado, en la arquitectura elemental y perfecta de una frase bien escrita.

Cuando el reloj anuncia la medianoche, Gil, arrastrado por una fascinante reversión temporal , termina en esa Paris irreal y bohemia de finales del siglo XIX y comienzos del XX; una ciudad imaginada y reinventada por todos a donde fue a parar un puñado de artistas cuyos nombres, opacando a veces sus propias obras, aún resuenan - y resonarán por siempre - en la memoria colectiva:  Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, Gertrude Stein, Salvador Dalí, Henri de Toulouse-Lautrec, Luis Buñuel…. Gil no sólo se topa con estas grandes figuras, intima con ellas entrometiéndose en sus amores, pidiéndoles opinión sobre su trabajo (terminó de escribir una novela), soñándose él también parte de esa generación  perdida , un contertulio más en el famoso salón literario de la señora Stein.

Dos planos empiezan a intersecarse. El real: una pareja en vísperas de su matrimonio  de  vacaciones  en Paris. El imaginario: el dubitativo novio y su encuentro nocturno con los grandes artistas de la bohemia francesa.  Gil se mueve en los dos planos ante su propia perplejidad y va viendo como la mentira o al menos la fantasía del mundo irreal de las madrugadas, le muestra unas fichas claves para encarar de una manera más auténtica y sincera su destino en el mundo real.

Allen se suma con maestría al repertorio de remembranzas y elogios de una época de ensoñación marcada por un laissez faire artístico permisivo, liberal y prolífico. Ninguna París ha sido esa París construida colectivamente por el deseo y por el endiosamiento de unos artistas cuyo talento seguramente habría florecido en cualquier lugar del planeta. Sin embargo cuanto queremos y añoramos todos esa París inventada y cuanto nos gusta entregarle a sus buhardillas, sus bistros y sus callejuelas oscuras y lascivas el mérito de haber sido el escenario de unas vidas únicas marcadas por una irrepetible pasión creadora.

Midnight in Paris es una sincera declaración de amor y como toda declaración sincera de amor es ingenua, algo torpe y, sobre todo, hermosa. Una declaración de amor hacia una ciudad imaginada cuyo nombre coincide con el de la capital francesa y cuyas  ventanas,   muros y cielos compartidos hacen que no sea posible ya, de las dos ciudades, imaginar la una sin la otra.

Muchos méritos tiene la película. Su idea es el primero. Servirse del hecho cotidiano de unos paseantes norteamericanos en Paris para de allí derivar toda esta fantasía, es sencillamente genial.  No se trata, además, de simplemente permitirle al protagonista devolverse en el tiempo para toparse con sus modelos y maestros; la idea va mucho más lejos: se trata de mostrar como una ciudad será siempre las tantas ciudades de los ojos posados en ella. La idea de este contraste entre unicidad y pluralidad es, en Midnight in Paris, fascinante.

Un segundo mérito es lograr una narración sencillamente cautivante y deliciosa. De Midnight in Paris se sale  con una leve sensación de enamoramiento derivada de la manera como Allen aborda su historia. Lo hace sin pretensiones intelectuales y dándole a la pasión por esa mítica Paris una presentación ingenua y fresca. El tributo pudo ser caótico y complejo como caótica y compleja es Paris. Pero de eso no se trataba; se trataba de homenajear un imaginario colectivo sirviéndose para ello de  una grata historia protagonizada  por la fidelidad debida a una manera de entender y encarar el sentido de nuestra propia existencia.

Un tercer mérito muy propio de Allen es aprovechar la ocasión, en medio de tan lúcido entretenimiento,  para tirar sobre la mesa los dados de cual pudo ser - o quizás cual es - el mejor de los tiempos.  Gil quiere volver a los mejores tiempos de las tertulias de Gertrude Stein y es estando en ellos cuando quienes los viven le confiesan su deseo de volver a otros momentos, los ya idos, a sus ojos y con la distorsión de toda distancia y todo acomodamiento,  los mejores tiempos. El acertijo por supuesto no tiene respuesta; es una provocación más de Allen, un contador nato de historias adobadas siempre por bifurcaciones inconclusas anunciantes de otras posibles historias.

Uno puede tener, como muchos, a Allen en su cabecera cinematográfica y uno puede, igualmente, no tenerlo. Pero más allá de estas predilecciones nadie puede negar su marca, indeleble ya, en la historia del cine. Allen - como Hemingway , como Picasso, como Buñuel -  es un estilo propio, una impronta reconocible, un lente con nombre.

Se tiene a Gertrude Stein  como la fundadora  de un estilo llamado el litismo, una suerte de tautología o repetición  verbal justificada en el texto por su propósito de reiteración o por su efecto musical. Famoso, de su poema ¨Sacred Emily¨ aquel verso de ¨Rose is a rose is a rose¨.  Digamos entonces, sólo para reconocerlo y reiterarlo: Woody Allen es  Woody Allen, es Woody Allen.



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domingo, 24 de julio de 2011

BRIGHT STAR




TÍTULO ORIGINALBright Star
AÑO
2009Ver trailer externo
DURACIÓN
119 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORJane Campion
GUIÓNJane Campion
MÚSICAMarc Bradshaw
FOTOGRAFÍAGreig Fraser
REPARTOAbbie CornishBen WhishawPaul SchneiderThomas Brodie-SangsterKerry FoxEdie MartinClaudie BlakleyGerard Monaco,Antonia Campbell-HughesSamuel Roukin
PRODUCTORACoproducción GB-USA-Australia-Francia; Pathé / Screen Australia / BBC Films / UK Film Council
PREMIOS2009: Oscar: Nominada al mejor vestuario
2009: BAFTA: Nominada al mejor vestuario
2009: Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película)
GÉNERORomance. Drama | Drama románticoDrama de épocaSiglo XIX


¨ Quién más feliz, entonces, si, con el alma alegre
se hunde, fatigado, en la blanda yacija
de la hierba ondulante y lee una acabada,
una gentil historia de amor y languidez?¨

JHON KEATS, A quien en la ciudad estuvo largo tiempo



Clasificación: Vale la pena

Para Roger Ebert, el afamado crítico cinematográfico, el mejor momento de la semana para ver una película es el domingo a las diez de la mañana. Tiendo a estar de acuerdo con Ebert. Pero sólo puedo tender a estarlo porque ese día y especialmente a esa hora no es fácil sentarse, oscura la sala, frente a la gran pantalla. En lo que sí estoy de acuerdo con el columnista habitual del Chicago Sun Times, es que la mejor hora para ver el cine es aquella en la que nuestros sentidos, todos ellos, estén en la mejor disposición para captar, absorber, decantar y disfrutar la historia que ante ellos discurra. Creo, con Ebert, que el domingo por la mañana muchos elementos conspiran para lograr esa predisposición favorable. Solemos  - ese día y a esa hora - estar descansados, receptivos y todavía  distanciados de ese vacío insondable que parece inundarlo todo, como en el poema de Lorca, a las cinco en punto de la tarde.

No hay, sin embargo,  un día y una hora que aseguren esa permeabilidad sensorial. Bien puede suceder que sea un miércoles a las nueve de la noche, después de una jornada extenuante y olvidable, cuando mejor estemos dispuestos a esa inmersión que demanda el cine y, especialmente, a aquel chapuzón de los sentidos que siempre exige una buena película. Cada cual sabe reconocer, a su manera, los días, las horas y, más que las anteriores, las circunstancias cambiantes que mejor nos predisponen a la travesía cinematográfica. Es más,  no deja de sorprendernos esa película que contra todo pronóstico nos rescata del hundimiento al que normalmente nos conducen la preocupación, el cansancio  o ambos y en lugar de ellos nos llevan a ese éxtasis momentáneo, inconfundible impronta de los buenos relatos.

Como nada está escrito y como la planeación es un concepto adusto que a cada instante nos desborda, no es infrecuente que vayamos al cine y sintamos desde el comienzo de la película que no estamos preparados para verla, que hemos emprendido un tortuoso y cabeceante recorrido que no sabrá reconocer las maravillas del paisaje, sus tonos, sus colores y, especialmente, el talante de los personajes que lo pueblan. Algo - o quizás mucho - de esto me pasó cuando fui a ver Bright Star la última película de la neozelandesa Jane Campion. Noche de viernes, última fila del teatro y en los ojos - diciente ventana de lo que llevamos dentro - el agotamiento de toda la semana. Al poco tiempo de haber empezado la proyección me di cuenta que el ritmo de la película, todo finura y todo contención de sentimiento, rimaría mal con mi agotamiento.

Escribir sobre una película habiéndola mal visto de esta manera es un atrevimiento. Ello no obstante me arriesgo a hacerlo y es por eso que empiezo estas líneas diciendo que las películas terminan siendo o, mejor, terminan siéndonos aquellas que nuestros ojos y nuestro estado anímico nos permitieron ver y, también, aquellas que estos mismos y circunstanciales ojos  nos impidieron ver.

No hay cansancio que impida ver el preciosismo fotográfico que sostiene todo su relato de Bright Star. Los cuadros que la componen son, como los óleos de Vermeer, composiciones perfectas de luces, ambientes y gestos. Composiciones pictóricas a través de las cuales se cuenta una historia de amor que no se despeña, gracias a la contención muy bien lograda en el tono del relato, ni por el abismo de un mal entendido romanticismo ni, tampoco, por los precipicios del impostado drama.

John Keats (Ben Whishaw), el hoy venerado poeta del romanticismo inglés,  es un hombre sensible que encuentra en la sorprendente ilación de las  palabras el vehículo para transmitir las bellezas, las infamias y los dolores del mundo que le rodea. Es en este mundo, lastimado por una enfermedad que ha diezmado su familia y que ensombrece su propia existencia, que Keats conoce y se enamora de Fanny Bawne (Abbie Cornish). Ella será no sólo su musa sino el norte de toda su existencia, quizás más lo segundo que lo primero porque lejos del modelo pasivo que sólo se contempla, la Bawne encarna a esa mujer que entiende el amor desde una definición retadora y vigorosa de su propia esencia femenina.

Una historia que rescata los elementos atemporales  de la relación amorosa; una historia que, no obstante ubicarse en el siglo diecinueve, tiene el encanto  - exento de toda ingenuidad - de recordarnos que el amor ha sido, es y será siempre una confluencia indescifrable de pasiones, comprensiones y renunciaciones.

La Cornish destella con su papel. Aunque el poeta es la estrella, su luminosidad y la de toda la película proviene de esta mujer que desde su discreción es toda una implosión de autenticidad, feminidad y sensualidad. (Al recorrer la filmografía de esta actriz me encuentro con Somersault una película del año 2004 en la que, con solo ver el trailer, ya se insinúa ese resplandor).  

Sentí, quizás más por el abatimiento del momento que por las flacuras del argumento, que la historia amorosa de Bright Star no logró emerger del todo porque extremó tanto su contención en la belleza de sus cuadros y en la finura poética de su lenguaje, que descuidó el impulso vital que exige todo relato. Mi sensación después de la película es la aquel que se deleitó ante una muy correcta y bella sucesión de imágenes, mas no la de aquel que terminó involucrado o, incluso, lastimado por una conmovedora historia de amor.

Quizás me perdí de una extraordinaria película; quizás no pude, como en el poema de Keats que antecede estas líneas, hundirme, fatigado y feliz, en el ondulante lecho de la hierba a leer - a ver en este caso -  una gentil historia de amor y languidez.











sábado, 2 de julio de 2011

ENCONTRARAS AL HOMBRE DE TUS SUEÑOS



TÍTULO ORIGINALYou Will Meet a Tall Dark Stranger
AÑO
2010Ver trailer externo
DURACIÓN
98 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORWoody Allen
GUIÓNWoody Allen
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍAVilmos Zsigmond
REPARTOJosh BrolinAnthony HopkinsNaomi WattsFreida PintoAntonio Banderas,Gemma JonesLucy PunchChristian McKay
PRODUCTORACoproducción GB-España; Gravier Productions / Mediapro
GÉNERODrama. Comedia | Comedia dramática

Clasificación: Buen plan

Con los años las películas de Allen han ido adquiriendo un tono ligero, atractivo y cómodo; un tono discretamente aburguesado. Conocerás al hombre de tus sueños es una más de esas comedias un tanto dispersas en las que se dan cita algunas luminarias para pasarla bien sin mayor entrega, sin derramar una sola gota de pasión. Por la forma como está construida la historia Hopkins, Banderas y Brolin, sus galanes, actúan por separado; salvo quizás una escena que reúne a Hopkins con Brolin, suegro y yerno en la película, los tres actores hacen  lo suyo pero dejando esa incómoda impresión de haber actuado bajo la condición de evitar cualquier entremezcla que pudiera confrontar sus estrellatos.  Otro tanto sucede, de manera menos marcada, con Naomi Watts, Freida Pinto, Gemma Jones y Lucy Punch distintas bellas que se sientan a la misma mesa pero a conversar consigo mismas. Muchos nombres reunidos que no se amalgaman porque la historia no lo exige, porque se trata nuevamente de un divertimento citadino de esos en lo que Allen se siente tan a gusto y en los que no invierte más que una destreza repetida que deja en el espectador la impresión, puede que incluso gustosa,  de lo que ya se vio y pronto volverá a olvidarse.

 La idea de la que la película toma su nombre es atractiva.  Que tan disparatado, ignorante o respetable pueda ser el confiar en aquellos  que pronostican el futuro es el sugerente planteamiento con el que arranca Conocerás al hombre de tus sueños. Gemma Jones encarna a una mujer mayor que se refugia en los placebos, entremezclados, del whisky y la adivinación.  Más que cualquier otro fármaco la tranquiliza el que le digan que su aura irradia energía, que un futuro mejor se avecina y que, en el otoño de su vida, conocerá al hombre de sus sueños.  Mientras que ella se rinde a los encantos de los sobrenatural lo contrario hace su esposo,  el personaje de Hopkins, que cae en las mundanas redes de  una joven prostituta de larguísimas piernas y estrechísimo cerebro, representada por la Punch.  Por su lado la Watts, en la película la hija de ambos, enfrenta la crisis de un matrimonio que tambalea por la inmadurez de un marido, un opaco Brolin,  cuyo gran mérito siempre será el seducir a la mujer de enfrente, en este caso a una hermosa joven india que no podía ser otra que la exótica Pinto. Para solventar la holgazanería disfrazada de su esposo el personaje de la Watts trabaja en una galería de arte donde terminará enamorándose de su jefe, un Banderas que, dicho sea de paso, momentáneamente vuelve por el sendero de sus buenas actuaciones.

Pese a habérsela usado como punto desencadenante de toda la historia, la idea de la propensión humana a refugiarnos en esas promesas redentoras que no entendemos pero que tanto queremos, se queda a mitad de camino reducida a una simple caricatura. Este Allen ya no se arriesga, se conforma con unas finas pinceladas que indudablemente agradan al espectador pero con las cuales, en conjunto, no se pinta mayor cosa.

El genio de Annie Hall, Zelig y Match Point  vuelve otra vez, pero ahora sin el brillo de entonces, a la obsesión en torno a la imposibilidad de una relación de pareja estable. Lo de Allen se ha vuelto una divagación repetitiva y libre sobre una búsqueda sin hallazgos: nunca nos encontramos de una manera definitiva con el otro, nos le acercamos con danzas rituales que siempre terminan en infidelidades, en rupturas y en  atracciones ilusas que llevan siempre  la impronta de un fracaso asegurado.

Encontrarás al hombre de tus sueños confirma lo que se sabe hace ya mucho tiempo: que Allen sabe contar bien sus historias pero también confirma lo que viene sabiéndose hace menos tiempo y es que Allen se está quedando en ese discurso inteligente con el una vez deslumbró pero que ha ido perdiendo su brillo; que Allen se siente a gusto - y que poco o nada le interesa que tantos compartan ese gusto – haciendo estos divertimentos cultos a los que siempre se prestan sus actores preferidos con el solo guiño del clarinetista de Manhattan.

Divertimentos que nunca serán banales o superficiales. En Allen siempre habrá - y la hay en Encontrarás al hombre de tus sueños - una crítica desalmada de las modas, los afanes, las petulancias y los dogmas con los que los hombres intentan huir de sus inseguridades y de sus penurias.   Lo valioso de esta y de todas y cada una de sus películas es que nunca se deja llevar por juicios moralistas o por desenlaces justicieros.  Cada personaje termina encarando el destino que el azar le depara sin que en ello intervengan merecimientos, premios o castigos. A aquel a quien la suerte le sonría bien puede ser que la desdicha lo espere a la vuelta de la esquina. Y viceversa.  De esa incertidumbre están tejidas todas nuestras vidas y ese ha sido, desde siempre,  el tema recurrente de las películas de Allen.

Que nos digan que encontraremos a la persona de nuestros sueños puede ser un engaño para incautos o puede ser  una sentencia sabia.  Los hombres y las mujeres de nuestros sueños suelen ser , cuando más, unos borrones, unas ideas confusas que jamás encontraremos y de allí que quizás  sea una necedad atender el vaticinio de su encuentro;  pero puede ser que sea precisamente ese estado de borrón, esa condición de confusión los que expliquen que siempre terminaremos encontrando a la persona de nuestro sueños. Que nos lo recuerden con barajas, humos o bolas de vidrio puede ser una sandez o, quizás, un reconfortante estímulo.

Nota final: Para recordar la escena en la que la Watts le confiesa a Banderas que alcanzó a pensar en una relación sentimental con él y este la desarma, cortés y caballerosamente, diciéndole que fue su mejor asistente, su perfecta compañera operática y ahora, entre galeristas de arte, su competencia. 

En esta oportunidad el video es para una crítica de la tele española. No dejará nunca de asombrar que lo mismo sea visto de tantas maneras, que nuestra visión de algo pueda llegar a ser más amplia y completa si la comparamos con la visión ajena.