FITZCARRALDO

FITZCARRALDO
FITZCARRALDO. Werner Herzog. Klaus Kinski

domingo, 12 de junio de 2011

EL MUNDO ES GRANDE Y LA SALVACIÓN ESTÁ A LA VUELTA DE LA ESQUINA



TÍTULO ORIGINALSvetat e golyam i spasenie debne otvsyakade (The World is Big and Salvation Lurks around the Corner)
AÑO
2008
DURACIÓN
105 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORStephan Komandarev
GUIÓNYurii Dachev, Stephan Komandarev, Dusan Milic (Novela: Ilija Trojanow)
MÚSICAStefan Valdobrev
FOTOGRAFÍAEmil Hristow
REPARTOMiki ManojlovicCarlo LjubekHristo MutafchievAna PapadopuluLyudmila CheshmedzhievaNikolai UrumovVasil Vasilev-ZuekaDorka GryllusHeinz Josef BraunStefan Valdobrev
PRODUCTORACoproducción Bulgaria-Alemania-Eslovenia-Hungría; RFF International / Pallas Film / Vertigo/Emotionfilm / Inforg Stúdió / BNT
WEB OFICIALhttp://www.piramide-films.com/mundo-grande.html
GÉNERODrama | Comedia dramáticaRoad Movie

Clasificación : Vale la pena

Las buenas películas, las perdurables, son como el salmón. Nadan contra la corriente.  Remontan los ríos desafiando el sentido de sus cauces para luego volver al mar donde ya sabrán diferenciar lo dulce  de lo salado. 

Cuando uno se detiene en la colección imaginaria de las grandes películas encuentra siempre en ellas ese sello de rebeldía, esa impronta propia del que se arriesga a decir de otra manera lo que ya tantas veces se ha dicho.  A ese nado opuesto lo empuja un deseo oscuro de aproximarse de otra forma a las verdades y a las mentiras que nos circundan. El salmón de la genialidad nunca aspira a la notoriedad, la obtiene como presea de su desafío y no nada a contracorriente para diferenciarse de los demás peces; se diferencia de los demás peces porque nada a contracorriente. Es distinto, es profundamente distinto.

El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina, la película del director búlgaro Stephan Komandarev , es una muy bien lograda movie road, que nada serena y tranquila dejándose llevar - y llevándonos de paso - por la corriente predecible de estas historias de camino. Después de un accidente automovilístico en el que fallecen sus padres, Alex (Carlo Ljubek), que iba en el coche con ellos, pierde su memoria.  Será su abuelo Bai Dan ( Miki Manojlovic) quien acompañará a su nieto en una travesía ciclística que lo llevará a la lenta y algo fantasiosa recuperación de su pasado, un pasado que nos es contado a través de un relato que se desliza entre presentes y pasados.

La películas está llena de todos los elementos que normalmente se asocian con este tipo de historias. Los paisajes son espectaculares; abuelo y nieto construyen una relación de respeto y complicidad;  el pasado esquivo va reapareciendo en escenas cargadas de una poesía elemental que a nadie sorprende y a todos acaricia. Pareciera que pedalear en una tándem por las empinadas montañas es cosa fácil, que basta dejarse llevar por el viento para cruzar, como si nada, un buen pedazo de Europa. Y para cerrar un bello cuento de sensibilidad y fantasía,  al final de la travesía aparece la mujer de los sueños,  tan hermosa y tan postiza como toda la historia que con ella culmina.

Todo lo anterior no demerita la película, puede incluso enaltecerla si se la mira como un recorrido del corazón en el que tanto la trama como los personajes se desenvuelven con la levedad artificial que les imprime un guión sentimental.  La falla en El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina es que nada falla. Estamos ante una historia bien contada, bien ambientada y, también, conmovedora a la que le falta un impulso de contrariedad. Hay que volver a decirlo: el buen cine es aquel que de una u otra forma nada en contra, aquel que serpentea donde la línea suele ser recta y también aquel que va derecho donde el recoveco se había impuesto.  La película del búlgaro Komandarev es un placer para los ojos, no una inquietud para el alma. Con una destreza admirable El mundo es grande echa mano de todo un equipaje de situaciones y recursos conocidos que suelen no fallar en los proyectos cinematográficos donde el objetivo central es atrapar al espectador con maquillajes emotivos.  Por eso, precisamente por eso,  es la película perfecta para ganarse los premios del público pero es también por eso, precisamente por eso, que no va más allá de la emoción periférica.

Que sea o no un atrevimiento decirlo, no lo sé; que sea artística o cinematográficamente inexacto decirlo, tampoco lo sé. A lo mejor es que no se trata  de saber o no saber algo sino de intuir que la mejor expresión es y será siempre  aquella que vulnera - con o sin violencia - el lenguaje aceptado, aquella que se lanza al vacío corriendo el riesgo, para que se le oiga de otra forma, de no ser oída.

Tanto la obra de un director específico como el cine de un determinado país son el resultado de todo un proceso de maduración en el que se dan cita aciertos, aprendizajes, errores, abandonos y hallazgos. Aunque puede haber destellos individuales, el buen cine ni se hace ni se aprende a ver de la noche a la mañana. Hay trechos que recorrer,  trechos amenazados  por esos cómodos desvíos que conducen al extravío.  Es muy poco, poquísimo, el cine búlgaro que se ve en Colombia. Con el desconocimiento que esto implica me atrevo a decir que si El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina es una muestra de un cine que empieza a trepar la cuesta, los pronósticos son más que favorables; si por el contrario es un ejemplo de un cine con obras consolidadas,  habría que decir que la película de Komandarev se dejó llevar por la comodidad de los lenguajes aprendidos pero que se palpa en ella el talento para  incursionar en el terreno incierto de la diferenciación, que se le sienten las agallas para remontar el río como lo hace el salmón. 

Nota: Dicen los que lo juegan que en la simpleza del backgammon está su complejidad. En la película está presente de principio a fin. Véanlo y, si fuera posible, siéntanlo.  


domingo, 5 de junio de 2011

EL INFIERNO



TÍTULO ORIGINALEl infierno
AÑO
2010
DURACIÓN
150 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
DIRECTORLuis Estrada
GUIÓNLuis Estrada, Jaime Sampietro
MÚSICASantiago Ojeda
FOTOGRAFÍADamián García
REPARTODamián AlcázarJoaquín CosíoElizabeth CervantesErnesto Gómez CruzMaría RojoJorge ZárateDaniel Giménez CachoSalvador SánchezDagoberto GamaIsela VegaAlejandro CalvaChristian FerrerJosé SefamiEmilio GuerreroDaniel MartínezMauricio IsaacEdwarda GurrolaAngelina PeláezZaide Silvia GutiérrezSilverio PalaciosMario AlmadaGerardo TaracenaTony DaltónCarlos CobosGabino RodríguezÁlex PereaTenoch Huerta
PRODUCTORABandidos Films / IMCINE / CONACULTA / FOPROCINE / EFICINE / Bi.100 / Estudios Churubusco
WEB OFICIALhttp://www.elinfierno.com.mx
PREMIOS2010: Goya: Nominada a la Mejor película hispanoamericana
2011: Ariel: 9 premios, incluyendo Mejor película, director y actor (Alcázar)
GÉNERODrama. Thriller | CrimenComedia dramáticaPolíticaMafiaDrogas



Clasificación : Vale la pena

Aunque como colombiano uno esté acostumbrado a novelas, series, películas y libros cuyo núcleo es el narcotráfico, El infierno, la última película del mexicano Luis Estrada (La ley de Herodes, Un mundo maravilloso), sorprende por su tono y por la forma, quizás no innovadora pero sí irrespetuosa, creativa y fresca, de abordar un tema que entre nosotros ya está  desgastado por el sonsonete repetitivo y plano con el que se lo ha venido tratando.  Quizás sea una inaceptable simplificación decirlo, pero acá en Colombia  lo narco siempre está asociado a unas jergas ya muy reconocibles; a unos capos o “traquetos” que siempre andan rodeados de unas mujeres moldeadas con bisturí, gánsteres provincianos que siempre lo resuelven todo a punto de plomo no sin antes, fervorosamente, encomendarse a alguna  virgen y estar siempre pendientes, por lo buenos hijos que son, de sus queridas madrecitas.

El infierno tiene todos esos elementos pero los maneja de otra manera; los despoja de su grandilocuencia y los relativiza, al punto de la ridiculizarlos, con esa manifestación  inconfundible de la inteligencia: el humor.  Benjamín García (Damián Alcazar) regresa a su pueblo después de vivir el desencanto del sueño americano.  Con los bolsillos vacíos y ante un desolador panorama de pobreza y violencia Benjamín se entera que antes de  morir, su hermano, El diablo,  se había metido en los turbios negocios de la droga.  Como si fuera una herencia maldita el deportado García también terminará en ese infierno cuyos círculos concéntricos son siempre los mismos: ostentosas camionetas, alcohol, líneas blancas de coca, mujeres voluptuosas, autoridades corruptas y ese sello tan propio de cargar siempre, a mares, armas y billetes.   

El infierno, a diferencia de otras películas de igual o similar temática, le imprime a su  historia un tinte caricaturesco y al hacerlo logra un particular y desconcertante efecto: es la deliberada sorna de Estrada la que le da la verdadera y  trágica dimensión a la situación que se relata.  La burla bien hecha es la mejor denuncia y El infierno es una muestra de que no es necesario apelar a los tonos densos y complejos para describir unas situaciones que por absurdas fácilmente lindan con la irrealidad.

Los ambientes estériles e hirvientes le dan a la historia un color amarillento y un aire polvoriento. Las actuaciones, sobresalientes, transmiten un aire de autenticidad y la pobreza - en todas sus dimensiones - es más que palpable en ese pueblo olvidado de Dios donde un par de familias se disputan a balazos el enclenque reinado de la droga.  Todo esto no es el resultado del azar ni es, tampoco,  una cámara  apuntándole a un lugar cualquiera del norte o del sur de México.  El ambiente de El infierno sale de su historia, de sus personajes extremos, de esos falsos paraísos incrustados en la miseria, de esas riquezas que no hacen más que realzar la extrema miseria de sus tenedores

Estrada se da el lujo, quizás un tanto desbordado,  de exponer la historia a ciertos absurdos.  Sacrifica la credibilidad del relato con el sólo propósito de mostrar que cuando se combinan, la violencia, la corrupción y el afán del dinero fácil no reparan ni en lógicas ni en racionalidades. Para hablar de lo absurdo que mejor que hacerlo, cuerda y mordazmente, desde el absurdo mismo. Esa es la genialidad de Estrada que quiso, con ocasión del bicentenario de la independencia mexicana, burlarse de su país y mostrar como las opulencias inmaduras, sean personales o nacionales, siempre se apoyan en la miseria de muchos.

sábado, 14 de mayo de 2011

AGUA PARA ELEFANTES







TÍTULO ORIGINALWater for Elephants
AÑO
2011Ver trailer externo
DURACIÓN
122 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORFrancis Lawrence
GUIÓNRichard LaGravenese (Novela: Sara Gruen)
MÚSICAJames Newton Howard
FOTOGRAFÍARodrigo Prieto
REPARTOReese WitherspoonRobert PattinsonChristoph WaltzJames FrainHal HolbrookPaul SchneiderKen ForeeTim Guinee
PRODUCTORAFox 2000
WEB OFICIALhttp://www.aguaparaelefantes.es
GÉNERORomance. Drama | Drama románticoMelodramaGran DepresiónCircoTrenes



Clasificación: Vale la pena

Me voy de frente contra la intelligentzia cinematográfica para decir que me gustó Agua para elefantes. Así, sin más, me gustó. Me gustó la adaptación que logró el guionista Richard Lagravenese de la aclamada novela de Sara Gruen y me gustó también su ambiente circense de los treinta como marco para una predecible historia de amor. Lamentable y afortunadamente conozco esas razones por la cuales, con el pasar de los años, lo que antes nos zarandeaba al punto de la conmoción ahora nos parece banal, demasiado obvio o, para usar una palabra muy propia del argot cinéfilo, palomitero.

Fui a ver Agua para elefantes con mi hija de trece años y con dos de sus compañeras de clase. Sobra decir que a las tres les fascinó porque la película tiene esa magia imprecisa de los circos andantes, de esos circos que ninguna de ellas conoció pero cuyo encanto no precisa de conocimientos previos. En Agua para elefantes se dan cita, encerrados en vagones andantes, los personajes arquetípicos del circo: el enano, el león anciano, los trapecistas y, ocultos todos bajos toneladas de maquillaje, los payasos y esas tránsfugas bellezas que afloran y se marchitan bajo el cielo próximo de una desvencijada carpa.

Nos dejan de gustar aquellas cosas que antes nos estremecían porque un impreciso día nos embarcamos en una travesía que tiene tanto de aprendizajes como de desaprendizajes. Creemos, con y sin razón, que el juicio se nos ha ido refinando y que esa refinación nos obliga a abandonar los gustos elementales y primarios que alguna vez tuvimos. Eso pasa, a salvo de ciertas ilustrísimas excepciones, con la literatura, con la música, con la pintura y por supuesto con el cine.  Muchas de las películas que se nos incrustaron en el alma cuando teníamos quince o menos años hoy nos parecen, cuando más, mediocres divertimentos a los que apenas si los salva la compasión del recuerdo. Hemos ido, eso creemos, aprendiendo a ver cine pero lo cierto es que también hemos ido desaprendiendo a verlo. Está bien el habernos llenado de claves y herramientas para apreciar una buena película pero está mal que la víctima de ese atiborre sea la emoción primaria que siempre debe depararnos la aventura de sentarnos frente a la pantalla grande. Quizás hayamos aprendido a diferenciar aquella película que solo nos deja una entretención pasajera de aquella otra que esculpe su historia con cinceles de perennidad. Y eso está bien. Pero quizás no debiera estarlo al punto de privarnos de esa ingenua desprevención con la que a los trece años, los trece años de Gabriela, nos embarcamos en la travesía interminable del cine. Habrán de quedar en un estante privilegiado esas pocas películas que estremecieron nuestra emoción más auténtica y primaria y que lograron hacerlo a partir de un relato sólido, apasionado y muy bien contado. Esas son las obras de arte, esas son las películas imprescindibles.

En Agua para elefantes Francis Lawrence su director logra una historia amable que supera, quizá no con holgura pero sí con un innegable encanto, la mera entretención. Pattinson, ídolo de la muchachada por la zaga crepuscular, es ahora un joven veterinario que trabaja como veterinario en el circo de los hermanos Benzini. Es allí donde conoce a Marlena (Reese Witherspoon) de quien - y quien no - se enamora perdidamente. El inconveniente es que ella es la esposa de August (Cristoph Waltz) el mismísimo director del circo. Un hombre con delirios celotípicos que explota sin compasión a sus colaboradores sean estos hombres o animales. Esta historia le es contada a un par de desconocidos por el propio  veterinario quien ya viejo y agradecido la rememora. 

La trama, hay que decirlo y reconocerlo, avanza sin mayores sorpresas y va develando como era de esperarse que el amor lo puede todo, que no hay barrera para aquellos que se quieren y que siempre es posible reemprender el camino si de veras es el nuestro. Todos esos lugares comunes y almibarados se dan cita en Agua para elefantes pero es, también hay que decirlo y encomiarlo, un encuentro amable en el que la fantasiosa mentira de los circos se entremezcla con la historia un tanto forzada de dos bellos a los que la vida reúne en torno a una elefanta que se convertirá, para hablar en terminología de animales,  en su pata de conejo.

De la pareja protagonista hay que decir que la conforman dos bellos pero no siempre dos bellos hacen una bella pareja. El cine está lleno de ejemplos de bellos que nunca llegan a acoplarse, de bellos que no logran esa sintonía, esa suerte de complicidad que siempre emana de las parejas bellas. Hay en cambio, tanto en la vida como en el cine, aquellos que sin ser tan bellos alcanzan la mejor expresión de su belleza junto al otro con quien conforman una pareja cuya belleza surge del encuentro, del complemento que se le ofrece y a la vez ofrece el otro. Pattinson y Witherspoon brillan pero no se encuentran, atraen por separado pero no como pareja.

Mención aparte merece Waltz. Su papel es sobresaliente pero es muy parecido al que hiciera en la inolvidable Bastardos sin gloria de Tarantino. Waltz corre el riesgo propio de toda interpretación magistral: encasillarse en ella y ser por siempre, con leves variantes, el mismo personaje que en su momento mereció el justo reconocimiento tanto del público como de la crítica. Ojalá veamos pronto a Waltz en un papel completamente distinto que le permita demostrar su versatilidad actoral.

Quizás nos pase con Agua para elefantes lo que nos pasa con los desvencijados circos de pueblo, que nos gustan más por sus flaquezas que por sus deslumbramientos; que los queremos más por su decadencia repleta de reminiscencias que por la fascinación siempre etérea de su fugaz belleza.

Uno felizmente nunca vuelve a los trece años ni a ningunos otros que no sean estos, a los que no se vuelve por estar en ellos, que hoy tenemos. Eso no nos impide de cuando en vez darnos un chapuzón refrescante en las aguas despreocupadas de la emoción. Agua para elefantes es una oportunidad recomendable para hacerlo.

Nota : El trailer de Agua para elefantes tiene un agradable tono que provoca; a la nostalgia del ambiente circense se le entremezcla cierta sensualidad disfrazada de misterio o, quizás, cierto misterio disfrazado de sensualidad. Juzguen ustedes.




jueves, 21 de abril de 2011

ANOTHER YEAR


TÍTULO ORIGINALAnother Year
AÑO
2010
DURACIÓN
129 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORMike Leigh
GUIÓNMike Leigh
MÚSICAGary Yershon
FOTOGRAFÍADick Pope
REPARTOJim BroadbentLesley ManvilleRuth SheenPeter WightOliver MaltmanImelda Staunton,David BradleyKarina FernandezMartin SavageMichele AustinPhilip DavisStuart McQuarrie
PRODUCTORAFilm4 / Focus Features / Thin Man Films / UK Film Council
WEB OFICIALhttp://www.anotheryear-movie.com
PREMIOS2010: Premios del Cine Europeo: 2 Nominaciones: Mejor actriz (Manville) y música
GÉNERODrama | FamiliaVejez



Clasificación: Muy recomendada

En Another year, la más reciente película del director británico Mike Leigh no pasa gran cosa; tan solo pasa la vida misma que suele no estar hecha de grandes cosas. Tom (Jim Broadbent), un geólogo sexagenario y su mujer Gerri (Ruth Sheen) una terapeuta, parecen haber llegado, con una complicidad cariñosa y serena,  al declive tranquilo de sus vidas. Alternan sus rutinas laborales con el cuidado de una huerta, con lecturas vespertinas y, especialmente, con el rito de una mesa compartida con amigos. Entre estos está la singular Mary (Lesley Manville), una mujer que intenta, vanamente,  esquivar el paso del tiempo; una mujer que huye de su soledad refugiándose en un hogar que la acoge sin juicios ni reproches y que le ofrece siempre un puesto en la mesa.

De la relación entre esta pareja y su desubicada amiga trata, en esencia, Another year y su gran mérito, pienso yo, está en la forma ordinaria y plana como Leigh aborda el tema. No se trata, aclaro, de la ordinariez que solemos asociar con la vulgaridad. La ordinariez a la que me refiero, la ordinariez de Another year, tiene que ver con esa cotidianeidad que a diario envuelve nuestras vidas tiñéndolas de eso que solemos, mal llamar, monotonía. La película no está montada ni para sorprendernos ni, tampoco, para apabullarnos. No hay un romance otoñal que salve de su soledad a Mary ni hay, tampoco, un desenlace trágico con ínfulas moralistas acerca del como encarar el paso del tiempo. En Another year lo único que pasa es la vida misma, con sus planicies y sus discretos encantos, con sus rutinas y sus ocasionales destellos de felicidad.

Acostumbrados como estamos a las narraciones que siempre persiguen un punto de éxtasis o un desenlace inesperado, es  comprensible que Another year   desconcierte en algún momento por su falta de sucesos, por su detenimiento en diálogos que hubieran podido abreviarse, por su empeño - muy al estilo Leigh - en recordarnos que los eventos más significativos del ser humano suelen acontecer por dentro. Sin embargo el desconcierto dura poco porque a medida que transcurre la película nos damos cuenta que aquí el objetivo narrativo es otro. Se trata, simple y llanamente, de asomarse a la vida de unos seres comunes y corrientes sin pretensiones salvadoras o redentoras; de mostrarlos tal y como son, con sus penurias y fortalezas, con sus zozobras existenciales y con su discreta capacidad de solidaridad.

Mención aparte merece el personaje de Mary. Más que la brillante interpretación que  hace la Manville, lo sobresaliente es el personaje en sí. Una mujer que  es, sin dramatismos, el compendio  de muchas de nuestras debilidades y, también, el reflejo de no pocas de nuestras ansiedades.  Vanidosa e insegura quiere creer que un carro rojo o un blue jean ceñido o una copa de vino blanco son, paradójicamente,  pasaportes válidos para no viajar hacia la inminente vejez.

Entre más se la piensa, entre más se la reconstruye en la memoria, más nos gusta Another year. No porque sea realista, no porque se salga de los cánones tradicionales del relato jalonado por cualquier tipo de emoción, no porque sus actores sobresalgan en sus interpretaciones,  sino porque transmite, sirviéndose de todo lo anterior,  esa sensación entre plácida y angustiosa de que son esos días más,  esos años más, los que a través de una alquimia ordinaria terminan confeccionando nuestras vidas.

Curiosamente Leigh sólo emplea la cámara lenta en las escenas donde aparecen carros. En una de ellas el lente enfoca las llantas en movimiento y se produce en la retina ese efecto óptico que pareciera mostrar, simultáneamente,  que mientras que la rueda avanza, su aro interno retrocede. Algo parecido ocurre con las vidas, otoñales casi todas ellas, de los personajes de Another year. Mientras que el tiempo inmisericorde avanza con sus canas y sus presbicias, por dentro, senil y felizmente, se sucede una curiosa reversión del tiempo.       

Hay un cierto efecto narcótico en las películas de Leigh. En lugar de abrasar, abrazan y dejan en alguna parte, vaya uno a saber donde,  esa sensación de una confidencia que nos fue contada al oído.



sábado, 16 de abril de 2011

INCENDIES



TÍTULO ORIGINALIncendies
AÑO
2010
DURACIÓN
130 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORDenis Villeneuve
GUIÓNValérie Beaugrand-Champagne, Denis Villeneuve (Obra: Wajdi Mouawad)
MÚSICAGrégoire Hetzel
FOTOGRAFÍAAndré Turpin
REPARTOLubna AzabalMélissa Désormeaux-PoulinMaxim GaudetteRémy GirardAbdelghafour Elaaziz,Allen AltmanMohamed MajdNabil SawalhaBaya BelalBader AlamiKarim BabinYousef Shweihat
PRODUCTORAmicro_scope
WEB OFICIALhttp://www.incendies-lefilm.com/
PREMIOS2010: Seminci: Mejor guión, Premio del Público, Premio de la Juventud
2010: Oscars: Nominada a la Mejor película de habla no inglesa
GÉNERODrama | Road Movie



Clasificación: Muy recomendada

Sobre sus tiempos, sobre sus atmósferas, sobre su verosimilitud. Sobre todo esto es posible escribir si se va a escribir sobre Incendies.

Sobre sus tiempos escribir que el relato va del presente al pasado y del pasado al presente sin con ello confundir al espectador; sin con ello caer en esos devaneos laberínticos que juguetean, creen ellos, con relojes y calendarios. Lo que hace Incendies es confirmarnos la redondez  del tiempo recordándonos que aunque creamos ser solo presente, la presencia del ahora solo puede expresarse como desembocadura de unos pasados que no son tales sino se les mira, deformándolos siempre, desde este inasible e inevitable presente. Al redondo - y no lineal como se cree - discurrir del tiempo, solo se lo percibe por el ayer que siempre anida en las entrañas del hoy que tenemos.  

La búsqueda de un padre que creían muerto y de un hermano cuya existencia desconocían es el eje central de una película que va y viene en el tiempo y al hacerlo deja en claro que su paso es tan capaz de arrasar como de edificar, de asolar como de sembrar. El logro narrativo del director Denis Villeneuve es que su uso de los flash back no resulta ni postizo, ni confuso. Resulta, por el contrario,  un modo imperceptible y convincente de decirnos al  oído que el tiempo es y será siempre un mecanismo ingenioso cuyos avances solo son perceptibles a través de constantes retrocesos.

Sobre sus atmósferas escribir que duelen, que agobian, que oscurecen el alma. Y ese valioso logro de Incendies tiene el mérito visual de basarse en la captura de unos ambientes desolados y a veces atroces que la cámara trata con un enorme respeto sin retocarlos con los falsetes de la belleza forzada o los fingimientos de las fealdades hipócritas. Las oscuridades, las soledades y las ruindades  de Incendies son naturales y eso constituye un enorme acierto en un arte que como en el caso del cine está plagado de imposturas logradas por una técnica envolvente que pareciera capaz de todo y, por lo mismo,  distante cada vez más de esa necesaria imperfección de la imagen que nos recuerda nuestra propia imperfección. Cuando, como en el caso de Incendies, el propósito central es un acercamiento a nuestras noblezas y, también, a nuestras mezquindades, resulta fundamental que la cámara  sea escueta y sobria. Siéndolo es como mejor se remedan, alma de por medio, nuestros ojos.

Sobre su verosimilitud escribir que lo creíble no resulta de la posibilidad estadística de su ocurrencia en esta escasa realidad que nos rodea. No viene a cuento juzgar con tan innoble rasero la historia de Incendies. Que tan probable pueda ser el suceso real de los hechos que allí se narran nada tiene que ver con la verosimilitud de los mismos. Lo cierto y lo valioso de la película es el sentimiento (uso el término sin prevenciones) de que lo vemos está realmente sucediendo como solo suceden las cosas en esa llanura vertical y profundísima que llamamos pantalla. Las buenas películas nos convencen sin que tengamos que invertir esfuerzos para lograrlo. Vamos al cine, aún al más ficto y fantasioso, para vernos, para complementar esa precaria visión que la vida nos ofrece de nosotros mismos. No es, como suele mal decirse, que con el cine huyamos de la realidad. Con el cine, por el contrario, salimos a su encuentro realzándola, hallándole esas notas que la hacen, quizás no más feliz, pero al menos sí más auténtica y muchísimo más plena.

Sobre otras muchas cosas de Incendies también se podría escribir. Sobre sus actuaciones soberbias y sobrias. Sobre esas irrupciones musicales, magistrales, de Radiohead. Sobre la reiteración de esa frontera huidiza entre el amor y el odio y sobre como con esta película canadiense uno se reencuentra con esa verdad endeble y cautivadora según la cual el lenguaje cinematográfico se alimenta, resignificándolas  en otro plano, de la literatura, de la música, de la pintura, de la danza y de la escultura. De todas ellas es deudor el cine como de él lo somos nosotros por habernos mostrado la posibilidad de otros senderos.

Adendo musical. Es increíble como la música que uno pensaría sería la más inadecuada termina casando como anillo al dedo. Así pasa en Incendies con las canciones de Radiohead. Lo que luego tan bien empata parece haberse hecho a la medida. Otro aplauso para la música y me quedo - y los dejo - con Incendies y Radiohead.














domingo, 3 de abril de 2011

LOS CHICOS ESTAN BIEN



TÍTULO ORIGINAL

The Kids Are All Right
AÑO
2010
DURACIÓN
104 min.  Trailers/Vídeos
PAÍS
  Sección visual
DIRECTORLisa Cholodenko
GUIÓNLisa Cholodenko, Stuart Blumberg
MÚSICANathan Larson, Craig Wedren
FOTOGRAFÍAIgor Jadue-Lillo
REPARTOAnnette BeningJulianne MooreMia WasikowskaMark RuffaloJosh HutchersonYaya DaCostaRebecca LawrenceKunal SharmaAmy Grabow,Eddie HassellJoaquín GarridoJoseph Stephens Jr.
PRODUCTORAFocus Features / 10th Hole Productions / Antidote Films / Artist International Management / Artist International / Gilbert Films / Mandalay Vision / Plum Pictures
WEB OFICIALhttp://filminfocus.com/film/the_kids_are_all_right
PREMIOS2010: Oscars: 4 nominaciones, incluyendo mejor película y actriz (Annette Bening)
2010: 2 Globos de Oro: mejor película comedia y mejor actriz (Bening). 4 nominaciones
2010: Festival de Berlín: Premio "Teddy" a la Mejor película
2010: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor guión, actriz (Bening) y actor sec. (Ruffalo)
2010: Independent Spirit Awards: Mejor guión. 5 nominaciones, incluyendo mejor película
GÉNEROComedia. Drama | Comedia dramáticaHomosexualidadFamiliaCine independiente USA


Clasificación : Vale la pena

Crecimos torpedeados por las imágenes de la familia perfecta.  Lo primero era la casa. Siempre la vimos desenvolverse, a la familia perfecta, en una casa grande con un antejardín enorme y con su centro vital latiendo  alrededor de una cocina abierta  con mamá preparando panqueques para el desayuno. Las estrecheces de los apartamentos modernos riman mal con aquellos ambientes idílicos donde crecieron nuestras familias modelo.  Siempre había, en aquellas familias, varios hijos que superaban sus diferencias y sus disputas con una enternecedora solidaridad entre hermanos y había, por supuesto, unos padres algo ya machacados por el paso de los años pero aún y ya por siempre enamorados.

Muchas de las películas de nuestra infancia y de nuestra adolescencia tenían ese referente familiar que reflejaba, con las distorsiones propias de cualquier malentendido idealismo,  el prototipo gringo de la familia como núcleo de la sociedad.

Vendrían luego, predecibles como reacción dialéctica, las películas que denunciaban y desnudaban (más lo segundo que lo primero) los conflictos y los dramas que se escondían tras esas frágiles apariencias de la familia perfecta.  Infidelidades,  agresiones, imposiciones, desesperanzas e incomprensiones ocuparon el lugar protagónico que antes tuvieron la solidaridad, la confianza y el mismísimo amor.  La imagen de la familia perfecta empezó a erosionarse y la reemplazó un acercamiento - no pocas veces atroz y desgarrador -  a las sombras que suelen poblar la convivencia humana y, especialmente, la convivencia familiar.  De la felicidad presunta  que moraba en las espaciosas casas pasamos a los conflictos reales que se escondían en sus habitaciones.

Los chicos están bien la película de Lisa Cholondenko nominada al Oscar 2010 como mejor película, es una muy bien lograda comedia con trazos de drama y no es, como pudiera pensarse, un drama con trazos de comedia.  Acá el orden de los factores sí altera el producto y Los chicos están bien se va por la primera línea para alcanzar un resultado que sorprende gratamente al espectador porque a la vez que lo divierte le clava, sin lastimarlo, unas agujas que nunca deja el divertimiento puro que persigue la comedia.

La familia de Los chicos están bien pudiera haber sido, casi, una de esas familias modelo que el cine nos vendió a tan bajo precio.  Pudiera haberlo sido de no ser por el hecho de que en lugar de padres o, mejor, de padre y madre, en esta familia solo hay madres. Nic (Annete Bening) y Jules (Juliane Moore) son dos lesbianas que por la vía de la inseminación artificial tienen dos hijos ya adolescentes: Joni (Mia Wasikowska) y Laser (Josh Hutcherson).  Se han organizado como familia y tienen, como aquellas de entonces, una casa grande que gira alrededor de esa cocina abierta donde entre cereales y copas de vino transcurren las felicidades y, también, las vicisitudes de cualquier familia. 

De entre las madres Nic es el padre. Proveedora,  severa y disciplinada. La Bening logra un muy buen retrato que empieza por  su pelo corto y desemboca en una enorme capacidad de comprensión y perdón. Jules es, antes que madre,  mujer. Una mujer que busca a tientas y con desespero la reivindicación de su propio espacio, el reconocimiento de su talento y la capacidad de ser, no por su condición de ser pareja de o madre de, sino por ser, simple y llanamente, quien ella es.  En un papel más ligero que el de su compañera de reparto, la Moore logra también una interpretación convincente, desprovista de maquillajes envolventes y bellezas postizas.

Con de la decisión de los hijos  de conocer a su padre biológico, personaje encarnado por Mark Ruffalo en la película, se construye un guión inteligente y sólido que ni se permite los facilismos de la comedia hueca, ni resbala hacia las arenas movedizas y tantas veces fingidas del melodrama.

Fruto de una serie de distorsiones culturales, todos llevamos a cuesta unas asociaciones erradas de género.  Prueba de ello es que acabo de escribir, por ejemplo, que Nic es el padre porque provee y porque es severo y disciplinado. Como si la capacidad de sostener económicamente una familia o la severidad o la disciplina fueran unas condiciones masculinas.  Otro tanto puede decirse de vincular la búsqueda de espacios y reconocimientos al género femenino.  Concepciones equivocadas sobre las cuales se han fundado millones de relaciones condenándolas, en el mejor de los casos, a la represión de los potenciales que, más allá de nuestros sexos, todos tenemos. Concepciones equivocadas que tantas veces se han utilizado para juicios que desembocan en condenas injustas. Tanto error hay en el apego ciego a ciertas instituciones como en su condena sistemática por la torpe simpleza de considerarlas simples legados del tiempo. La verdad debe andar por ese intento, siempre imperfecto, de ir reconociendo que no hay modelos, que cada ser y cada circunstancia deben mirarse y respetarse con un lente universal de valores que tenga, pese a su permanencia, una indeclinable vocación de adaptación y un dinamismo de constante evolución. 

Los chicos están bien subleva el orden establecido y nos invita, distrayéndonos,  a contemplar la posibilidad de que una familia, apartándose de los cánones tradicionales, alcance esa concordia que no viene dada por la casa inmensa o por los antejardines florecidos o por los amores reblandecidos de comercial barato, sino por esa compleja y a veces tortuosa aceptación y apropiación del ser que realmente somos y, especialmente,  del ser diverso que es ese otro al que llamamos padre o madre o hijo o hermano. De esos otros que son nuestra familia.