FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

domingo, 28 de agosto de 2011

MIDNIGHT IN PARIS



Midnight in Paris
TÍTULO ORIGINALMidnight in Paris
AÑO
2011Ver trailer externo
DURACIÓN
100 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORWoody Allen
GUIÓNWoody Allen
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍADarius Khondji
REPARTOOwen WilsonRachel McAdamsMarion CotillardMichael SheenKathy Bates,Carla BruniAlison PillTom HiddlestonLéa SeydouxAdrien BrodyKurt FullerCorey StollMimi KennedyGad ElmalehNina AriandaMarcial Di Fonzo BoAdrien de Van
PRODUCTORACoproducción EEUU-España; Gravier Productions / Mediapro
WEB OFICIALhttp://www.midnightinparislapelicula.com
PREMIOS2011: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes (fuera de competición)
GÉNEROComedia. Romance | Comedia románticaViajes en el tiempoAños 20

Calificación: Muy recomendada

Esta vez Allen se sale con la suya.  Midnight in Paris es un divertimento tejido con una técnica  fina donde se reúnen, de una parte, el rescate de un romanticismo idealizado y, de otra,  la acostumbrada e inteligente sorna del ya emblemático director neoyorquino. La historia es ingeniosa sin perder por ello un acento ingenuo o, para decirlo con un término más acorde con la película, naif.

Antes de su inminente matrimonio Gil (Owen Wilson) e Inez (Rachel McAdams), americanos ambos,  pasan unos días en Paris. Para ella la ciudad  es  una tienda afamada e inmensa donde podrá comprar antigüedades, vestidos  y joyas,  para con ellos demostrar, en su distante y añorada América, su distinción, su elegancia y su tan europea sofisticación.   Para él, en cambio, Paris debe seguir siendo, en algún rincón, en algún recodo de la memoria, la fiesta celebrada por Hemingway; una fiesta de excesos y genialidades, un suceso empapado en absenta donde el mundo parecía caber en un trazo acertado, en la arquitectura elemental y perfecta de una frase bien escrita.

Cuando el reloj anuncia la medianoche, Gil, arrastrado por una fascinante reversión temporal , termina en esa Paris irreal y bohemia de finales del siglo XIX y comienzos del XX; una ciudad imaginada y reinventada por todos a donde fue a parar un puñado de artistas cuyos nombres, opacando a veces sus propias obras, aún resuenan - y resonarán por siempre - en la memoria colectiva:  Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, Gertrude Stein, Salvador Dalí, Henri de Toulouse-Lautrec, Luis Buñuel…. Gil no sólo se topa con estas grandes figuras, intima con ellas entrometiéndose en sus amores, pidiéndoles opinión sobre su trabajo (terminó de escribir una novela), soñándose él también parte de esa generación  perdida , un contertulio más en el famoso salón literario de la señora Stein.

Dos planos empiezan a intersecarse. El real: una pareja en vísperas de su matrimonio  de  vacaciones  en Paris. El imaginario: el dubitativo novio y su encuentro nocturno con los grandes artistas de la bohemia francesa.  Gil se mueve en los dos planos ante su propia perplejidad y va viendo como la mentira o al menos la fantasía del mundo irreal de las madrugadas, le muestra unas fichas claves para encarar de una manera más auténtica y sincera su destino en el mundo real.

Allen se suma con maestría al repertorio de remembranzas y elogios de una época de ensoñación marcada por un laissez faire artístico permisivo, liberal y prolífico. Ninguna París ha sido esa París construida colectivamente por el deseo y por el endiosamiento de unos artistas cuyo talento seguramente habría florecido en cualquier lugar del planeta. Sin embargo cuanto queremos y añoramos todos esa París inventada y cuanto nos gusta entregarle a sus buhardillas, sus bistros y sus callejuelas oscuras y lascivas el mérito de haber sido el escenario de unas vidas únicas marcadas por una irrepetible pasión creadora.

Midnight in Paris es una sincera declaración de amor y como toda declaración sincera de amor es ingenua, algo torpe y, sobre todo, hermosa. Una declaración de amor hacia una ciudad imaginada cuyo nombre coincide con el de la capital francesa y cuyas  ventanas,   muros y cielos compartidos hacen que no sea posible ya, de las dos ciudades, imaginar la una sin la otra.

Muchos méritos tiene la película. Su idea es el primero. Servirse del hecho cotidiano de unos paseantes norteamericanos en Paris para de allí derivar toda esta fantasía, es sencillamente genial.  No se trata, además, de simplemente permitirle al protagonista devolverse en el tiempo para toparse con sus modelos y maestros; la idea va mucho más lejos: se trata de mostrar como una ciudad será siempre las tantas ciudades de los ojos posados en ella. La idea de este contraste entre unicidad y pluralidad es, en Midnight in Paris, fascinante.

Un segundo mérito es lograr una narración sencillamente cautivante y deliciosa. De Midnight in Paris se sale  con una leve sensación de enamoramiento derivada de la manera como Allen aborda su historia. Lo hace sin pretensiones intelectuales y dándole a la pasión por esa mítica Paris una presentación ingenua y fresca. El tributo pudo ser caótico y complejo como caótica y compleja es Paris. Pero de eso no se trataba; se trataba de homenajear un imaginario colectivo sirviéndose para ello de  una grata historia protagonizada  por la fidelidad debida a una manera de entender y encarar el sentido de nuestra propia existencia.

Un tercer mérito muy propio de Allen es aprovechar la ocasión, en medio de tan lúcido entretenimiento,  para tirar sobre la mesa los dados de cual pudo ser - o quizás cual es - el mejor de los tiempos.  Gil quiere volver a los mejores tiempos de las tertulias de Gertrude Stein y es estando en ellos cuando quienes los viven le confiesan su deseo de volver a otros momentos, los ya idos, a sus ojos y con la distorsión de toda distancia y todo acomodamiento,  los mejores tiempos. El acertijo por supuesto no tiene respuesta; es una provocación más de Allen, un contador nato de historias adobadas siempre por bifurcaciones inconclusas anunciantes de otras posibles historias.

Uno puede tener, como muchos, a Allen en su cabecera cinematográfica y uno puede, igualmente, no tenerlo. Pero más allá de estas predilecciones nadie puede negar su marca, indeleble ya, en la historia del cine. Allen - como Hemingway , como Picasso, como Buñuel -  es un estilo propio, una impronta reconocible, un lente con nombre.

Se tiene a Gertrude Stein  como la fundadora  de un estilo llamado el litismo, una suerte de tautología o repetición  verbal justificada en el texto por su propósito de reiteración o por su efecto musical. Famoso, de su poema ¨Sacred Emily¨ aquel verso de ¨Rose is a rose is a rose¨.  Digamos entonces, sólo para reconocerlo y reiterarlo: Woody Allen es  Woody Allen, es Woody Allen.



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domingo, 24 de julio de 2011

BRIGHT STAR




TÍTULO ORIGINALBright Star
AÑO
2009Ver trailer externo
DURACIÓN
119 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORJane Campion
GUIÓNJane Campion
MÚSICAMarc Bradshaw
FOTOGRAFÍAGreig Fraser
REPARTOAbbie CornishBen WhishawPaul SchneiderThomas Brodie-SangsterKerry FoxEdie MartinClaudie BlakleyGerard Monaco,Antonia Campbell-HughesSamuel Roukin
PRODUCTORACoproducción GB-USA-Australia-Francia; Pathé / Screen Australia / BBC Films / UK Film Council
PREMIOS2009: Oscar: Nominada al mejor vestuario
2009: BAFTA: Nominada al mejor vestuario
2009: Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película)
GÉNERORomance. Drama | Drama románticoDrama de épocaSiglo XIX


¨ Quién más feliz, entonces, si, con el alma alegre
se hunde, fatigado, en la blanda yacija
de la hierba ondulante y lee una acabada,
una gentil historia de amor y languidez?¨

JHON KEATS, A quien en la ciudad estuvo largo tiempo



Clasificación: Vale la pena

Para Roger Ebert, el afamado crítico cinematográfico, el mejor momento de la semana para ver una película es el domingo a las diez de la mañana. Tiendo a estar de acuerdo con Ebert. Pero sólo puedo tender a estarlo porque ese día y especialmente a esa hora no es fácil sentarse, oscura la sala, frente a la gran pantalla. En lo que sí estoy de acuerdo con el columnista habitual del Chicago Sun Times, es que la mejor hora para ver el cine es aquella en la que nuestros sentidos, todos ellos, estén en la mejor disposición para captar, absorber, decantar y disfrutar la historia que ante ellos discurra. Creo, con Ebert, que el domingo por la mañana muchos elementos conspiran para lograr esa predisposición favorable. Solemos  - ese día y a esa hora - estar descansados, receptivos y todavía  distanciados de ese vacío insondable que parece inundarlo todo, como en el poema de Lorca, a las cinco en punto de la tarde.

No hay, sin embargo,  un día y una hora que aseguren esa permeabilidad sensorial. Bien puede suceder que sea un miércoles a las nueve de la noche, después de una jornada extenuante y olvidable, cuando mejor estemos dispuestos a esa inmersión que demanda el cine y, especialmente, a aquel chapuzón de los sentidos que siempre exige una buena película. Cada cual sabe reconocer, a su manera, los días, las horas y, más que las anteriores, las circunstancias cambiantes que mejor nos predisponen a la travesía cinematográfica. Es más,  no deja de sorprendernos esa película que contra todo pronóstico nos rescata del hundimiento al que normalmente nos conducen la preocupación, el cansancio  o ambos y en lugar de ellos nos llevan a ese éxtasis momentáneo, inconfundible impronta de los buenos relatos.

Como nada está escrito y como la planeación es un concepto adusto que a cada instante nos desborda, no es infrecuente que vayamos al cine y sintamos desde el comienzo de la película que no estamos preparados para verla, que hemos emprendido un tortuoso y cabeceante recorrido que no sabrá reconocer las maravillas del paisaje, sus tonos, sus colores y, especialmente, el talante de los personajes que lo pueblan. Algo - o quizás mucho - de esto me pasó cuando fui a ver Bright Star la última película de la neozelandesa Jane Campion. Noche de viernes, última fila del teatro y en los ojos - diciente ventana de lo que llevamos dentro - el agotamiento de toda la semana. Al poco tiempo de haber empezado la proyección me di cuenta que el ritmo de la película, todo finura y todo contención de sentimiento, rimaría mal con mi agotamiento.

Escribir sobre una película habiéndola mal visto de esta manera es un atrevimiento. Ello no obstante me arriesgo a hacerlo y es por eso que empiezo estas líneas diciendo que las películas terminan siendo o, mejor, terminan siéndonos aquellas que nuestros ojos y nuestro estado anímico nos permitieron ver y, también, aquellas que estos mismos y circunstanciales ojos  nos impidieron ver.

No hay cansancio que impida ver el preciosismo fotográfico que sostiene todo su relato de Bright Star. Los cuadros que la componen son, como los óleos de Vermeer, composiciones perfectas de luces, ambientes y gestos. Composiciones pictóricas a través de las cuales se cuenta una historia de amor que no se despeña, gracias a la contención muy bien lograda en el tono del relato, ni por el abismo de un mal entendido romanticismo ni, tampoco, por los precipicios del impostado drama.

John Keats (Ben Whishaw), el hoy venerado poeta del romanticismo inglés,  es un hombre sensible que encuentra en la sorprendente ilación de las  palabras el vehículo para transmitir las bellezas, las infamias y los dolores del mundo que le rodea. Es en este mundo, lastimado por una enfermedad que ha diezmado su familia y que ensombrece su propia existencia, que Keats conoce y se enamora de Fanny Bawne (Abbie Cornish). Ella será no sólo su musa sino el norte de toda su existencia, quizás más lo segundo que lo primero porque lejos del modelo pasivo que sólo se contempla, la Bawne encarna a esa mujer que entiende el amor desde una definición retadora y vigorosa de su propia esencia femenina.

Una historia que rescata los elementos atemporales  de la relación amorosa; una historia que, no obstante ubicarse en el siglo diecinueve, tiene el encanto  - exento de toda ingenuidad - de recordarnos que el amor ha sido, es y será siempre una confluencia indescifrable de pasiones, comprensiones y renunciaciones.

La Cornish destella con su papel. Aunque el poeta es la estrella, su luminosidad y la de toda la película proviene de esta mujer que desde su discreción es toda una implosión de autenticidad, feminidad y sensualidad. (Al recorrer la filmografía de esta actriz me encuentro con Somersault una película del año 2004 en la que, con solo ver el trailer, ya se insinúa ese resplandor).  

Sentí, quizás más por el abatimiento del momento que por las flacuras del argumento, que la historia amorosa de Bright Star no logró emerger del todo porque extremó tanto su contención en la belleza de sus cuadros y en la finura poética de su lenguaje, que descuidó el impulso vital que exige todo relato. Mi sensación después de la película es la aquel que se deleitó ante una muy correcta y bella sucesión de imágenes, mas no la de aquel que terminó involucrado o, incluso, lastimado por una conmovedora historia de amor.

Quizás me perdí de una extraordinaria película; quizás no pude, como en el poema de Keats que antecede estas líneas, hundirme, fatigado y feliz, en el ondulante lecho de la hierba a leer - a ver en este caso -  una gentil historia de amor y languidez.











sábado, 2 de julio de 2011

ENCONTRARAS AL HOMBRE DE TUS SUEÑOS



TÍTULO ORIGINALYou Will Meet a Tall Dark Stranger
AÑO
2010Ver trailer externo
DURACIÓN
98 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORWoody Allen
GUIÓNWoody Allen
MÚSICAVarios
FOTOGRAFÍAVilmos Zsigmond
REPARTOJosh BrolinAnthony HopkinsNaomi WattsFreida PintoAntonio Banderas,Gemma JonesLucy PunchChristian McKay
PRODUCTORACoproducción GB-España; Gravier Productions / Mediapro
GÉNERODrama. Comedia | Comedia dramática

Clasificación: Buen plan

Con los años las películas de Allen han ido adquiriendo un tono ligero, atractivo y cómodo; un tono discretamente aburguesado. Conocerás al hombre de tus sueños es una más de esas comedias un tanto dispersas en las que se dan cita algunas luminarias para pasarla bien sin mayor entrega, sin derramar una sola gota de pasión. Por la forma como está construida la historia Hopkins, Banderas y Brolin, sus galanes, actúan por separado; salvo quizás una escena que reúne a Hopkins con Brolin, suegro y yerno en la película, los tres actores hacen  lo suyo pero dejando esa incómoda impresión de haber actuado bajo la condición de evitar cualquier entremezcla que pudiera confrontar sus estrellatos.  Otro tanto sucede, de manera menos marcada, con Naomi Watts, Freida Pinto, Gemma Jones y Lucy Punch distintas bellas que se sientan a la misma mesa pero a conversar consigo mismas. Muchos nombres reunidos que no se amalgaman porque la historia no lo exige, porque se trata nuevamente de un divertimento citadino de esos en lo que Allen se siente tan a gusto y en los que no invierte más que una destreza repetida que deja en el espectador la impresión, puede que incluso gustosa,  de lo que ya se vio y pronto volverá a olvidarse.

 La idea de la que la película toma su nombre es atractiva.  Que tan disparatado, ignorante o respetable pueda ser el confiar en aquellos  que pronostican el futuro es el sugerente planteamiento con el que arranca Conocerás al hombre de tus sueños. Gemma Jones encarna a una mujer mayor que se refugia en los placebos, entremezclados, del whisky y la adivinación.  Más que cualquier otro fármaco la tranquiliza el que le digan que su aura irradia energía, que un futuro mejor se avecina y que, en el otoño de su vida, conocerá al hombre de sus sueños.  Mientras que ella se rinde a los encantos de los sobrenatural lo contrario hace su esposo,  el personaje de Hopkins, que cae en las mundanas redes de  una joven prostituta de larguísimas piernas y estrechísimo cerebro, representada por la Punch.  Por su lado la Watts, en la película la hija de ambos, enfrenta la crisis de un matrimonio que tambalea por la inmadurez de un marido, un opaco Brolin,  cuyo gran mérito siempre será el seducir a la mujer de enfrente, en este caso a una hermosa joven india que no podía ser otra que la exótica Pinto. Para solventar la holgazanería disfrazada de su esposo el personaje de la Watts trabaja en una galería de arte donde terminará enamorándose de su jefe, un Banderas que, dicho sea de paso, momentáneamente vuelve por el sendero de sus buenas actuaciones.

Pese a habérsela usado como punto desencadenante de toda la historia, la idea de la propensión humana a refugiarnos en esas promesas redentoras que no entendemos pero que tanto queremos, se queda a mitad de camino reducida a una simple caricatura. Este Allen ya no se arriesga, se conforma con unas finas pinceladas que indudablemente agradan al espectador pero con las cuales, en conjunto, no se pinta mayor cosa.

El genio de Annie Hall, Zelig y Match Point  vuelve otra vez, pero ahora sin el brillo de entonces, a la obsesión en torno a la imposibilidad de una relación de pareja estable. Lo de Allen se ha vuelto una divagación repetitiva y libre sobre una búsqueda sin hallazgos: nunca nos encontramos de una manera definitiva con el otro, nos le acercamos con danzas rituales que siempre terminan en infidelidades, en rupturas y en  atracciones ilusas que llevan siempre  la impronta de un fracaso asegurado.

Encontrarás al hombre de tus sueños confirma lo que se sabe hace ya mucho tiempo: que Allen sabe contar bien sus historias pero también confirma lo que viene sabiéndose hace menos tiempo y es que Allen se está quedando en ese discurso inteligente con el una vez deslumbró pero que ha ido perdiendo su brillo; que Allen se siente a gusto - y que poco o nada le interesa que tantos compartan ese gusto – haciendo estos divertimentos cultos a los que siempre se prestan sus actores preferidos con el solo guiño del clarinetista de Manhattan.

Divertimentos que nunca serán banales o superficiales. En Allen siempre habrá - y la hay en Encontrarás al hombre de tus sueños - una crítica desalmada de las modas, los afanes, las petulancias y los dogmas con los que los hombres intentan huir de sus inseguridades y de sus penurias.   Lo valioso de esta y de todas y cada una de sus películas es que nunca se deja llevar por juicios moralistas o por desenlaces justicieros.  Cada personaje termina encarando el destino que el azar le depara sin que en ello intervengan merecimientos, premios o castigos. A aquel a quien la suerte le sonría bien puede ser que la desdicha lo espere a la vuelta de la esquina. Y viceversa.  De esa incertidumbre están tejidas todas nuestras vidas y ese ha sido, desde siempre,  el tema recurrente de las películas de Allen.

Que nos digan que encontraremos a la persona de nuestros sueños puede ser un engaño para incautos o puede ser  una sentencia sabia.  Los hombres y las mujeres de nuestros sueños suelen ser , cuando más, unos borrones, unas ideas confusas que jamás encontraremos y de allí que quizás  sea una necedad atender el vaticinio de su encuentro;  pero puede ser que sea precisamente ese estado de borrón, esa condición de confusión los que expliquen que siempre terminaremos encontrando a la persona de nuestro sueños. Que nos lo recuerden con barajas, humos o bolas de vidrio puede ser una sandez o, quizás, un reconfortante estímulo.

Nota final: Para recordar la escena en la que la Watts le confiesa a Banderas que alcanzó a pensar en una relación sentimental con él y este la desarma, cortés y caballerosamente, diciéndole que fue su mejor asistente, su perfecta compañera operática y ahora, entre galeristas de arte, su competencia. 

En esta oportunidad el video es para una crítica de la tele española. No dejará nunca de asombrar que lo mismo sea visto de tantas maneras, que nuestra visión de algo pueda llegar a ser más amplia y completa si la comparamos con la visión ajena.





lunes, 27 de junio de 2011

AGORA


TÍTULO ORIGINALÁgora
AÑO
2009
DURACIÓN
126 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORAlejandro Amenábar
GUIÓNAlejandro Amenábar, Mateo Gil
MÚSICADario Marianelli
FOTOGRAFÍAXavi Giménez
REPARTORachel WeiszMax MinghellaAshraf BarhomOscar IsaacMichael LonsdaleRupert Evans,Homayoun ErshadiRichard DurdenSami SamirManuel CauchiHomayoun ErshadiOshri Cohen
PRODUCTORATelecinco Cinema / Mop Producciones / Himenóptero
WEB OFICIALhttp://www.agoralapelicula.com/
PREMIOS2009: 7 Premios Goya, incluyendo mejor guión original y fotografía. 13 nominaciones
GÉNEROAventuras. Romance | HistóricoBiográficoAntigua RomaAntiguo EgiptoCine épico


Clasificación: Buen plan

Por su puesta en escena, por su bien lograda ambientación  y especialmente por su aparente tema - las violentas imposiciones de un cristianismo naciente que arrasa con la cultura, racionalista y a la vez pagana, de un imperio decadente -  Agora, la última película del director español Alejandro Amenabar (Tesis, Abre los ojos, Los otros, Mar adentro) tenía todas las credenciales para presentarse como una de esas epopeyas cinematográficas. Pero no fue así.  Sin saberse si Amenabar optó por otra cosa o si esa otra cosa fue el resultado inesperado de su trabajo, Agora es, contada en un escenario pomposo y grandilocuente,  la  historia de una mujer - la astrónoma Hypatia - cuyo único anhelo era entender como se desplazan los planetas. A su lado su esclavo Davo incuba un amor imposible que lo llevará de la esclavitud a la liberación y de esta a la conversión hasta terminar en un inusual acto de amor y redención.

El haberse concentrado en un personaje de estas características le quitó a la historia su impulso vital y , desde el punto de vista narrativo,  la despojò de una trama que estaba llamada a logros mayores.

Imposible negar el encanto del personaje central pero posible y también necesario decir que  Hypatia y  sus compañeros de historia no tienen, como en aquel entonces los astros y los planetas,  bien definido su rumbo.  La ausencia de un nudo dramático que le de sentido a los seres y a las situaciones que lo conforman, se traduce, en el caso de Agora,  en una sensación de desaprovechamiento y desperdicio.  

La icónica Alejandría y su aún más emblemática biblioteca se quedan a mitad de camino y el espectador solo se pregunta si habrán sido maquetas o los ya no muy deslumbrantes diseños de computador.  

El fatuo tradicional de estas películas de época (confrontaciones de miles, majestuosos derrumbamientos, coliseos o ágoras atestadas de gente…) debe servir de marco a historias de similar talante. Cuando, como en Agora, ello no sucede así, esa parafernalia escénica se vuelve un entramado artificial que, por su inoportuna grandilocuencia, le resta protagonismo al núcleo de la historia.

Es de reconocer en todo caso el buen lente de Amenabar. Buen lente tanto desde un  punto de vista técnico, como desde una perspectiva argumental.

Del primero de ellos se sirve el español para mostrarnos, desde el espacio y con un sistema de aproximación satelital al estilo Google Map, la legendaria Alejandría; lente aéreo del que también se sirve para captar las confrontaciones de credo entre paganos, cristianos y judíos mostrándonolos como hormigas en diáspora, mostrándonolos como lo que real y fatalmente fueron.  Con este juego del lente omnímodo  que es capaz de enfocar el globo terráqueo y pasar luego a la estulticia humana que mata para imponer, paradójica y contradictoriamente, sus dioses únicos, la película transmite esa inquietante desazón de una humanidad condenada a su propia soberbia, es decir, a su propia torpeza.

Y del segundo lente, el argumental,  se vale Almenabar para poner nuevamente sobre la mesa  esa aberración que es , y será por siempre, la imposición ¨- sangrienta o pacífica, calculada o ciega -    de un credo, de una ideología o, simple y llanamente, de una manera de ver y entender esta vida.  Puede ser que la forma con la cual se abordó este tema en Agora  resulte, por enfadada y apasionada, superficial y sesgada.  Sin embargo siempre vendrá bien que se nos recuerden las infamias de las que hemos sido capaces arropados por las túnicas o por las banderas de unas verdades que se quieren únicas y reveladas.

Amenabar quiso con Agora tejer un entramado al que concurrieran los conflictos religiosos de una época, el temperamento altivo y valiente de una mujer y la fuerza devastadora de un amor no correspondido. Todo ello contado desde una perspectiva racionalista que responsabiliza al hombre de sus aciertos y sus desatinos y, por ende, de su propio destino. De ese tejido se salvan muchas puntadas pero como conjunto solo queda una historia plana de esas que obligan a construir reflexiones y no de aquellas otras que, tan sólo viéndolas, zarandean nuestra condición humana.

Nota final: Los cortos de las películas siempre tienen un ritmo trepidante y sugerente que invita a verlas. De eso se trata y para eso son. Sin embargo algo va de esos collages muy bien logrados y casi siempre muy bien musicalizados que son los cortos, a las películas que promocionan. El trailer de Agora insinúa esa fascinante historia  que la película nunca llegó a contar. Verlo es, en todo caso, un buen gusto.








jueves, 23 de junio de 2011

LAZOS DE SANGRE



TÍTULO ORIGINALWinter's Bone
AÑO
2010
DURACIÓN
100 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORDebra Granik
GUIÓNDebra Granik, Anne Rosellini (Novela: Daniel Woodrell)
MÚSICADickon Hinchliffe
FOTOGRAFÍAMichael McDonough
REPARTOJennifer LawrenceJohn HawkesLauren SweetserSheryl LeeKevin BreznahanIsaiah Stone,Ashlee ThompsonShelley WaggenerGarret Dillahunt
PRODUCTORARoadside Attractions / Anonymous Content / Winter's Bone Productions
WEB OFICIALwww.wintersbonemovie.com
PREMIOS2010: Oscars: 4 nominaciones, incluyendo mejor película y actriz (Jennifer Lawrence)
2010: Sundance: Gran Premio del Jurado, Mejor guión
2010: NBR - Asociación de Críticos Norteamericanos: 2 Premios
2010: Gotham Awards: Mejor película, mejor reparto. 3 nominaciones
2010: 2 Independent Spirit Awards: Mejor actor sec y actriz sec. 7 nom., incluyendo película
GÉNERODrama. Intriga. Thriller | Vida rural (Norteamérica)Drama sureñoCine independiente USA

Clasificación: Muy recomendada

En el thriller tradicional la trama narrativa suele desembocar, con dosis cambiantes de suspenso y dramatismo, en el esclarecimiento de un interrogante: sabremos finalmente quien es el asesino o cual es el eslabón con el que se cierra la cadena; se nos revelará, después de uno que otro merodeo,  el esquivo secreto.

Pudiendo clasificársela como un thriller, en Winter´s bone  - entre nosotros Lazos de sangre -  la última película de la directora americana independiente Debra Granik,  lo más importante no es, aunque también la hay, la resolución de un misterio.  El peso gravitacional del relato no recae sobre la historia contada sino sobre los personajes que la pueblan y transitan. Se trata de unos seres profundos y densos que viven su drama exteriorizando apenas unos mínimos trazos de todo lo que les acontece por dentro. El misterio hubiera podido resolverse de otra forma o incluso no resolverse; en Winter´s bone lo que importa es la forma - desgarradora,  contenida y digna -  como sus personajes afrontan su destino.

Ree Dolly (Jennifer Lawrence) es una joven de diez y siete años aventada bruscamente contra la adultez que se carga con la tarea de buscar a su padre, un drogadicto desaparecido al que buscan las autoridades y al que se le había concedido el beneficio de la libertad condicional. Su búsqueda tiene un sentido: si su padre no aparece perderán la casa, lo único que tienen, lo único que les queda a ella, a sus hermanos y a una mamá sumida en los abismos de un profundo silencio.

La Granik renuncia con maestría a todos los enganches tradicionales, no sólo del thriller habitual, sino del propio relato cinematográfico. No hay belleza - no al menos como solemos esperarla - ni en los personajes, ni en los ambientes, ni en los paisajes que los circundan; tampoco hay esos ritmos trepidantes o ese tonos envolventes con lo que aprendimos a emocionarnos o apaciguarnos. Hay, por el contrario, un ambiente desvencijado y desolado por el que a tropezones se mueven unos seres marginales, unas sombras vivas cargadas de dejadez, dolor y pecado.

¿Cómo puede entonces cautivarnos una historia desprovista de todos esos enlaces, de todos esos encantos con los que solemos asociar el placer de ver una buena película?  Lazos de sangre lo logra deteniéndose, casi que morbosamente extasiándose, en el drama de unas criaturas dejadas de dios y del mundo pero, sobre todo,  en el alma convulsa y confusa de una joven dispuesta a soportar las más difíciles pruebas si con ellas se abre para su familia cuando menos la probabilidad , no de un futuro mejor pero sí, al menos,  la de un pan comido bajo techo.

El mérito de Lazos de sangre está en la contención perfecta de su ritmo, en la inusual recuperación del sentido esencial y primario del relato cinematográfico. Para la muestra una escena: el policía detiene la camioneta en la que viaja Ree con su tío (John Hawkes); le pide que baje, le reprocha algo. El tío no sólo no obedece sino que empuña su rifle como aprestándose a un desenlace violento y rápido. La cámara se posa casi todo el tiempo en el espejo retrovisor; allí se ve – son nuestros ojos los que lo ven -  al tío armado y es así como también lo está mirando, atemorizado, el policía.  Pudo pasar aquello a lo que cinematográficamente nos han habituado: un descenso rápido, un fuego cruzado, salpicones de sangre y quizás un grito sobre el cuerpo agonizante. Nada de eso pasa, todo se queda en esa tensión de lo que pudiera llegar a suceder. Lo explícito es muchas veces redundante; lo implícito se abre a una infinita gama de posibilidades.

La actuación de la Lawrence es impecable como lo es también, sino más, la de Hawkes. Actuaciones hacia dentro, sin rutilancias, sin esos cadejos que han ido uniformando y por ende contaminando las actuaciones del cine comercial.

Muy especial también y muy acorde con el tono sombrío de toda la trama, el manejo que se le da al tema de la droga.  No estamos ante la estigmatización moralista del problema ni, tampoco,  ante su encubierta reivindicación.  Estamos, sin otro juicio que el de la mirada detenida, ante unas vidas consumidas por un espejismo atroz que solo conduce a la desolación.

Para terminar, un elogio de género: se siente, a lo largo y acho de la película, la conducción femenina de la Granik y se la siente no propiamente por la delicadeza o la dulzura de sus imágenes que ciertamente no las tiene, sino por esa capacidad, con el solo bien mirar,  de extraer de las personas, las situaciones y las cosas, más allá de sus transitorias apariencias,  su  más íntima esencia. La última escena, tan contenida como conmovedora,  es una muestra magistral de esa destreza.  Muchas películas pasan, muy pocas, como Lazos de sangre, se quedan.

Nota final: las imágenes y las música quizás puedan decir mucho más




domingo, 19 de junio de 2011

PIRATAS DEL CARIBE : EN MAREAS MISTERIOSAS



ÍTULO ORIGINALPirates of the Caribbean: On Stranger Tides (Pirates of the Caribbean 4)
AÑO
2011Ver trailer externo
DURACIÓN
141 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORRob Marshall
GUIÓNTed Elliott, Terry Rossio (Novela: Tim Powers)
MÚSICAHans Zimmer
FOTOGRAFÍADariusz Wolski
REPARTOJohnny DeppGeoffrey RushPenélope CruzIan McShaneSam ClaflinKevin R. McNallyAstrid Berges-FrisbeyÓscar JaenadaRobbie KayKeith RichardsJudi Dench
PRODUCTORAWalt Disney Pictures / Jerry Bruckheimer Films
WEB OFICIALhttp://disney.com/pirates/
GÉNEROAventuras. Fantástico. Acción | Aventuras marinasPiratasCapa y espadaSecuela3-D

Clasificación: Mejor quedarse en casa

La atracción es una fuerza.  Es por ella que un cuerpo se desplaza hacia otro; es debido a ella que dos cuerpos, distantes antes, ahora se encuentran. Decimos que algo nos atrae cuando nuestra atención se desplaza hacia el objeto del que emana, sutil o vigoroso, ese poder de imantación.

Suele atraernos, con la relatividad cultural del concepto, lo bello pero puede igualmente atraernos su opuesto, lo feo. A la atracción como fenómeno sensorial le resulta indiferente el objeto que la propicia. Lo cierto es que el atraído siente que algo externo lo contacta y desencadena de inmediato una exigencia de atención que puede llegar a comprometer la razón y, en el mejor - o en el peor - de los casos, el propio corazón.

Para despacharla con la nota mediocre que dan las taquillas comerciales, de Piratas del Caribe: en mareas misteriosas o, simplemente,  de Piratas del Caribe 4 se dice que es una atracción apenas  pasable, que si se sabe a qué se va y qué puede esperarse,  la entretención está más que asegurada. 

Personalmente ni me parece que esta última aventura Jack Sparrow (Johnny Depp) sea una atracción pasable, ni creo que uno se entretenga mejor si, por habernos sido anunciada,  nos hayamos predispuesto  a deleitarnos con la entretención esperada.

No es, en primer lugar, una atracción apenas pasable porque es precisamente este tono menor de lo “apenas pasable” lo que contradice la esencia misma de la atracción. Piratas del Caribe 4 es un relato disparatado que quiso ser una aventura y se quedó a mitad de camino cubriendo sus deficiencias, argumentales y narrativas, con unos paisajes exóticos y con unos encuadres cuyos logros impecables no contrarrestan la pobreza de la historia.  Depp le da a su actuación tan poca importancia como la que a la película le da el espectador.  Para que una actuación sea realmente buena no basta la destreza histriónica del actor; se necesita una dosis muy alta de entrega y pasión. Jack Sparrow es un personaje, sin duda bien actuado por Depp, pero olvidable y enteramente prescindible para la mente aventurera que busca en este tipo de películas, infantil y felizmente, héroes y villanos.  Y que decir de la trajinada Penélope Cruz y su deplorable misión de aportarle un toque de sensualidad a la historia.  Su personaje es un completo emplaste que se debate - y a la vez se deshace -  entre lo bello y lo gracioso sin siquiera rozar ni lo uno ni lo otro. Resultado obvio de tanta impostura es una pareja sin un ápice de encanto, sin un gramo de empatía.

Decir, de otra parte, que se la pasa mejor si al ir al cine y, especialmente, si al ir a una película del tipo de Piratas del Caribe, uno se despoja de todo tipo de expectativas y se rinde, conscientemente, al placer primario de la mera entretención, es un argumento tan manido como inaceptable. Al cine siempre se va, al cine siempre ha de irse, con un montón de expectativas y la entretención que nos provoque lo visto en la pantalla no es el resultado de una predisposición anímica sino la consecuencia mágica de un relato bien logrado, sea este el de un niño de palo al que le crecía nariz cuando mentía o el de un asesino que, antes de matarlas, despellejaba a sus víctimas adolescentes. Piratas del Caribe y con ellas muchas de su género quiere venderse, disculparse y también auto elogiarse pregonándose como una buena entretención sin mayores pretensiones. Error. Las buenas entretenciones siempre están cargadas de grandes pretensiones; es por estarlo que logran esas conmociones del ánimo. La entretención no tiene porque estar  indisolublemente ligada a la ligereza, a la burda superficialidad. Una buena película siempre es entretenida; el cine mismo es inconcebible sin el concepto de la entretención.  Lo que entretiene distrae, deleita, divierte y detiene; lo que entretiene hace más llevadera la vida y de eso, en su esencia más íntima, está hecho el cine. A Piratas del Caribe 4 no la salva el que uno la demerite antes de verla; lo poco que alcanza su trama es el resultado de su pobre aunque costosa concepción y ese defecto no se corrige con una buena disposición de entretención. Todo lo contrario: es esa disposición de entretención, connatural del ir al cine, la que sale enteramente defraudada después de los devaneos, poco aventureros, del pirata Sparrow y su combo.  

Dos notas para terminar.  La una sobre la dirección de Rob Marshall (Chicago y Nine) para decir que vuelve, inconfundible, con sus acentos grandilocuentes y sus montajes fastuosos, los mismos que después de sus destellos dejan en sombras los escenarios donde antes resplandecieron. La otra sobre la escena de las sirenas que nos reconcilia, acaso por un momento, con la estética de la fantasía.