FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

domingo, 19 de diciembre de 2010

Todas la vidas, mi vida



TÍTULO ORIGINAL Synecdoche, New York

AÑO 2008 

DURACIÓN 124 min.    

PAÍS    Estados Unidos 

DIRECTOR Charlie Kaufman
GUIÓN Charlie Kaufman
MÚSICA Jon Brion
FOTOGRAFÍA Frederick Elmes
REPARTO Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Michelle Williams, Dianne Wiest, Emily Watson, Samantha Morton, Hope Davis, Jennifer Jason Leigh, Rebecca Merle, Barbara Haas, Tim Guinee
PRODUCTORA Likely Story / Sidney Kimmel Entertainment
PREMIOS 2008: Cannes: Nominado a la Palma de Oro

GÉNERO Drama. Comedia | Teatro. Comedia dramática. Cine independiente USA

Clasificación : Vale la pena

Escribir sobre Synedoche, New York es tan difícil como escribir y memorizar su nombre, lo es tanto como verla. Se trata de una película ambiciosa que pretende abarcar lo inmenso - el drama humano del temor a la muerte - con un lenguaje áspero y con unos personajes que provocan una especie de indefinible repulsión. 

Caden Cotard, representado por el magnífico Philipp Seymour Hoffman, es un director de teatro que se sumerge en la epopeya de hacer la obra de su vida sirviéndose de la emblemática Nueva York como escenario de su codicioso trabajo.

Charlie Kaufman, el exitoso y genial  guionista  de películas como Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Adaptation y Being John Malkovich, se arriesga ahora a dirigir su propio guión y el resultado es una película amorfa que nadie se atrevería a descalificar pero que nadie, tampoco, se atrevería a amar. Tengo que usar este peligroso verbo porque una cosa es deshacerse en elogios o en sesudos análisis y otra, bien distinta, amar, simplemente amar, una película. Deshagámonos de perjuicios y admitamos que lo que realmente buscamos cuando vamos al cine es enamorarnos de lo que vemos. No me refiero por supuesto a la atracción almibarada o al corazón flechado; me refiero a esa perturbadora fascinación que se nos instala por dentro cuando una película nos llega; cuando, literalmente hablando, una película nos embarga. Synedoche New York es una película inteligente que se despega de los códigos tradicionales del lenguaje cinematográfico.  Cotard, su personaje central, no es ni el apuesto bueno ni el siniestro malo. Es, por el contrario, vulgar y cotidiano. Y su historia, ecléctica y confusa, pareciera elaborada para hastiar al espectador, para derrotarlo en los primeros minutos o, quizás, para probar su capacidad de asimilar un lenguaje cuya estética no pertenece a los canones tradicionales. Por todo lo anterior y quizás por mucho más, Synedoche New York es una de esas pocas películas que, sin quererlas,  se las encomia; una de aquellas cuya genialidad se reconoce pero también una de aquellas que no se empacan en la valija ni de las películas imprescindibles ni, menos aún,  en la de las amadas.

Podrá decirse, con toneladas de razón, que son películas como Synedoche New York las que al romper los moldes habituales de la creación, marcan nuevas pautas en el hacer y en el ver el cine. Puede que así sea. No lo sé.  Por lo pronto yo sigo en mi empeño, pueril y básico seguramente, de ir buscando películas de las cuales enamorarme y me atrevo a pensar que son aquellas donde la genialidad de sus guionistas, directores y actores le cede el puesto protagónico a una historia de la que podamos  - con dolor o con placer o con ambos -  apropiarnos. Películas en las que la complejidad es capaz de agazaparse tras una cautivadora simplicidad. Esa es, pienso yo, la verdadera genialidad.    

jueves, 2 de diciembre de 2010

LONDON RIVER




TÍTULO ORIGINAL London River

AÑO 2009 

DURACIÓN 87 min.    

PAÍS España    

DIRECTOR Rachid Bouchareb
GUIÓN Rachid Bouchareb, Olivier Lorelle, Zoé Galeron
MÚSICA Armand Amar
FOTOGRAFÍA Jérôme Alméras
REPARTO Brenda Blethyn, Sotigui Kouyate, Roschdy Zem, Sami Bouajila, Bernard Blancan, Marc Bayliss, Gareth Randall
PRODUCTORA Coproducción Argelia-Francia-GB
PREMIOS 2009: Festival de Berlín: Mejor actor (Sotigui Kouyaté). Nominada al Oso de Oro.

GÉNERO Drama | Terrorismo. Amistad

Clasificación : Vale la pena

Toda película se construye sobre sus personajes. Es inevitable y  deseable que así sea. En algunos pocos casos aquellos se desdibujan y le ceden el lugar protagónico a un relato  que parecería capaz de subsistir sin ellos.  No es fácil deslindar a los personajes del relato que encarnan ni a este de aquellos. Los personajes hacen que el relato sea lo que es y el relato, a su vez, perfila a los personajes  imprimiéndoles el carácter que el propio relato necesita para hacerse a sí mismo. Es una simbiosis que por no obvia deja de ser maravillosa.

En London River  los personajes  alcanzan tal fuerza y vigor que se convierten, por encima de los sucesos que les sirven de escenario, en la propia esencia narrativa de la película.  


El 7 de julio de 2005 Londres sufre dos ataques terroristas en los que mueren decenas de personas. London River no es una película sobre ese trágico evento es, en cambio, una película sobre un par de seres humanos, diversos y distantes,  que se enteran de los ataques y temen por la suerte de sus respectivos hijos. Ambos emprenden el sendero incierto de la búsqueda  sin saber que la unión desconocida de sus hijos será el factor que los llevará a su propia, inusual e inesperada unión.

Ella,  encarnada por Brenda Blethyn, es la madre de la hija desaparecida.  Mujer que ya en el ocaso de su vida se ha dedicado a las labores de la tierra y que se dice, más  por tradición que por convicción, profundamente cristiana. El, interpretado magistralmente por Sotiqui Kouyate, es el padre del hijo desaparecido. Su oficio, exótico y poético, es cuidar un bosque y particularmente sus moribundos olmos. Ella inglesa, él africano; ella cristiana el musulmán; ella el paradigma de una madre occidental, solitaria y afligida; él es una especie de rasta sexagenario que a fuerza de cuidar olmos ha terminado pareciéndose a uno muy lánguido de ellos.

Cuando en medio de la búsqueda angustiada se enteran de que sus hijos son pareja, empiezan a recorrer juntos la ruta estrecha de la esperanza. Ella al principio se resiste. No puede ser que su hija conviva - o quizás haya convivido - con un musulmán  y que  ella tenga ahora que buscarla en compañía de un hombre andrajoso y de pelo demasiado largo. El, por el contrario, desde un comienzo se muestra receptivo y abierto. Sólo quiere encontrar al hijo que desde muy temprano abandonó. Muy pronto ella renunciará a sus prevenciones y lo que antes fuera recelo se convertirá en esa solidaridad  que genera compartir un mismo dolor.

El trabajo de Rachid Bouchareb, el director de London River privilegia, quizás en demasía, la presencia de estos dos personajes. Son ambos tan centrales y unívocos que el drama compartido los hace un tanto irreales. No se puede negar que la relación que entre ambos se construye es, en medio de la tragedia, a la vez que triste reconfortante. El drama que ambos viven los despoja, especialmente a ella, de ese necio equipaje de prejuicios con el que la cultura, incluida la religiosa, suele cargar al ser humano.  Sin embargo a una película no la hace la trascendencia de su mensaje ni la ternura de sus personajes. A una película la hace una conjunción compleja de elementos en la que todos ellos  conforman un espiral de causas y efectos. 

De London River se sale satisfecho porque sus protagonistas logran unas actuaciones sobresalientes y porque a través de sus personajes uno vuelve a entender que en medio de tanta diferencia, ante el dolor y la esperanza solo nos queda reconocernos, más allá de los credos y los colores, como seres humanos. .

No sé si la función primordial del cine sea entretenernos o formarnos o simplemente contarnos algo. Yo siempre he pensado, de seguro por mis fantasmas literarios, que el cine está hecho para contarnos historias. La entretención y la formación son unos derivados valiosos pero siempre accidentales. Y es por esperar siempre del cine el había una vez  que de London River salí, si bien satisfecho e incluso emocionado, con el sutil  sinsabor de la historia que nunca fue contada.

RABIA



TÍTULO ORIGINAL Rabia

AÑO 2009 

DURACIÓN 95 min.    

PAÍS  España   

DIRECTOR Sebastián Cordero
GUIÓN Sebastián Cordero (Novela: Sergio Bizzio)
MÚSICA Lucio Godoy
FOTOGRAFÍA Enrique Chediak
REPARTO Martina García, Gustavo Sánchez Parra, Concha Velasco, Icíar Bollaín, Àlex Brendemühl, Fernando Tielve, Yon González, Xabier Elorriaga
PRODUCTORA Coproducción España-México-Colombia; Telecinco Cinema / Think Studio / Dynamo
PREMIOS 2010: Festival de Málaga: Biznaga de Oro a la mejor película y 3 premios más

GÉNERO Thriller. Drama. Romance

Clasificación : Vale la pena

Aunque pudo haberlo sido, Rabia no es una película que denuncie la discriminación y el mal trato a los que suelen verse sometidos en España los inmigrantes suramericanos. No obstante ser este el contexto de su trama, Rabia optó por adentrarse en la psicosis de un hombre inestable, carcomido por los celos que después de matar accidentalmente a su jefe, un capataz de la construcción, se refugia en la casa donde su novia trabaja como empleada del servicio.

No se trata, sin embargo, de una historia de complicidad amorosa porque Rosa (Martina García), así se llama ella, no sabe que su novio, José María (Gustavo Sánchez Parra) se oculta como una rata en el altillo de la inmensa casa. Es, por el contrario,  una historia contenida de tensión, rabia y amor. De contenida tensión porque no es un thriller clásico de suspenso pero sí mantiene al espectador expectante por la posibilidad, siempre inminente, de que descubran a José María; de contenida rabia, no porque ofendan los vulgares devaneos que todos tienen con Rosa, sino porque duele - y enamora también -   que sea en ella, noble y frágil, que converjan los desvaríos de unos hombres obnubilados con la sencillez de su belleza y de contenido amor porque tampoco se deja seducir por el facilismo de un romance heroico o tortuoso sino que prefiere conformarse con la insinuación de un amor ordinario capaz de enormes sacrificios.

Gustavo Sánchez Parra logra una actuación soberbia muy bien secundado por una cámara que capta esa mirada herida y asustadiza que entra y sale de la penumbra de sus estrechos escondidijos. Sánchez Ibarra actúa con la mirada y es impresionante su transformación física. Más allá de lo que pueda hacer el maquillaje, es evidente el adelgazamiento forzado al que debió someterse el actor mejicano, recordado por la inolvidable Amores perros,  para encarnar a ese hombre sometido a los demoledores efectos del hambre, el odio y el silencio.

Martina García encaja perfectamente en su papel. Rosa es una desconcertante mezcla de humildad y coraje y su discreta belleza parece venir de dentro, del dolor que siente, de un pasado abandonado abruptamente y de esos encuentros precipitados que en su sentir elemental se llaman amor. Rosa tiene la distinción de la sencillez y la cámara aprovecha muy bien esa presencia que rompe con muchos de los paradigmas asociados a la belleza femenina.

Y está, junto a ellos, al servicio de ellos e incluso por encima de ellos, la casa. Rabia es especialmente un tributo a ese espacio - sentido infantilmente siempre como inmenso -  atiborrado de cosas e historias llamado casa. Rabia pudo haberse llamado  La casa porque todo acontece en ella y porque todo pudo haber acontecido allí por la infinidad de sus espacios, por sus interminables recovecos,  por sus olores adheridos a las paredes y los muebles y por todos esos objetos que han ido acumulando con el paso del tiempo el testimonio mudo de las historias vistas. La casa de Rabia es la casa de los padres, esa suerte de casa museo donde todo envejece llevándose consigo la memoria inútil de lo que un día se creyó importante.

La cámara de Rabia se extasía en la casa. La recorre de arriba abajo y de abajo arriba. José María esta recluido en ella porque su única posibilidad absurda de libertad se la da su encierro en ella. Rosa dejó su casa al otro lado del océano y esta, inmensa y ajena, es ahora la suya o lo es por lo menos su habitación estrecha. Para los jefes de Rosa la casa es el escenario obligado de sus discordias otoñales y, también, el escenario que les recuerda que sólo se tienen el uno al otro y para sus hijos la casa paterna es y será por siempre ese referente impreciso de que alguna vez fueron niños.

Como toda gran casa, la casa de Rabia nos permite ver sin ser vistos, hablar sin ser oídos, hacer sin que nadie sepa que hemos hecho. Haciéndonos creer todo eso es la casa misma la que se queda con lo que vimos, oímos o hicimos y se lo guarda hasta ese incierto momento en el que las cosas y las historias terminan  revelándose solas porque no otro es el destino inevitable de todo secreto. 

martes, 30 de noviembre de 2010

Un hombre solo


TÍTULO ORIGINAL A Single MaN

AÑO 2009 

DURACIÓN 99 min.    

PAÍS    Estados Unidos

DIRECTOR Tom Ford

GUIÓN Tom Ford, David Scearce (Novela: Christopher Isherwood)
MÚSICA Abel Korzeniowski
FOTOGRAFÍA Eduard Grau
REPARTO Colin Firth, Julianne Moore, Matthew Goode, Ginnifer Goodwin, Nicholas Hoult, Paulette Lamori, Jon Kortajarena
PRODUCTORA Artina Films / Depth of Field / Fade to Black Productions
PREMIOS 2009: Nominada al Oscar: Mejor actor (Colin Firth)
2009: 3 nominaciones Globos de Oro: Actor drama (Firth), actriz secundaria (Moore), bso
2009: BAFTA: Mejor actor (Colin Firth). 2 nominaciones
2009: Festival de Venecia: Copa Volpi Mejor Actor (Colin Firth)

GÉNERO Drama | Homosexualidad. Años 60

Clasificación : Vale la pena

George Falconer (Colin Firth) es un profesor universitario que a comienzos de los años sesenta busca superar el vacío que dejó en su vida la muerte de su pareja.  George Falconer (Colin Firth) es un profesor universitario, gay,  que a comienzos de los años sesenta busca superar el vacío que dejó en su vida la muerte de Jim (Mathew Goods), su pareja. La segunda frase precisa la condición sexual del sujeto y sólo con eso le imprime a la situación un tono totalmente distinto a aquella otra que esta misma tendría si George hubiera sido, en aquel convulso 1962, un heterosexual afligido por la muerte de su pareja.

Un hombre solo es una sucesión de cuadros delineados con la delicadeza de un pincel que retrata la obsesión de un hombre que se ha quedado solo y que decide exponerse al daño premeditado que siempre provoca el  endiosamiento del ser amado que ya no está a nuestro lado. La película tiene la finura estética que suele rodear el mundo gay pero es precisamente este esteticismo refinado el que termina opacando una historia que se prestaba para mucho más que para el lucimiento de una cámara extasiada en esa atmósfera sin par que fue el ambiente irreverente y vanguardista de los años sesenta.

La estética del cine es distinta a la estética de la pintura o a la de la escultura. Cuando una película se rinde al culto de la imagen bella, es la imagen bella la que termina sacrificando la película. En el cine el  preciosismo es un peligroso espejismo porque cuando el trabajo narrativo se abandona para  emprender la ruta de la imagen perfecta, estamos volviendo al cine el mal amago de una pintura o el pastiche de una  escultura. En el cine la estética está más ligada a la historia contada  que a la belleza misma de los elementos de los que se vale el cine para contarla. Hay películas, no pocas, que se extasían en la imagen y creen que por ello habrán de merecer el título de bellas. Bella quizás podrá llegar a ser la imagen pero la belleza de la película proviene, no del refinamiento estético de sus cuadros,  sino  de la historia subyacente que bien puede  ser horripilante, desesperanzada o simplemente fea.

Un hombre solo deslumbra por la belleza de sus spots, por su más que esmerado manejo de los colores y especialmente por su impecable reproducción del ambiente de los años sesenta.  Cada detalle transporta y con sus cuadros podría hacerse  una sofisticada galería de la época. Sin embargo esto no la hace ni una bella, ni una buena película. La hace, con los méritos y las limitaciones que ello implica, una película de imágenes bellas, una película de una sobresaliente fotografía y, por supuesto, una película que agrada por el solaz que siempre provoca en los ojos y en el alma toda  expresión bien lograda de lo bello. 

Lo anterior no impide que en una película a  la sucesión hilvanada de bellas imágenes la soporte una buena historia  y que la belleza de aquellas quede al servicio de la historia de forma tal que sea la contundencia de esta última la que justifique la belleza de aquéllas y no a la inversa. Cuando sea este el orden de la  simbiosis estética estaremos ante una buena película, cuando sea el contrario estaremos ante un collage de bellas imágenes pero no necesariamente ante una buena película.

Un hombre solo es un desfile muy bien logrado de imágenes bonitas. Pienso, por ejemplo, en la escena en la que George conversa con un joven español. Ambos se recuestan contra el carro y mientras fuman los inunda la luz de un sol vespertino que  termina estrellándose contra un muro  que les sirve  de telón. Así como esta son todas las imágenes de la película y sin embargo es la historia misma, es la película misma, la que no logra alcanzar su propia belleza.

La actuación de Colin Firth es sobresaliente pero el personaje, como la película toda, adolece de cierta afectación que le resta fuerza y credibilidad. Firth demuestra sin embargo que las limitaciones del personaje no son las del actor y que su postulación al Oscar fue el justo reconocimiento a una actuación que soporta sobre sí todo el peso de una película que se dedicó más la orfebrería preciosista  de la imagen que a la construcción menos vistosa de una historia que cuando es buena deviene, en un plano superior de la estética, una bella historia.

El escritor oculto


TÍTULO ORIGINAL The Ghost Writer

AÑO 2010 

DURACIÓN 128 min.    

PAÍS    Alemania 

DIRECTOR Roman Polanski

GUIÓN Robert Harris, Roman Polanski (Novela: Robert Harris)
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Pawel Edelman
REPARTO Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Kim Cattrall, Tom Wilkinson, Timothy Hutton, James Belushi, Eli Wallach, Robert Pugh
PRODUCTORA Coproducción Alemania-Francia-Reino Unido-USA / RP Films / Medienboard Berlin-Brandenburg / Runteam / Studio Babelsberg / Summit International
WEB OFICIAL http://www.theghost-romanpolanski.com/site.html
PREMIOS 2010: Festival de Berlín: Oso de Plata al mejor director

GÉNERO Thriller. Intriga | Política

Clasificación : Vale la pena

Para su bien, Polanski siempre ha estado asociado al mal.  Lo ha estado porque en todas sus películas el mal es siempre una presencia sutil pero a la vez determinante. Lo ha estado porque su propia vida, tergiversada por el amarillismo de las noticias faranduleras,  siempre ha estado  emparejada con comportamientos que ofenden los cánones morales de su entorno.

En el Escritor Oculto Polanski alcanza muchos aciertos pero la película no es, toda ella, el acierto que uno espera. El ritmo de la trama envuelve sin estremecer y la historia atrae pero no  cautiva. Un escritor (Ewan McGregor) es contratado para reemplazar a un colega a quien la muerte sorprendió misteriosamente cuando escribía la biografía contratada de un ex primer ministro británico (Pierce Brosnan). Tan pronto inicia su tarea el sofisticado amanuense, se va viendo envuelto en una red de turbulencias y misterios. Como la cebolla, la realidad va despojándose de sus capas tras una verdad esquiva que al aparecer pone en evidencia el triunfo soterrado de una maldad tan discreta como efectiva.

El Escritor Oculto tiene una tensión narrativa que le impide  caer en la zona grisácea de la mediocridad.  Tiene también unas actuaciones destacadas, no memorables, que hacen que se la vea con interés y tiene, especialmente tiene, una soberbia ambientación. La casa en la que el escritor se recluye es una desconcertante mezcla de lujo, distinción, soledad, arte y encierro. Tras sus enormes  ventanales hay un viento y un mar de nadie que parece capaz de devorarse la verdad más honda y tras ellos, dentro de la casa, se recoge una vida postiza donde la verdad hallada es siempre el anuncio de una posible mentira.

Con la impresión que nos deja la última película de Polanski vuelve el inacabable debate sobre  el qué esperar de una película. Personalmente creo que  sobrecargarse de expectativas es un mal pasaporte para el viaje que siempre se emprende al sentarnos a ver una película. Utilizar el rasero de la excelencia como criterio de apreciación cinematográfica puede parecer señal de sofisticación y conocimiento pero también puede implicar el inevitable deslucimiento de casi todo cuanto pueda verse. En el cine, como en tantas otras cosas de la vida,  el distanciamiento de la excelencia puede verse de dos formas: una primera, despreciativa,  que considera que tal distancia demerita al objeto que se aparta de la excelencia y otra que ve en ese distanciamiento una condición  condigna de valoración y estima. Lo que se distancia puede estar aproximándose y ese intento de aproximación es, a su manera,  una discreta forma de excelencia. No pretendo decir que lo malo o lo mediocre sean buenos por la potencialidad  que lo uno y lo otro tuvieron en algún momento de ser lo bueno. A lo que quiero apelar y lo que a la vez quiero rescatar y valorar es el esfuerzo creativo que pudo no haber alcanzado la cumbre pero que en su intento logró un trabajo que debe ser degustado por el trayecto recorrido y no lamentado por el trayecto que no logró recorrer.

Es por lo que acabo de decir que me incomodan esas pretenciosas notas críticas que  no son  más que un precario ejercicio de auto alabanza; notas en las que su autor valora más lo que no se alcanzó que lo alcanzado;  quien  así valora una película  lo que quiere dejar en claro es que él si sabe qué es lo perfecto y como alcanzarlo y por saberlo puede erigirse en el juez ácido de lo imperfecto. Lo lamentable de una actitud tan común como esta es que se convierte en un espiral absorbente donde el gran sacrificado es el placer, elemental y primario, que nos depara el cine. Cuando ver el cine se convierte en un malabarismo intelectual del que se pretenden réditos de respeto y reconocimiento, es al cine mismo al que estamos despojando de su más íntima y valiosa esencia: la indefinible  capacidad de un estremecimiento.

Yo creo que el Escritor Oculto es, sin más, la película que es y por sus méritos narrativos, actorales y de ambientación alcanza, en los estantes cinematográficos, un lugar privilegiado. Lo que pudo faltarle no la hace incompleta. Lo que pudo faltarle de alguna forma la completa en esa suerte de inevitable imperfección que siempre habrá de rodear la creación humana sugiriéndole, vaya uno a saber a qué distancia, la proximidad deseable de la indeseable perfección.   

lunes, 29 de noviembre de 2010

Origen


TÍTULO ORIGINAL Inception

AÑO 2010 

DURACIÓN 148 min.    

PAÍS    Estados Unidos 

DIRECTOR Christopher Nolan
GUIÓN Christopher Nolan
MÚSICA Hans Zimmer
FOTOGRAFÍA Wally Pfister
REPARTO Leonardo DiCaprio, Ken Watanabe, Joseph Gordon-Levitt, Marion Cotillard, Ellen Page, Tom Hardy, Cillian Murphy, Tom Berenger, Michael Caine, Dileep Rao, Lukas Haas, Pete Postlethwaite, Talulah Riley, Miranda Nolan
PRODUCTORA Warner Bros. Pictures / Legendary Pictures / Syncopy Production
WEB OFICIAL http://wwws.warnerbros.es/inception/

GÉNERO Ciencia ficción. Thriller. Intriga | Thriller futurista

Clasificación : Vale la pena

Debió pasarme algo esa noche. Llegué a ver Origen cargado de buenas expectativas. Christopher Nolan me parece un gran director y creo que logró con Batman, mi super héroe favorito, un trabajo implecable; Di Caprio, después del sobrevalorado oropel de Titanic, ha demostrado ser un actor sobresaliente y la idea  de meterse en los sueños y entretejer con ellos intrigas y suspensos de siempre reservados a la vigilia, conformaban una mezcla que auguraba lo mejor y a lo mejor lo mejor se dio y fui yo, aquella noche, quien no lo captó, quien en lugar de dejarse envolver por una trama especialmente inteligente se sintió confundido con ella. Para no admitir que tanta inteligencia me arrolló prefiero decir lo que vengo de decir: que aquella noche debió pasarme algo….

Origen es una película contundente y muy sólida pero no estremecedora. Todos sus ingredientes - historia, actuaciones,  efectos, dirección y demás - son buenos pero la preparación que resulta de juntarlos provoca, al tiempo que una indiscutible admiración, un cierto y casi inconfensable desconcierto. Es como si Origen tuviera que gustarnos y no habernos, simple y llanamente, gustado. Ya se ha dicho otras veces y Origen obliga a hacerlo de nuevo. En el cine, en el cine perdurable,  no basta ni la inteligencia o la belleza de la historia, ni el brillo actoral de quienes la encarnan. El cine es un producto distinto a la historia que narra y a quienes con  sus actuaciones la narran; la película es, más que la historia contada, la forma de haberla contado. Uno puede salir del cine con la cabeza enmarañada de preguntas y con la certeza, enteramente racional, de que todo lo que vio fue interesante e inteligente. Eso no es garantía el haber visto una buena película. Las buenas películas no son las que informan ni, tampoco, las que forman. Las buenas son aquellas que apoyadas en una historia, cualquiera que ella sea, envuelven, acaparan, agraden, encantan, subyugan, acarician o, se me ocurre sintetizarlo así en este momento, transportan. En el buen cine hay siempre un doble viaje: el que emprendemos nosotros hacia la historia que no es contada y el que esta emprende hacia nosotros. En esos trayectos, sucesivos y a la vez simultáneos, algo en nosotros alcanza a desdibujarse por efectos de la ficción que vemos pero, paradójicamente, son también estos trayectos los que terminan conduciéndonos a algo más lúcido y auténtico.

No sé si algo me pasó la noche que fui a ver Origen. Es probable, a todos nos pasa, que estuviera cansado y que haya perdido , como siempre se la pierde, la batalla contra el sueño; también es probable, a todos nos pasa, que esa noche el sintonizador de frecuencias estuviera averiado y que los códigos enviados por la película se hubieran  extraviado. Me corrijo. Sé que algo me pasó la noche que fui a ver Origen. Esa noche, como siempre que ante mis ojos se despliega la pantalla del cine, me dispuse a esa doble travesía del irme hacia la historia abandonándome a la vez para que ella viniese hacia mí. Sucedió - eso fue lo que sucedió la noche de Origen - que la historia, con toda su inteligencia y con toda su contundencia, me llegó confusa y ajena y no pude, pese a que el tema era  más que propicio para ello, transportarme con ella.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Una pareja explosiva



TÍTULO ORIGINAL Knight and Day (Knight & Day)

AÑO 2010 

DURACIÓN 110 min.    

PAÍS    Sección visual 

DIRECTOR James Mangold
GUIÓN Patrick O'Neill, Dana Fox, Scott Frank, Laeta Kalogridis, James Mangold
MÚSICA John Powell
FOTOGRAFÍA Phedon Papamichael
REPARTO Tom Cruise, Cameron Díaz, Peter Sarsgaard, Paul Dano, Jordi Mollá, Maggie Grace, Marc Blucas, Viola Davis, Celia Weston, Dale Dye
PRODUCTORA 20th Century-Fox / New Regency Pictures / Road Rebel / Tree Line Films / Wintergreen Productions
WEB OFICIAL http://www.knightanddaymovie.com/

GÉNERO Acción. Aventuras. Comedia

Clasificación : Buen plan

Quien lo creyera pero es difícil escribir una reseña sobre una película como Noche y día. Quizás lo difícil sea escribir algo distinto a esa crítica barata que se ufana diciendo que  películas como esta no son más que  un anodino entretenimiento de crispetas.

Juntos, la noche y el día, hacen el día completo; reunidos son el tiempo  consolidado en esa unidad que amalgama lo misterioso de la noche con lo lúcido del día. Fue de la mano de esta idea del contraste que provocan noche y día que se han hecho películas como la coreana Noche y día de Hong Sang-soo (2008) ; la sueca   Día y Noche  de Simon Staho , de igual nombre que esta última, la china dirigida por Wang Chao y la inolvidable Night and day con Cary Grant en el año 46

En la película de Cruise y Cameron Diaz uno no entiende el porqué de un título al que siempre se le asocia con la continuidad, con una suerte de frágil eternidad. Lo único que en esta película pudiera explicar su título es que Cruise y Cameron parecen estar condenados, felizmente condenados, a estar siempre juntos en un remolino de aventuras que son, sobre todo por ella, más hilarantes que trepidantes. Habrá sido por esta falta de correlación entre el título y la historia que acá en Colombia se la títuló Una pareja explosiva. Aunque siempre he sido un recio crítico de nuestras traducciones tengo que reconocer que, al menos por esta vez, el título escogido fue, con todo y su inevitable cursilería, más acertado que el original.

Yo estoy  tan seguro de que el cine sobreviviría - y que bien lo haría -  sin películas como esta, como seguro también estoy de que para sobrevivir el cine necesita películas como esta. En el cesto universal del cine debe haber de todo porque es el contraste el que mejor permite la definición, por diferenciación,  de las texturas, los ritmos, los tonos, los snetidos y los colores. Queremos mucho algunas películas porque habiendo visto muchas otras es en  las primeras que vemos realzados los elementos que nos fascinan y enamoran. Lo bueno de la galería de las películas escogidas es que el escoger siempre supone el descartar e, incluso, el  desdeñar.

Quienes con una u otra intención escribimos sobre cine, deberíamos entender que a lado de los juicios siempre peregrinos que emitimos, hay una voz callada, desenfadada y tumultuosa que expresa ese placer que sienten los demás  frente a la pantalla grande.

Abogo y abogaré siempre por un cine pleno que lo albergue todo; que albergue tanto  lo que a mí pareciéndome mediocre a otro le resulte fascinante, como lo que a mi, pareciéndome deslumbrante,  a otro le parezca un bodrio insoportable.

Bienvenidos los cruises y las díaz y sus insulsas historias al   gran cesto del cine; ocuparán el lugar que les corresponde porque  de eso se encargará esa memoria infalible y colectiva que hemos ido moldeando con el paso ya de tantos años los que, con tan disímiles sentimientos y expectativas, nos sentamos a ver una película.