FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

sábado, 7 de enero de 2012

LAS AVENTURAS DE TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO







TÍTULO ORIGINALThe Adventures of Tintin: Secret of the Unicorn
AÑO2011
DURACIÓN107 min.
PAÍS
DIRECTORSteven Spielberg
GUIÓNSteven Moffat, Edgar Wright, Joe Cornish (Cómic: Hergé)
MÚSICAJohn Williams
FOTOGRAFÍAAnimation
REPARTOAnimationJamie BellAndy SerkisDaniel CraigSimon PeggNick FrostDaniel MaysToby JonesEnn ReitelJoe StarrMackenzie CrookKim StengelGad ElmalehTony CurranCary ElwesSebastian Roché
PRODUCTORAAmblin Entertainment / Paramount Pictures / Sony Pictures Entertainment
WEB OFICIALhttp://www.tintin.com/
PREMIOS2011: Globos de Oro: Nominada a Mejor largometraje de animación
2011: Premios Annie: 5 nominaciones, incluyendo Mejor película y mejor guión
2011: Satellite Awards: Mejor largometraje animación. Nominada a Mejor guión adaptado
2011: Asociación de Críticos de Los Angeles: Nominada a mejor largometraje de animación
GÉNEROAnimaciónAventuras | Cómic3-D

Calificación: Muy recomendada


El que quiera fidelidades absolutas que se quede en casa con su vieja colección de Tintines con pasta dura. Solo en ellos cada lector podrá encontrar a su Tintín de siempre, el de  la voz que coincide con la que la imaginación le imprimió y el del espíritu forjado por el propio lector cuando de joven o de niño se encontró, para ya nunca más separarse de él,  con el joven reportero belga.

En la afición por Tintín hay de todo. Están sus seguidores fieles que más allá de las cambiantes modas siempre encuentran un inigualable solaz en volver a las aventuras de siempre. Para estos  un  Stock de Coque o  un  Tintin en el Tibet ya no son - ya nunca podrán volver a ser -  retornos a aquellas lecturas desprevenidas y apasionadas de entonces, sino más bien la serena visita a una casa conocida en las que se ofrece un  buen café. Estos aficionados ya no leen las aventuras ; se contentan con repasar las imágenes porque al hacerlo la memoria convoca, casi siempre a retazos,  esos momentos inolvidables en los que Tintín fue, en su estado más primario, emoción  pura. Hay otros que se precian de ser, con letra cursiva y todo, tintinólogos . Son una suerte de concursantes en potencia que lo saben todo, desde el nombre completo del pianista que acompaña a la Castafiore en sus giras operáticas, hasta la verdad sobre las supuestas depresiones otoñales de Hergé, el creador de Tintín.  Y los hay, como podrían ellos faltar, los que se dicen seguidores de Tintín por el status intelectual y social que da, eso piensan ellos,  decirse un fanático seguidor del periodista y su amorfo círculo de amigos. Estos últimos suelen decir, con tono jactancioso, que hay un abismo entre las versiones originales en francés que ellos tantas veces han leído y las mediocres traducciones al español. Son estos mismos lo que en las reuniones sociales comentan, con la discreción impostada de la voz baja, que ellos ya vieron, hace meses, la película de Spielberg cuando la estrenaron en Europa….

Pertenézcase o no a alguno de  estos  círculos de amigos de Tintín, lo cierto es mucha expectativa se creó en torno a  la película de Spielberg sobre el legendario personaje. Buena parte de la  espera giraba en torno a que tan fiel le sería la película al encopetado periodista y sus aventuras de papel.  Muchos decían que sacarlos, a Tintín y sus compañeros de aventuras,  de sus recuadros  era, inevitablemente, traicionarlos o, cuando menos, deformarlos. Que adosarles una voz era tanto como castrar esa posibilidad infinita de tonos que hay en los rectángulos  en los que se encierran sus parlamentos. La película llegó y llegó demostrando que las fidelidades en el cine exigen un generoso espacio de adaptación, que el cine mismo es y siempre será un ejercicio inacabable  de aproximación que en su tentativa de expresión construye, más allá de sus modelos o sus representaciones, su propia realidad.
   
Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio es, a mi juicio, una versión muy bien lograda de la famosa historieta . La dupla Spielberg – Jackson, director y productor respectivamente, logra un resultado sorprendente que muy seguramente se separa - y es inevitable que lo haga - del Tintín que muchos teníamos y seguimos teniendo adherido al alma.  Sin embargo esa separación o esa diferencia respecto de nuestras impresiones, lejos de restarle puntos a la película se los agrega porque de lo que se trataba el proyecto de Spielberg era de hacer una película de Tintín respetando al máximo el personaje pero explotándolo desde esa perspectiva individual que siempre surge a partir de las lecturas propias.  El Tintín que vemos en Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio quizás no sea nuestro Tintín pero es, sin lugar a dudas, una magnífica versión del joven periodista. Lo propio pasa con el querido Haddock, con Hernández y Fernández, con la adorable y a la vez detestable Bianca Castafiore y, por supuesto, con el entrañable Milú. El Haddock que tengo en mente, por ejemplo, no es de nariz tan protuberante ni de ojos claros  pero el Archiblado (ese es su nombre) de la película está fantástico con su desmedida afición por el whisky  y con su inigualable sartal de vituperios.

La historia de Spielberg es un muy bien logrado ensamble de varias aventuras. La trama central está tomada del Secreto del Unicornio pero no son pocos los elementos tomados del Cangrejo de las Pinzas de Oro, del Asunto Tornasol y de otras historietas. Spielberg nunca anunció la reproducción cinematográfica de una aventura determinada. Se cuenta que Spielberg habló telefónicamente con el propio Hergé y que este estuvo de acuerdo en que fuera el primero el responsable de llevar a Tintín al cine. La muerte inesperada del enigmático Hergé hizo que el acuerdo final se diera con su viuda; lo que se convino con esta fue hacer una película sobre las aventuras de Tintín, no una película sobre una determinada aventura. Spielberg tenía licencia para construir una historia que siéndole fiel a sus fuentes podía despegarse de las mismas. Así lo hizo con un acertado engranaje de tiempos que le da a la historia un muy buen ritmo y una total coherencia.

El resultado es una historia mucho más trepidante que aquellas en las que se inspira. Quienes leímos a Tintín nunca sentimos el vértigo que ahora nos transmite la película y eso, insisto, lejos de ser una infidelidad imperdonable es una adaptación que conjuga de manera magistral la esencia de la historia original y la de sus personajes  con los encantos vertiginosos de las nuevas tecnologías.  El Mo-Cap (Motion Capture) que emplea Spielberg  y a través del cual se almacenan las acciones de actores humanos para luego utilizar esa información en la animación de modelos digitales en 3D, es una herramienta fascinante que de haberla visto proyectada en la pantalla y empleada en sus criaturas,  de seguro habría estremecido al propio Hergé.  

No creo, como se ha dicho en algunas reseñas sobre la película, que tanto énfasis en la acción haya ido en detrimento de la identidad de los personajes. Los de Hergé no se caracterizan ni por sus largas meditaciones, ni por su meditabundos diálogos; de su temperamento y de sus ideales dan fe sus acciones y creo que en eso reside muy buena parte de su atracción. Así lo supo captar ese mago que es Spielberg, atento no sólo a logro estético sino al acierto comercial.  

Yo no sé que tanto pueda ser o de que tipo ser el disfrute de aquel que vea la película sin haber leído nunca una aventura de Tintín. A lo mejor el goce es total porque la historia, los paisajes  y sus personajes se imponen, por fuera de toda coordenada temporal o generacional,  sin ningún otro referente que aquel que ellos mismos generan. Para quienes tuvimos la suerte de sumergirnos  de lleno en la lectura de las  aventuras de Tintín, El Secreto del Unicornio es la confirmación, innovadora y respetuosa, de que toda obra, cuando es valiosa y perdurable,  está siempre expuesta a ese prodigio de ser, siendo ella irrepetible y única, tantas y tan diversas  obras como tantos y tan diversos sean quienes la aprecien.

Nota a deshoras: Lo único que recuerdo de un curso de cine que tomé hace ya muchos años fue una recomendación que nos dio quien lo dictaba. La película escogida fue Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almódovar y la recomendación, valiosísima, fue que nos fijáramos en la forma como se presentaban los créditos de la película; a juicio de quien nos dictó el curso eso ya decía mucho de lo que luego se vería en la película. Razón tenía el hombre y desde entonces  y cuando la película lo merece, nunca dejo de fijarme con detenimiento en este aspecto. La forma como se presentan los créditos en Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio es sencillamente espectacular. Todo un homenaje al personaje y sus aventuras; como la película misma: un tributo infielmente fiel.



domingo, 1 de enero de 2012

LA DAMA DE SHANGHAI





TÍTULO ORIGINALThe Lady From Shanghai
AÑO1947
DURACIÓN87 min.
PAÍS
DIRECTOROrson Welles
GUIÓNOrson Welles (Novela: Sherwood King)
MÚSICAHeinz Roemheld
FOTOGRAFÍACharles Lawton Jr. (B&W)
REPARTORita HayworthOrson WellesEverett SloaneGlenn AndersTed de CorsiaErskine Sanford,Gus SchillingCarl FrankLouis MerrillEvelyn EllisHarry Shannon
PRODUCTORAColumbia Pictures
GÉNEROCine negroIntriga


Calificación: Muy recomendada

Pasa en La Dama de Shanghai lo que le pasó a la cabellera de su protagonista.  De ese ondulado y largo cabello rojizo que la inmortalizó en Gilda (foto superior de esta nota), el pelo de la Hayworth se recorta y dora en La Dama de Shanghai (foto inferior de esta nota). En la película, dirigida y protagonizada por Orson Welles, sucede algo parecido a lo que le pasó al pelo de la bella y atormentada Rita. 

Los primeros minutos son todo un deleite visual que entremezcla la voz en off de Michael O’hara (Orson Welles), un marinero irlandés, con los diálogos insinuantes de los protagonistas.  La historia comienza con una travesía en  yate y el uso maestro de unos primeros planos cargados de sensibilidad y sensualidad dejan entrever las posibles honduras de un gran relato. Hasta acá, en el comienzo de La Dama de Shanghai, lo que fuera, en Gilda, el cabello ondulado  y largo de la Hayworth. A medida que la película avanza ese tono fino que tantas cosas buenas auguraba se va desliendo para cederle su espacio a una historieta – bien contada sí, pero historieta en todo caso – de aventuras.  Es acá donde la cabellera que antes caía sobre los hombros desnudos se recoge y tintura buscándole a su portadora otra expresión de su propia belleza. Una trama que pudo ser  la estremecedora  historia de amor de dos almas desoladas, se convierte de pronto en un thriller negro que pese a su buen manejo deja en la retina esa impresión, un tanto baladí,  de la impostura y el fingimiento.

En la película Rita Hayworth es Elsa la mujer de Arthur Bannister (Everett Sloane) un penalista tan afamado como extravagante. Michael O´Hara y Elsa tienen un encuentro casual en el Central Park que termina en el enfrentamiento del primero con una banda de inexpertos criminales que pretendía robar a la solitaria y bella mujer. Después de este primer encuentro y como aparente expresión de agradecimiento por haber salvado a su esposa, el enigmático Bannister contrata como miembro de su tripulación a O Hara. Vinculación que terminará en un intrincado cruce de líneas sentimentales en el que nadie es - o al menos nadie termina siendo -  aquel que parecía ser. 

Entre Michael y Elsa surge un mutuo enamoramiento. A la sombra, mordaz e irónico, el marido sigue con cuidado los devaneos de su mujer y la  aparente entereza  de su nuevo colaborador. Por su parte George Grisby (Glenn Anders), socio de Bannister,  se entromete en estos amores cruzados con una propuesta que terminará develando las intenciones verdaderas de estos enigmáticos jugadores que más bien parecen, en el símil demoledor que hace el propio O´Hara, tiburones hambrientos que terminan devorándose entre sí.

Que no sean pocas las razones que justifiquen el lugar privilegiado que en la memoria cinematográfica tiene La Dama de Shanghai, no quiere decir que ella sea, intrínsecamente hablando, una buena película. Me explico.  La sola presencia de la Hayworth es, de por sí, un cuño memorable. Su belleza, ahora tamizada y algo sobredimensionada por el paso de los años, es todo un imán de atracción. Sin embargo esta misma belleza es, en La Dama de Shanghai , un embauco de principio a fin. La Hayworth siempre parece una foto emergiendo de un magazine de modas. Tan bella como irreal, tan posuda como incapaz de tejer con los demás, en su papel de femme fatale, un hilo de comunicación verdadera.  Otro tanto sucede con los paisajes que le sirven de marco a la película. Las playas exóticas,  los grupos tropicales y los feroces cocodrilos no son más que piezas de decorado cuya inclusión un tanto forzada demerita la verosimilitud de la historia que en medio de ellas se cuenta. Y lo mismo sucede a la postre con la propia trama de La Dama de Shanghai. Welles quiso hacer memorable una historia de folletín y para ello se sirvió de no pocos recursos: su propio personaje, una mezcla curiosa  de filósofo y camorrero; la Hayworth, para entonces su verdadera mujer, clavándole  siempre su mirada   - oblicua y engañosa - a la cámara y, en general, un reparto que hizo un trabajo ciertamente caricatural y, quizás por ello mismo, perdurable. Súmesele a lo anterior el mérito del saber contar  una historia por ordinaria que sea, unos primeros planos muy bien logrados , unos diálogos penetrantes y, especialmente,   un par de esas escenas - la final de los espejos es ya un clásico del cine -  que se incrustan en la memoria colectiva haciéndose ellas mismas más importantes que la película que les sirvió de marco. 

Pero no siempre de la conjunción de tantos y tan buenos recursos resulta una buena película. En La Dama de Shanghai algo se rompe después de un comienzo brillante. No se trata, sin embargo,  de una ruptura brusca sino un quiebre discreto e, incluso, imperceptible. Es como si de espectadores expectantes pasáramos al confort visual de una entretenida aventura. Deja de importar el transfondo de los personajes y lo que ahora cautiva es la revelación, entre tantos y tan disímiles candidatos,  de quién podrá ser el impostor o el pérfido asesino. 

Welles, en todo caso, nunca será capaz de hacer una simple o entretenida aventura. Si La Dama de Shanghai se desvía de su curso original no es para extraviarse en los corredores rectilíneos de la entretención barata; opta más bien por una historia mejor contada que actuada donde el genio de su director se siente aún en medio de una historia que anunció vuelo y se quedó apenas en un buen merodeo terrestre.  

De todo lo anterior resulta una película como La Dama de Shanghai que siempre valdrá la pena ver y recomendar; una película de la que podríamos robarnos la foto – que no la actuación – de la Hayworth; una película cuyos extremos, el principio y el final, son mucho mejores que toda la trama que entre ellos acontece. Una película, en fin, que en medio de sus evidentes debilidades, tanto en lo argumental como en el plano propiamente interpretativo de sus actores,  siempre nos cautivará por esa deliciosa condescendencia que algunos tenemos, primero, con el blanco y negro y, segundo, con ese modo peculiar de contar las historias que tienen películas como La Dama de Shanghai. 

Habrá que admitir que condescendencias de este tipo ponen en evidencia no sólo un melancólico romanticismo, sino también una entrañable empatía con las princesas solitarias y con los héroes incomprendidos.  



sábado, 17 de diciembre de 2011

NAOMI UNA JOVEN Y BELLA ESPOSA


TÍTULO ORIGINALHitpartzut X
AÑO2010
DURACIÓN102 min.
PAÍS
DIRECTOREitan Tzur
GUIÓNEdna Mazya
MÚSICAAdrien Blaise
FOTOGRAFÍAShai Goldman
REPARTOMelanie PeresOrna PoratYossi PollakSuheil HaddadRami Heuberger
PRODUCTORAEZ Films / July August Productions
GÉNERODrama


Calificación: Vale la pena


Por momentos la bella Melanie Peres me recordó a Gwyneth Paltrow.  La figura espigada, la piel tan blanca y un aire entre misterioso e inalcanzable, me hicieron crear entre las dos ese puente frágil de la comparación.  En Naomi, una joven y bella esposa, la Peres es Naomi, una mujer que sin llegar a los treinta años comparte su vida con un hombre que ya bordea los sesenta.  La relación confunde y entremezcla admiración,  ternura y hastío; dos soledades distintas que se entregan al espejismo del acompañamiento, al bálsamo vespertino de las cabezas recostadas en los hombros.


Para Ilan Ben Natan (Yossi Pollak), un connotado profesor de astrofísica, el amor por Naomi no puede ser más que un acto pasivo e impotente de contemplación intelectual.  Naomi  le cuida y le consiente pero de tarde en tarde huye tras su amante dejando tras de sí ese rastro inevitable que Ilan seguirá hasta toparse de frente con una infidelidad que ya se presentía en las citas impostadas y, sobre todo, en el impertinente celular. El nudo de la historia está en la reacción que provocará en Ilan el saberse, más que engañado, inevitablemente decepcionado. La ruptura de una esperanza otoñal puede ser tan o  más devastadora que la más adolescente de las traiciones.

A medida que la película avanza uno siente que está ante una historia conocida. El hombre mayor,  la mujer menor y la incomprensión resultante. No es la primera vez, ni será tampoco la última, que el cine se acerca a este tipo de relación dispar donde , según cual sea la perspectiva del guión y la conducción del director, siempre se arriesga un pronóstico sobre la posibilidad del amor, sobre la viabilidad misma de la convivencia entre dos seres separados, más que por un montón de años, por las visiones tan diversas de la vida que consigo trae el inexorable paso del tiempo.

Pese a la veteranía de varios de sus actores principales (junto a Yossi Pollak , Orna Porat y Suheil Haddad) y al cuidadoso manejo de la cámara que ofrece unos soberbios paisajes de la bella Haifa, en Naomi se siente cierta superficialidad en el manejo del tema. Es como si Eitan Tzur, su director,  se hubiera contentado con un sobrevuelo temático sin mayores compromisos. A veces  - y esta es una de esas veces - no basta con los encuadres taciturnos ni con las melancólicas escenas; a veces es necesario llegarle más a fondo a las almas implicadas sobre todo si, como en este caso, estas han merodeado o incluso se han extraviado en los recovecos más ruines del comportamiento humano. Naomi deja pasar la oportunidad de una inmersión sicológica más profunda  y se conforma con un guión pando que pudo ir más allá de las conmociones que puede llegar a causar una infidelidad y exigirle mucho más a los actores y que pudo, también,  moderar la diferencia actoral tan marcada entre la Peres y sus compañeros de rodaje. Ella es bella, los demás son grandes. 

Naomi es una de esas películas que se deja ver con agrado pero frente a la cual uno termina preguntándose si trasladada a otros escenarios, cinematográfica o existencialmente más próximos como Nueva York o Bogotá,  mantendría su encanto y uno se contesta que quizás no, que su historia es algo plana y que, sin duda, su valor y su atracción están, más que en la historia misma, en ese tono atenuado que se le siente de principio a fin y que procede de su protagonista, un hombre que en el ocaso de su vida creyó poder apresar entre sus manos uno de esos cuerpos fugaces cuyo comportamiento celestial sólo es posible explicar en la tarima profesoral.

Eitan Tzur deja apenas sugerido que quizás sí sea posible la convivencia de dos seres separados por tantos años, pero que lo será, no por virtud de un tardío enamoramiento, sino por uno o varios de esos lazos que sin nadie preverlo se entrelazan y nos atan a los demás más allá de nuestros deseos y especialmente más allá, mucho más allá, de lo que alguna vez pensamos fueron los dictados de nuestros sueños. A lo mejor esa sea la clave no sólo de la posible convivencia entre Ilan y Naomi, sino la de cualquiera otra pareja sin importar ni los años, ni los colores, ni las culturas de quienes la conforman.

El título origina de Naomi,  Hitpartzut X alude al fenómeno cósmico que se presenta cuando dos cuerpos celestiales se aproximan. Antes que acoples lo que entonces se produce son unas erupciones energéticas que ponen en evidencia una de dos cosas: o que dichos cuerpos están diseñados para vagar por el universo sin que los unos se encuentren con los otros, o que las fuerzas de ese universo se recomponen, así sea brusca y explosivamente, cuando dichos cuerpos se encuentran.  Si el símil de título original es con nosotros y con nuestras relaciones de convivencia con el otro,  yo quiero pensar, junto con Eitan Tzur, que estamos hechos para juntarnos, así nuestros acercamientos sean siempre la implosión de unas energías cuya atracción inevitable reside, precisamente, en su diversidad.    





domingo, 27 de noviembre de 2011

Breve encuentro


TÍTULO ORIGINALBrief Encounter
AÑO1945
DURACIÓN
Trailers/Vídeos
85 min
PAÍS
DIRECTORDavid Lean
GUIÓNNoël Coward, David Lean, Anthony Havelock Allan
MÚSICARachmaninov
FOTOGRAFÍARobert Krasker (B&W)
REPARTOCelia JohnsonTrevor HowardStanley HollowayJoyce CareyCyril RaymondEverley GreggValentine Dyall
PRODUCTORACineguild
PREMIOS1946: 3 nominaciones al Oscar: Mejor director, actriz (Celia Johnson), guión
1946: Festival de Cannes: Gran Premio del Festival (Ex-aequo)
GÉNERORomanceDrama | Drama románticoMelodrama


Calificación: Muy recomendada


Películas  como el Breve encuentro de David Lean reafirman lo tanto que queremos el cine.  Llevaba - y hoy aún llevo – más de un mes sin ir a una sala de cine; además de que la cartelera atraviesa por una de sus no pocas sequías, el tráfico caótico de esta ciudad en la que no para de llover hace cada vez más difícil llegar a los teatros y, para rematar, siempre están las fatigosas rutinas que se dan sus mañas para apartarnos de lo más nos gusta. 

Fue en estos insulsos días  de abstinencia cinematográfica cuando, rentándole películas a mis hijas en la tienda de videos, me topé en el estante de películas en venta con el Breve encuentro. Caja oscura con las fotos en blanco y negro de sus protagonistas. En la parte superior la leyenda Cine Clásico y, en la inferior, 100 Películas Inolvidables. Como suelo hacer en mis compras de libros y películas, me dejé llevar por ese sutil y desinformado impulso que suele no fallar y la compré. Aquí estuvo un par de días sobre mi escritorio esperando su turno hasta que una de estas recientes noches, afuera llovía profusamente, me puse a verla. Aunque el plan de ir al cine es insustituible, a veces una película en casa puede, como me sucedió con el Breve encuentro, sobrepasarnos por entero. En este caso me topé, sin recomendaciones y sin carteleras intrusivas, con una de esas películas que nos devuelve al gusto, primario y básico, de degustar el buen cine.


Breve encuentro no es, como pudiera parecer, la historia de una infidelidad. Es la historia de dos seres humanos, casados ambos y ambos envueltos en las tibiezas hogareñas, que se topan en el bar de una estación de trenes y sin siquiera sospecharlo se hunden, placentera y angustiadamente,  en una historia de amor, ellos que ya tenían por superados esos embates del corazón. Es cierto, como no va a serlo, que le son infieles a sus respectivas parejas pero el peso de la historia no recae en  esos adulterios usualmente convulsos y apasionados, sino en el melancólico desasosiego que los envuelve por no haber domado a tiempo un potro cuyo galope, ellos siempre lo supieron, no los conduciría a ninguna parte.

Lo que atrae de Breve encuentro es su permanente contención, su soberbia discreción. Podrá decirse que su tono recatado y la discreta insinuación que se emplea a lo largo de toda la narración no son más que dicientes muestras de una época ya ida - los mediados de los cuarenta -  marcada por las devastaciones de la segunda gran guerra y por un espíritu, el inglés en este caso, para entonces aprisionado entre formalismos y tradiciones. Sin embargo y aunque la película es, en efecto, el retrato de un momento y sus circunstancias, Breve encuentro tiene una atemporalidad que hace que la ocurrencia de su trama esté ligada, antes que a un momento o a una encrucijada histórica, a la textura misma del alma humana. La manera como los personajes expresan sus sentimientos y esa fascinante y a la vez perturbadora tensión en la que se ven envueltos, son las claves que hacen de un Breve encuentro un relato cuya credibilidad sentimental pisotea sin mayor compasión los cambios a los que está expuesta, por el simple paso del tiempo, nuestra manera de amar. La historia empieza por su final y transcurre, buena parte de ella,  en una estación donde los silbidos y los humos de los trenes siempre están anunciando partidas que serán llegadas y llegadas que, hace apenas un rato y para otro,  fueron partidas.  Es la voz narradora de la propia protagonista la que nos va develando el significado de esos sucesos que ahora van desfilando ante nuestros ojos.

Sería inexacto decir que las actuaciones de Celia Johnson y Trevor Howard son impecables. Son más bien, como entonces solían serlo, unas interpretaciones un tanto forzadas con poses y miradas que nos recuerdan lo teatral y, porque no, las fotos promocionales de algún cigarrillo sin filtro. Sin embargo es precisamente  este tipo de anacrónica impostura la que le da su enorme valor a estas dos interpretaciones. Es claro que si hoy en día dos actores intentaran replicar este estilo, difícilmente llegarían más allá del tablado experimental de un teatro colegial. Otra cosa sucede en Breve encuentro. Son las miradas extasiadas, las ansias contenidas y las desolaciones imborrables las que hacen que no sólo  la historia  narrada nos penetre, sino que nos solidaricemos con esa pareja cuya alegría intuimos tan frágil y pasajera como la vida de una pompa de jabón.  No se trata de una apología de la infidelidad, como tampoco de su condena moralista. De lo que se trata Breve encuentro es de una aproximación sutil y respetuosa a la convulsión que puede llegar a generar la desestabilización de nuestra nunca dominada parcela sentimental.

Si bien a David Lean se le recuerda por epopeyas tan famosas como Doctor Zhivago, Lawrence de Arabia o El puente sobre el río Kwai, no es ningún atrevimiento decir que a todas ellas las supera el tono menor, pero perfectamente afinado, de Breve encuentro. Una película en la que, como lo dijo alguna vez el maestro Ozu, el blanco y negro demuestra como con sus  variaciones y matices se puede alcanzar, al menos en la retina del alma, un enorme colorido.

Donde quiera que sea que rebobinemos las películas que hemos visto, al volver en el recuerdo con Breve encuentro me quedo con esa imagen en la que Laura y Alec, negándose por un rato la   realidad que afuera latía, se entregaban a esa verdad que les ofrecía la pantalla grande, los jueves por la tarde, antes del inevitable regreso a la certeza opaca de sus vidas.





domingo, 6 de noviembre de 2011

EL HOMBRE DE AL LADO



TÍTULO ORIGINALEl hombre de al lado
AÑO
2009
DURACIÓN
101 min.
PAÍS
  
DIRECTORMariano CohnGastón Duprat
GUIÓNMariano Cohn, Gastón Duprat
MÚSICASergio Pangaro
FOTOGRAFÍAMariano Cohn, Gastón Duprat
REPARTORafael SpregelburdDaniel AráozEugenia AlonsoEnrique GagliesiInés BudassiLorenza AcuñaEugenio ScopelDebora ZanolliBárbara HangRuben Guzman
PRODUCTORAAleph Media
PREMIOS2010: Festival de Sundance: Mejor fotografía - Drama (World Cinema)
2010: Nominada al Goya: Mejor película hispanoamericana
GÉNERODrama. Comedia

Calificación: Muy recomendada

Todo arranca con una pared, una pared cuyas dos caras se nos muestran  simultáneamente. Mientras que a la una un mazo la golpea rítmicamente, en la otra vemos como aparecen, provocados por los sincrónicos golpes, las primeras fisuras. Es ver, como nadie lo pudiera hacer, el golpe como es dado y, a la vez, el efecto por él causado.  Una visión total recordándonos que la percepción que está al alcance de nuestros ojos es siempre una parcela incompleta de la verdad.

Tras  la historia de una discordia entre dos vecinos, El hombre de al lado es una sorna magistral sobre la incomunicación de dos hombres forrados en las autenticidades y en las imposturas que les han ido imprimiendo su entornos socio culturales. Tras un poco de luz, Víctor (Daniel Aráoz), un vendedor de carros, decide romper la pared medianera que de su apartamento da a la sofisticada casa de su vecino Leonardo (Rafael Spregelburd), un afamado diseñador y profesor universitario quien se opone al proyecto.  De entrada el contraste es evidente: vendedor de carros y diseñador–profesor universitario. En las dudosas escalas del prestigio social el primero es un oficio ordinario, de mera subsistencia material. El segundo es, en cambio, una profesión refinada, un oficio culto. Y como ellas, así son quienes las ejercen. Víctor es primario,  auténtico y agresivo; Leonardo es sofisticado, solapado e inseguro.

Con una propuesta innovadora e inteligente El hombre de al lado recorre las variables de este conflicto, aparentemente rutinario, para extraer de él un retrato de  sociedades como las nuestras - las argentinas, las colombianas, las peruanas, en fin, las hispanoamericanas -  donde lo culto se equipara a un distanciamiento de los gustos populares y la adhesión un tanto cosmética a las tendencias que traza una selecta minoría. Leonardo pasa de su voseo bonaerense al alemán y del alemán al inglés; se refiere al living, no a la sala o al cuarto de estar; bebe vino tinto en estilizadas copas y oye las últimas vanguardias de la música europea. Víctor, en cambio, es un  hombre de mates que flirtea con la mujer que se le cruce y que no tiene ningún inconveniente en bailar como le plazca en una reunión social donde todos, al verlo, sentirán vergüenza ajena y, de seguro, envidia propia.

Este conflicto entre vecinos y su trasfondo socio cultural son magistralmente abordados en El hombre de al lado . Sus directores y guionistas , Mariano Cohn y Gastón Duprat, emplean unos primeros planos que se regodean con las fisonomías y los gestos de los personajes.  


La historia es contada de una manera básica y visualmente muy limpia, casi geométrica. El ritmo del relato tiene una curiosa asociación de amplitud y luz con las formas de la casa en la que vive Leonardo, una construcción de Le Courvoisier en la Plata, Argentina. La casa que los enfrenta, la  casa que marca sus diferencias, la casa que a la postre los congrega...
  

Víctor y Leonardo son, sin duda, caricaturas. En cada uno de ellos se extreman, no obstante la sutileza con la que se lo hace, los estereotipos de dos hombres, el uno de clase media y el otro de clase alta. Es de este contrapunteo de estilos que se construye una sátira inteligente, atravesada de principio a fin por ese humor en cuya discreción radica su demoledor efecto. La caricatura bien lograda no falsea, se limita a exagerar ciertos rasgos para deformar de manera risible a quien se caricaturiza. En este sentido es probable que no haya ni Víctores ni Leonardos; sin embargo el que no los haya, lejos de invalidar a aquellos dos que vemos en la película les da, en nuestra cultura, una valía universal.

Sería una necedad emotiva decir - aunque lo sintamos y pensemos -  que preferiríamos ser como el uno o como el otro. En mi caso la inevitable predilección por Víctor radica en la autenticidad del personaje. En el caso de Leonardo es estupenda la burla que a través de él se hace de nuestro modelo del hombre culto. Lo es o, mejor,  pareciera serlo, aquel que  busca lo raro, lo que sea distinto a lo que le gusta a los demás. Culto es aquel que encuentra texturas y matices allí donde el vulgo ve colores difusos u oye simples ruidos; culto es aquel que oye ópera o blues más por el status social que da el decir que se los oye, que por el gusto primario que debieran generarle. 

Pero más allá de esta burla en torno a las tergiversaciones sociales sobre lo culto, El hombre de al lado  también se mete con el vacío existencial que suele venir aparejado con esas visiones tan sofisticadas de la vida. La familia de Leonardo, encapsulada en la joya arquitectónica de Le Courvoisier, es una muestra total de incomunicación. Mientras que su hija no hace otra cosa que moverse como un robot frente a  la pantalla del televisor, su detestable mujer es todo un mar de superficialidad. De ambas intenta huir Leonardo cortejando torpemente a sus alumnas.

Si la historia se hubiera adentrado en el mundo de Víctor quizás también allí hubiera encontrado fingimientos, vacíos e infidelidades. No es, naturalmente, que estos estén asociados a esa plasticidad de quienes creen vivir en las refinadas esferas pero es indudable que el empeño esnobista conduce a ese desolador lugar en el no se es quien se pretende ser y se deja de ser quien realmente se es. 

Nota a deshora : Hay una escena memorable en El hombre de al lado. Leonardo está oyendo música con un amigo. Ambos están extasiados con las texturas y los matices de lo que están oyendo. Beben vino y comentan, como críticos sofisticados y especializados, el trabajo de este músico canadiense que ahora vive en Dusseldorf (referentes geográficos suficientes para que el gusto ya adquiera cierta alcurnia) El amigo elogia esos bajos rítmicos que le dan una misteriosa fuerza a la obra y que no son otra cosa, ramplona realidad,  que los golpes que  a martillo limpio Víctor le está propiciando  a la famosa pared medianera. Véanla.  



sábado, 15 de octubre de 2011

BEGINNERS



ÍTULO ORIGINALBeginners
AÑO
2011
DURACIÓN
105 min.
PAÍS


DIRECTORMike Mills
GUIÓNMike Mills
MÚSICARoger Neill, Dave Palmer, Brian Reitzell
FOTOGRAFÍAKasper Tuxen
REPARTOEwan McGregorChristopher PlummerMélanie LaurentGoran VisnjicBill Oberst Jr.Lou Taylor PucciJodi LongKai LennoxJessica Elder
PRODUCTORAFocus Features / Olympus Pictures / Parts and Labor
WEB OFICIALwww.beginners.es
GÉNERODrama. Romance | FamiliaEnfermedadHomosexualidad



Calificación : vale la pena



Toda historia de amor es imperfecta como imperfectas son todas las historias de amor que se cuentan en Beginners. Oliver (Ewan McGregor) conoce a Anna (Mélanie Laurent) y sin pretenderla la mujer de sus sueños le parece una compañera de ruta con quien bien vale la pena dar ese salto al vacío que es la convivencia. La conoce cuando él apenas está saliendo del desconcierto que le produjo la revelación de Hal (Christopher Plummer) su padre quien, al enviudar después de 44 años de matrimonio, le confiesa su homosexualidad. Y el asunto no se detiene allí. A sus setenta y tantos años el padre comienza una relación con un tipo al que bien puede llevarle treinta o más años. Y como si la sorpresa hubiese sido poca, vendrá luego un cáncer implacable que no pospuso mucho la contundente llegada de la muerte.

Podría decirse, con esa petulancia que siempre viene asociada a las nuevas terminologías, que Oliver creció en una familia disfuncional. Es eso lo que se expresa a través de unos recuerdos que siempre repiten unas mismas imágenes: un papá que se despide en el umbral de la puerta besando a la mamá con la ninguna pasión, con la apenas tibia conmiseración, de los besos en la frente;  una mamá disparándole con el arma imaginaria fabricada por sus dedos y él cayendo tan herido, moribundo ya, sobre el mullido tapete; un papá que de pronto cambia sus atuendos dándole ahora cabida a  los jersey violeta y, sobre todo, un papá sumido en una felicidad incomprensible y otoñal al lado de un hombre que hubiera podido ser ese hermano que nuca tuvo.

De la película de Mike Mills hay que destacar el lenguaje visual y el ingenioso manejo del tiempo. No se trata del habitual relato armado confusamente con saltos de tiempo; en Beginners se juega con el tiempo pero logrando un resultado envolvente que nos sumerge con suavidad en los pasados para luego emerger, sin tropiezos narrativos, en el presente. Además es sencillamente fascinante el empleo de la imagen y al decir esto no me refiero al cuadro que usualmente compone una determinada escena sino al empleo de otros recursos tan sencillos y contundentes como el dibujo infantil o esas secuencias de contexto que nos muestran, según cual fuera la época, quien era entonces el presidente, como era el cielo y cual la distribución de los astros en el firmamento. Mención y tributo aparte merece el pequeño perro, protagonista indiscutible, que como el Milou de Tintín desde su silencio perruno lo entiende todo.

De las actuaciones sólo decir lo que ya tanto se ha dicho. Que Cristopher Plummer se merecía un papel de estas dimensiones para rescatar, aquilatado por el paso del tiempo, su brillo actoral (la foto que encabeza estas líneas va en tributo al grande la La novicia rebelde) y que McGregor y la Laurent logran lo que pareciera, por contradictorio, imposible: una empatía total no obstante encarnar a una pareja que entremezcla vicisitudes y apasionamientos, emociones e inevitables distanciamientos. Yo no sé si el enlace o la química entre dos actores sea una cuestión espontánea y natural o sea, por el contrario,  el resultado de una perfecta compenetración de roles. Lo cierto es que estos dos dan la sensación de encajar perfectamente allí donde la historia es la de la imposibilidad de los acoples perfectos.

Es la disfuncionalidad de la familia de Oliver - mejor llamarla singularidad - la que explica que Oliver y Anna no protagonicen ni la típica y endulzada historia de amor ni, tampoco,  una de esas tormentosas pasiones que tanto gustan a algunos guionistas y directores y, por supuesto, a muchos espectadores. Lo de Oliver y Anna es un encuentro temeroso de dos seres que se atraen pero cuyas valijas están tan atiborradas de seres y pasados que temen, recíprocamente, que los amaneceres cotidianos sean mucho más complejos que ese ingenuo despertarse entrelazado con el ser amado. Desde este punto de vista Beginners es una propuesta refrescante - que no necesariamente feliz -  sobre la relación de pareja. Todos quisiéramos que aquel que tanto nos atrae llegara a nuestra vida tal y como precariamente lo hemos concebido, es decir, moldeado a la medida de nuestro inestable deseo. Y no es así. Nunca ha sido así y nunca será así. La otredad, siendo de la propia esencia de las relaciones humanas, es , a la vez, su gran escollo. Ni el otro es exacto a aquel a quien esperábamos, ni coincidimos con aquel que el otro esperaba de nosotros. De estas aproximaciones siempre inexactas se ocupa Beginners y lo hace con un tono donde se conjugan en un muy buen equilibrio, trascendencia y desenfado. Beginners es todo menos densa. Beginners es todo menos ligera. En ese balance descansa su encanto y es por eso que de ella se sale con una confortable sensación de identificación y compenetración. A fin de cuentas en cuestiones de amor todos somos y seremos ya por siempre, consumados principiantes.