FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

domingo, 6 de febrero de 2011

Amor de familia



TÍTULO ORIGINAL Le premier jour du reste de ta vie

AÑO 2008 

DURACIÓN 114 min.    

PAÍS    Francia 

DIRECTOR Rémi Bezançon

GUIÓN Rémi Bezançon
MÚSICA Sinclair
FOTOGRAFÍA Antoine Monod
REPARTO Jacques Gamblin, Zabou Breitman, Déborah François, Marc-André Grondin, Pio Marmaï, Roger Dumas, Cécile Cassel, Stanley Weber, Sarah Cohen-Hadria, Camille De Pazzis, Aymeric Cormerais, Lyès Salem
PRODUCTORA Mandarin Films
WEB OFICIAL http://www.lepremierjour-lefilm.com/

GÉNERO Drama. Comedia | Familia


Clasificación : Vale la pena

Para quienes tenemos un conocimiento muy fragmentario del cine francés, Amor de familia es una película que sin abandonar ese inconfundible tono que tienen las películas francesas, no cae en el drama existencialista con el que solemos asociar, de seguro por tener acceso solo a una pequeña porción de su producción cinematográfica, el cine de ese país. 

Cuando hablo del tono amargo y complejo del cine francés pienso en películas como la Betty Blue de Jean Jacques Beineix o La pianista de Michael Haneke o La piscina de Francois Ozon. Cintas de las que se sale con un incómodo nudo en el alma, con una percepción sombría de que el ser humano ha ido extraviándose en laberintos en los que todo se vale para sortear como mejor podamos una existencia desposeída de sentido. No es esta, en cambio, la sensación que  nos queda después de ver Amor  de familia.  La película muestra los momentos determinantes de una familia parisina de clase media. La independencia del mayor de los hijos, el aborto  de la única hija, el amor extraviado del menor de los muchachos, las zozobras emocionales y afectivas de la mamá, la muerte del abuelo….Episodios cargados de sentimiento que se cuentan sin  la afectación del drama y sin el facilismo de la moraleja edificante. Amor de familia  logra una narración profunda pero  no densa y para ello se sirve, en justas dosis, de un humor que nos recuerda lo pasajera que suele ser la trascendencia.

Al igual que el  literario, el relato cinematográfico necesita momentos encumbrados. Me refiero a pasajes donde la acción se trepe, donde la emoción bordee la conmoción, donde los desenlaces cuesten muertes o besos o despedidas o insinuantes intrigas. Al cine no se lo concibe narrando historias anónimas e insulsas. Es más, cuando esto hace la intención subyacente es   redescubrir en la ordinariez el valor de lo cotidiano.

Amor de familia es una sucesión de momentos en los que confluyen y se entremezclan, al punto del conflicto agresivo, temperamentos muy disímiles. El gran mérito de la historia es que todos sus protagonistas, padres e hijos, son a la vez héroes y villanos. Ninguno tiene la razón pero todos tienen sus razones y es por eso que con todos ellos nos identificamos un poco, no quedándonos otra opción que quererlos así como son porque  es así, tal y como somos, que a tropezones nosotros mismos nos queremos.

El cine de Remi Bezancon nos recuerda la producción cinematográfica de su compatriota  Jean Becker a quien recordamos por películas como Conversaciones con mi jardinero o  La fortuna de vivir. En el cine de ambos se revela esa manera peculiar que tienen los franceses de encarar la existencia pero, más que esta, lo que en ambos también aflora es esa fe inquebrantable en la capacidad humana para superar las dificultades que nos depara la vida. No se trata ni de heroísmos, ni de santidades. Se trata de ir por el mundo expuesto y sin seguro  a sabiendas de que siempre habrá la posibilidad de una sonrisa   o  la de un recuerdo en la más inesperada esquina.

Como dice un noticiero, se nos queda en la retina la escena en la que el menor de los hijos participa en un concurso imitando, sin guitarra, a un guitarrista. Su padre lo  mira desde la barra y es también él  quien con su boca fruncida y sus ojos entrecerrados se funde momentáneamente  con su hijo para darle vida a ese Magic Fingers sobre el que se derraman  todas las luces del escenario y sobre el que se posa esa mirada de mujer que luego no será más que un fantasma.  Son momentos como este los que zarandean la narración cinematográfica y los  que hacen en ultimas que nos guste una película. 

miércoles, 2 de febrero de 2011

La foto de este blog


Muchos de ustedes la habrán reconocido ya. La foto es de la cinta Atrapa a un Ladron de Hitchcock. Grace Kelly conduce el coche (si escribiéramos como hablamos diriamos que la Kelly maneja el carro) y a su lado, extasiado, Cary Grant la mira.La historia, de seguro matizada por los tintes de la fantasia, dice que mientras se rodaba la pelicula el principe Raniero III de Monaco empezó  a cortejear a la bellisima Kelly.  La cosa terminó en propuesta matrimonial bajo la condicion, pobre Kelly, de abandonar las grabaciones y el glamour de la pantalla. Ella aceptó y hubo boda del siglo.  

Cuenta la leyenda que en el septiembre del  82 y yendo por la misma carretera en la que se grabó la escena cuya foto encabeza este blog,  la Kelly se accidentó. Con ella iba  la  menor de sus  hijas, Estefania de Monaco. 

Dicen las incomprobables historias que madre e hija reñían cuando el carro se accidentó; dicen tambien que era Estefania la que conducía y  que quizás fue la riña la causa del  accidente....

Al día siguiente del hecho, un aciago 14 de septiembre, la Kelly   decidió, quizás en un luctuoso gesto de reconciliación con su hija, que la mejor manera de perpetuar su principado en este mundo era  abandonándolo.

Importa poco la verdad de lo sucedido. La Kelly se  marchó llevándose consigo ese halo de princesa inalcanzable que siempre tuvo. Raniero no la hizo princesa, ella ya lo era cuando él la conoció. El titulo nobiliario no hizo más que ratificar una condicion que se leía en cada uno de sus gestos, en sus ojos, en ese pelo dorado movido por el viento en el descapotable de la inmortal escena con Grant.

Yendo al cine es el nombre de este blog y escogi  esta foto de la Kelly con Grant como su emblema porque nada cuesta imaginar,  traicionando la historia original, que la pareja esta yendo al cine y  que esa felicidad despreocuada de los dos no puede tener otra razón que la fascinación que a algunos siempre nos produce el encuentro con la pantalla grande. 

domingo, 9 de enero de 2011

Red



TÍTULO ORIGINAL Red

AÑO 2010

DURACIÓN 111 min.   

PAÍS Estados Unidos 


DIRECTOR Robert Schwentke

GUIÓN Jon Hoeber, Erich Hoeber (Cómic: Warren Ellis)
MÚSICA Christophe Beck
FOTOGRAFÍA Florian Ballhaus
REPARTO Bruce Willis, John Malkovich, Morgan Freeman, Helen Mirren, Karl Urban, Mary-Louise Parker, Rebecca Pidgeon, Ernest Borgnine
PRODUCTORA Di Bonaventura Pictures / Summit Entertainment
WEB OFICIAL http://www.red-themovie.com/
PREMIOS 2010: Globos de Oro: Nominada a la mejor película comedia/musical

GÉNERO Acción. Comedia | Cómic


Clasificación : Vale la pena

Es una película que se deja ver. Eso dicen muchos de Red y al decirlo no expresa otra cosa que esa pasajera aprobación que nos merecen aquellas películas que nos entretienen durante el tiempo que duran pero cuya perdurabilidad es ninguna. Red es, en efecto,  una entretenida aventura de un puñado de agentes retirados de la CIA que se ven envueltos en una conspiración que pondrá a prueba esas capacidades que les valieron un retiro rodeado de méritos y respeto.

El grupo lo encabeza el ya legendario Bruce Willis y lo secundan  con sus halos de recordación y brillo  John Malkovich, Morgan Freeman y, con su elegancia intacta y desafiante,  la siempre Helen Mirren. A todos se les impone la comprometedora misión de demostrar que a sus  y tantos años todavía pueden desafiar y derrotar a legiones conformadas por jóvenes temarios y ambiciosos, es decir, por los jóvenes que ellos alguna vez fueron   

Viéndolos ahora es como si ellos, cuasieternos, tuvieran consigo la impronta de la victoria. Si atrás vencieron por  su arrojo ahora, cuando la curva vital declina, derrotan con su inteligencia en calma y con su demoledor humor. 

De la misión salen airosos no tanto por haber vencido al potente adversario sino por haberse convencido a sí mismos que el de ahora es más un tiempo de entretención, diversión e, incluso y sin la cursilería con la que pudiera asociarse la expresión,  un tiempo de amor. Atrás quedó la agresión y la inocua demolición.

Es tal la buena química que hay entre estos veteranos que no cuesta trabajo imaginarlos bromeando en las pausas de la filmación. Debieron divertirse un montón y eso alcanza a percibirse, no pregunten de qué manera, en la película. Es eso precisamente lo que la salva de ser una película del montón; es ese halo de camaradería y burla entre estos actores que tanto queremos lo que hace que Red sea una película que, con especial gusto, se deja ver.

Si hay películas que como Red  se dejan ver, las habrá, por oposición, que no se dejan ver.  De la mano de esta endeble categorización yo creo que las películas que no se dejan ver son aquellas a cuya pobreza argumental se suma el fiasco de su puesta en escena, así se trate de la más ligera y pasajera de las  comedias. Pero así como tales películas no se dejan ver, tampoco se dejan ver aquellas que se estrangulan en un malogrado intento  de refinación. Nada más inaguantable que esas películas postizas y laberínticas  que andan por ahí a la caza de los espectadores sofisticados y cultos que las entiendan. Siempre los encuentran pero no es porque estos las entiendan, es porque forma parte de su pedanteria intelectual preciarse de supuestamente entender todo aquello  que los demás no entienden.

Faltan, entre los extremos de las que se dejan ver y  las que no se dejan ver, aquellas otras películas en el que el verlas no está precedido ni de una permisión ni, tampoco, de una prohibición. Son aquellas que, simple y gozosamente, se ven. Ante ellas no sentimos que se están dejando ver, como placenteramente sucede en  Red,  ni que  el verlas nos ofende. Sentimos por el contrario que su visión es el prodigioso resultado de haber aceptado una invitación que nunca se nos formuló. 

sábado, 8 de enero de 2011

Red social



TÍTULO ORIGINAL The Social Network

AÑO 2010 

DURACIÓN 120 min.    

PAÍS    Estados Unidos 

DIRECTOR David Fincher
GUIÓN Aaron Sorkin (Novela: Ben Mezrich)
MÚSICA Atticus Ross, Trent Reznor
FOTOGRAFÍA Jeff Cronenweth
REPARTO Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake, Armie Hammer, Joseph Mazzello, Max Minghella, Rashida Jones, Brenda Song, Rooney Mara, Malese Jow, Trevor Wright, Dakota Johnson, Aaron Sorkin
PRODUCTORA Sony Pictures / Michael De Luca Productions / Scott Rudin Productions / Trigger Street Productions
WEB OFICIAL http://www.laredsocial-lapelicula.com/
PREMIOS 2010: NBR - Asociación de Críticos Norteamericanos: 4 Premios, incluyendo mejor película
2010: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película, mejor director
2010: Satellite Awards: Mejor película, director, guión. 7 nominaciones
2010: Globos de Oro: 6 nominaciones, incluyendo película drama, director y guión original

GÉNERO Drama | Biográfico. Colegios & Universidad. Adolescencia. Drama judicial


Clasificación : Vale la pena

Con alguna impropiedad se suele hablar del cine de época para referirse a aquel a recrea un momento específico de la historia, bien sea mediante el relato de sucesos que para ese entonces supuestamente sucedieron, bien sea mediante la puesta en escena de una ficción acaecida en dicho momento. A Pride and Prejudice, entre nosotros Orgullo y Prejuicio, se la considera, por ejemplo, una película de época porque se instala en la Inglaterra de finales del siglo XVIII para desde allí contar, con maestría diría yo, unos entreveros de amor, pasión y decepción. Hoy, apenas en los albores del siglo XXI, se considera de época aquella película  cuya historia se desenvuelva, por tarde, en las postrimerías del siglo XIX. Es como si el sello del siglo XX ya no fuera compatible con el concepto de cine de época. Habrá que esperar - no lo haremos nosotros - otros cincuenta o cien años para que las películas con historias sucedidas en el siglo XX puedan entrar en la galería del denominado cine de época.

Ahora bien, el concepto de cine de época supera el criterio estrictamente temporal. No sólo se considera de época aquella película cuyos hechos se sucedan en tal o cual siglo. Lo que realmente la hace de época es que recoja y exprese el modo de vida imperante en un determinado momento de la historia del hombre. De época es aquella película que sirviéndose de una historia cualquiera la inserta en el abigarrado marco de unas costumbres, unos gustos, un modo de vestir, una manera de comer y, en fin, una manera de ser, de relacionarse con el otro y de encarar el desafío de la existencia cotidiana.

Bajo los anteriores parámetros sería todo un desatino decir que Red Social, la comentadísima película del  director David Fincher, es una película de época. Sin embargo y a riesgo, a deseado riesgo, de ofender los estrechos cánones de las clasificaciones, bien puede decirse que Red Social es, sobretodo, una película de época, con la obvia precisión de que es una película de esta época. Recuerdo ahora aquel diálogo de Mafalda con su papá en el que ella le pregunta que si en sus tiempos se vivía mejor que ahora y él le contesta que entonces no había armas nucleares ni tantos líos sociales y agrega “pero que querés que te diga?”y ella le dice “quería que me dijeras que estos todavía son tus tiempos, pero veo que estás medio ñac…” 

Pues bien Red Social es un retrato estremecedor de esta época y eso ya le confiere un especial significado y un gran valor. Se trata además de un retrato sin efectismos de moral y sin heroísmos postizos. David Fincher, apoyado sin duda en el extraordinario guión de Aaron Sorkin, logra una historia compacta y muy bien hilvanada acerca de la creación, crecimiento y consolidación de Facebook , la red virtual social más grande y poderosa del planeta.

La historia que pudo haber caído en endiosamientos o condenas o en tramas artificiosamente emocionantes, optó por un relato  básico y a la vez cautivante, características que vienen dadas por una sencilla y a la vez muy poderosa razón: porque esa es la dinámica y el modo de ver el mundo de aquellos que en los últimos años lo han transformado con sus visiones, sus inventos y sus creaciones. Facebook fue un chispazo elemental  para un genio de la programación. Su importancia y su enorme impacto en la manera de entender las nuevas relaciones sociales no derivan de su compleja estructura sino, bien por el contrario, de su simpleza, de esa simpleza que le viene como guante hecho a la medida para unas generaciones que lo abrevian todo, que todo lo quieren ver en las planísimas pantallas que hoy conforman, para bien o para mal vaya uno a saber, sus trepidantes y ligeros mundos.

Red Social  es una película de hoy y su acierto principal es  haber utilizado un lenguaje cinematográfico acorde con la manera como ya viene escribiéndose desde hace algún tiempo este capitulo de la historia del hombre.

Como el papá de Mafalda yo ya no sé bien si estos de ahora son mis tiempos; lo que sí sé es que los tiempos de ahora son  los que discurren fugaces por estas redes que abarcan tanto y atrapan tan poco.   

domingo, 19 de diciembre de 2010

Todas la vidas, mi vida



TÍTULO ORIGINAL Synecdoche, New York

AÑO 2008 

DURACIÓN 124 min.    

PAÍS    Estados Unidos 

DIRECTOR Charlie Kaufman
GUIÓN Charlie Kaufman
MÚSICA Jon Brion
FOTOGRAFÍA Frederick Elmes
REPARTO Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Michelle Williams, Dianne Wiest, Emily Watson, Samantha Morton, Hope Davis, Jennifer Jason Leigh, Rebecca Merle, Barbara Haas, Tim Guinee
PRODUCTORA Likely Story / Sidney Kimmel Entertainment
PREMIOS 2008: Cannes: Nominado a la Palma de Oro

GÉNERO Drama. Comedia | Teatro. Comedia dramática. Cine independiente USA

Clasificación : Vale la pena

Escribir sobre Synedoche, New York es tan difícil como escribir y memorizar su nombre, lo es tanto como verla. Se trata de una película ambiciosa que pretende abarcar lo inmenso - el drama humano del temor a la muerte - con un lenguaje áspero y con unos personajes que provocan una especie de indefinible repulsión. 

Caden Cotard, representado por el magnífico Philipp Seymour Hoffman, es un director de teatro que se sumerge en la epopeya de hacer la obra de su vida sirviéndose de la emblemática Nueva York como escenario de su codicioso trabajo.

Charlie Kaufman, el exitoso y genial  guionista  de películas como Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Adaptation y Being John Malkovich, se arriesga ahora a dirigir su propio guión y el resultado es una película amorfa que nadie se atrevería a descalificar pero que nadie, tampoco, se atrevería a amar. Tengo que usar este peligroso verbo porque una cosa es deshacerse en elogios o en sesudos análisis y otra, bien distinta, amar, simplemente amar, una película. Deshagámonos de perjuicios y admitamos que lo que realmente buscamos cuando vamos al cine es enamorarnos de lo que vemos. No me refiero por supuesto a la atracción almibarada o al corazón flechado; me refiero a esa perturbadora fascinación que se nos instala por dentro cuando una película nos llega; cuando, literalmente hablando, una película nos embarga. Synedoche New York es una película inteligente que se despega de los códigos tradicionales del lenguaje cinematográfico.  Cotard, su personaje central, no es ni el apuesto bueno ni el siniestro malo. Es, por el contrario, vulgar y cotidiano. Y su historia, ecléctica y confusa, pareciera elaborada para hastiar al espectador, para derrotarlo en los primeros minutos o, quizás, para probar su capacidad de asimilar un lenguaje cuya estética no pertenece a los canones tradicionales. Por todo lo anterior y quizás por mucho más, Synedoche New York es una de esas pocas películas que, sin quererlas,  se las encomia; una de aquellas cuya genialidad se reconoce pero también una de aquellas que no se empacan en la valija ni de las películas imprescindibles ni, menos aún,  en la de las amadas.

Podrá decirse, con toneladas de razón, que son películas como Synedoche New York las que al romper los moldes habituales de la creación, marcan nuevas pautas en el hacer y en el ver el cine. Puede que así sea. No lo sé.  Por lo pronto yo sigo en mi empeño, pueril y básico seguramente, de ir buscando películas de las cuales enamorarme y me atrevo a pensar que son aquellas donde la genialidad de sus guionistas, directores y actores le cede el puesto protagónico a una historia de la que podamos  - con dolor o con placer o con ambos -  apropiarnos. Películas en las que la complejidad es capaz de agazaparse tras una cautivadora simplicidad. Esa es, pienso yo, la verdadera genialidad.    

jueves, 2 de diciembre de 2010

LONDON RIVER




TÍTULO ORIGINAL London River

AÑO 2009 

DURACIÓN 87 min.    

PAÍS España    

DIRECTOR Rachid Bouchareb
GUIÓN Rachid Bouchareb, Olivier Lorelle, Zoé Galeron
MÚSICA Armand Amar
FOTOGRAFÍA Jérôme Alméras
REPARTO Brenda Blethyn, Sotigui Kouyate, Roschdy Zem, Sami Bouajila, Bernard Blancan, Marc Bayliss, Gareth Randall
PRODUCTORA Coproducción Argelia-Francia-GB
PREMIOS 2009: Festival de Berlín: Mejor actor (Sotigui Kouyaté). Nominada al Oso de Oro.

GÉNERO Drama | Terrorismo. Amistad

Clasificación : Vale la pena

Toda película se construye sobre sus personajes. Es inevitable y  deseable que así sea. En algunos pocos casos aquellos se desdibujan y le ceden el lugar protagónico a un relato  que parecería capaz de subsistir sin ellos.  No es fácil deslindar a los personajes del relato que encarnan ni a este de aquellos. Los personajes hacen que el relato sea lo que es y el relato, a su vez, perfila a los personajes  imprimiéndoles el carácter que el propio relato necesita para hacerse a sí mismo. Es una simbiosis que por no obvia deja de ser maravillosa.

En London River  los personajes  alcanzan tal fuerza y vigor que se convierten, por encima de los sucesos que les sirven de escenario, en la propia esencia narrativa de la película.  


El 7 de julio de 2005 Londres sufre dos ataques terroristas en los que mueren decenas de personas. London River no es una película sobre ese trágico evento es, en cambio, una película sobre un par de seres humanos, diversos y distantes,  que se enteran de los ataques y temen por la suerte de sus respectivos hijos. Ambos emprenden el sendero incierto de la búsqueda  sin saber que la unión desconocida de sus hijos será el factor que los llevará a su propia, inusual e inesperada unión.

Ella,  encarnada por Brenda Blethyn, es la madre de la hija desaparecida.  Mujer que ya en el ocaso de su vida se ha dedicado a las labores de la tierra y que se dice, más  por tradición que por convicción, profundamente cristiana. El, interpretado magistralmente por Sotiqui Kouyate, es el padre del hijo desaparecido. Su oficio, exótico y poético, es cuidar un bosque y particularmente sus moribundos olmos. Ella inglesa, él africano; ella cristiana el musulmán; ella el paradigma de una madre occidental, solitaria y afligida; él es una especie de rasta sexagenario que a fuerza de cuidar olmos ha terminado pareciéndose a uno muy lánguido de ellos.

Cuando en medio de la búsqueda angustiada se enteran de que sus hijos son pareja, empiezan a recorrer juntos la ruta estrecha de la esperanza. Ella al principio se resiste. No puede ser que su hija conviva - o quizás haya convivido - con un musulmán  y que  ella tenga ahora que buscarla en compañía de un hombre andrajoso y de pelo demasiado largo. El, por el contrario, desde un comienzo se muestra receptivo y abierto. Sólo quiere encontrar al hijo que desde muy temprano abandonó. Muy pronto ella renunciará a sus prevenciones y lo que antes fuera recelo se convertirá en esa solidaridad  que genera compartir un mismo dolor.

El trabajo de Rachid Bouchareb, el director de London River privilegia, quizás en demasía, la presencia de estos dos personajes. Son ambos tan centrales y unívocos que el drama compartido los hace un tanto irreales. No se puede negar que la relación que entre ambos se construye es, en medio de la tragedia, a la vez que triste reconfortante. El drama que ambos viven los despoja, especialmente a ella, de ese necio equipaje de prejuicios con el que la cultura, incluida la religiosa, suele cargar al ser humano.  Sin embargo a una película no la hace la trascendencia de su mensaje ni la ternura de sus personajes. A una película la hace una conjunción compleja de elementos en la que todos ellos  conforman un espiral de causas y efectos. 

De London River se sale satisfecho porque sus protagonistas logran unas actuaciones sobresalientes y porque a través de sus personajes uno vuelve a entender que en medio de tanta diferencia, ante el dolor y la esperanza solo nos queda reconocernos, más allá de los credos y los colores, como seres humanos. .

No sé si la función primordial del cine sea entretenernos o formarnos o simplemente contarnos algo. Yo siempre he pensado, de seguro por mis fantasmas literarios, que el cine está hecho para contarnos historias. La entretención y la formación son unos derivados valiosos pero siempre accidentales. Y es por esperar siempre del cine el había una vez  que de London River salí, si bien satisfecho e incluso emocionado, con el sutil  sinsabor de la historia que nunca fue contada.

RABIA



TÍTULO ORIGINAL Rabia

AÑO 2009 

DURACIÓN 95 min.    

PAÍS  España   

DIRECTOR Sebastián Cordero
GUIÓN Sebastián Cordero (Novela: Sergio Bizzio)
MÚSICA Lucio Godoy
FOTOGRAFÍA Enrique Chediak
REPARTO Martina García, Gustavo Sánchez Parra, Concha Velasco, Icíar Bollaín, Àlex Brendemühl, Fernando Tielve, Yon González, Xabier Elorriaga
PRODUCTORA Coproducción España-México-Colombia; Telecinco Cinema / Think Studio / Dynamo
PREMIOS 2010: Festival de Málaga: Biznaga de Oro a la mejor película y 3 premios más

GÉNERO Thriller. Drama. Romance

Clasificación : Vale la pena

Aunque pudo haberlo sido, Rabia no es una película que denuncie la discriminación y el mal trato a los que suelen verse sometidos en España los inmigrantes suramericanos. No obstante ser este el contexto de su trama, Rabia optó por adentrarse en la psicosis de un hombre inestable, carcomido por los celos que después de matar accidentalmente a su jefe, un capataz de la construcción, se refugia en la casa donde su novia trabaja como empleada del servicio.

No se trata, sin embargo, de una historia de complicidad amorosa porque Rosa (Martina García), así se llama ella, no sabe que su novio, José María (Gustavo Sánchez Parra) se oculta como una rata en el altillo de la inmensa casa. Es, por el contrario,  una historia contenida de tensión, rabia y amor. De contenida tensión porque no es un thriller clásico de suspenso pero sí mantiene al espectador expectante por la posibilidad, siempre inminente, de que descubran a José María; de contenida rabia, no porque ofendan los vulgares devaneos que todos tienen con Rosa, sino porque duele - y enamora también -   que sea en ella, noble y frágil, que converjan los desvaríos de unos hombres obnubilados con la sencillez de su belleza y de contenido amor porque tampoco se deja seducir por el facilismo de un romance heroico o tortuoso sino que prefiere conformarse con la insinuación de un amor ordinario capaz de enormes sacrificios.

Gustavo Sánchez Parra logra una actuación soberbia muy bien secundado por una cámara que capta esa mirada herida y asustadiza que entra y sale de la penumbra de sus estrechos escondidijos. Sánchez Ibarra actúa con la mirada y es impresionante su transformación física. Más allá de lo que pueda hacer el maquillaje, es evidente el adelgazamiento forzado al que debió someterse el actor mejicano, recordado por la inolvidable Amores perros,  para encarnar a ese hombre sometido a los demoledores efectos del hambre, el odio y el silencio.

Martina García encaja perfectamente en su papel. Rosa es una desconcertante mezcla de humildad y coraje y su discreta belleza parece venir de dentro, del dolor que siente, de un pasado abandonado abruptamente y de esos encuentros precipitados que en su sentir elemental se llaman amor. Rosa tiene la distinción de la sencillez y la cámara aprovecha muy bien esa presencia que rompe con muchos de los paradigmas asociados a la belleza femenina.

Y está, junto a ellos, al servicio de ellos e incluso por encima de ellos, la casa. Rabia es especialmente un tributo a ese espacio - sentido infantilmente siempre como inmenso -  atiborrado de cosas e historias llamado casa. Rabia pudo haberse llamado  La casa porque todo acontece en ella y porque todo pudo haber acontecido allí por la infinidad de sus espacios, por sus interminables recovecos,  por sus olores adheridos a las paredes y los muebles y por todos esos objetos que han ido acumulando con el paso del tiempo el testimonio mudo de las historias vistas. La casa de Rabia es la casa de los padres, esa suerte de casa museo donde todo envejece llevándose consigo la memoria inútil de lo que un día se creyó importante.

La cámara de Rabia se extasía en la casa. La recorre de arriba abajo y de abajo arriba. José María esta recluido en ella porque su única posibilidad absurda de libertad se la da su encierro en ella. Rosa dejó su casa al otro lado del océano y esta, inmensa y ajena, es ahora la suya o lo es por lo menos su habitación estrecha. Para los jefes de Rosa la casa es el escenario obligado de sus discordias otoñales y, también, el escenario que les recuerda que sólo se tienen el uno al otro y para sus hijos la casa paterna es y será por siempre ese referente impreciso de que alguna vez fueron niños.

Como toda gran casa, la casa de Rabia nos permite ver sin ser vistos, hablar sin ser oídos, hacer sin que nadie sepa que hemos hecho. Haciéndonos creer todo eso es la casa misma la que se queda con lo que vimos, oímos o hicimos y se lo guarda hasta ese incierto momento en el que las cosas y las historias terminan  revelándose solas porque no otro es el destino inevitable de todo secreto.